Opinión

Reconocer y acompañar, prevenir y superar

“La Iglesia no se cansará de hacer todo lo necesario para llevar ante la justicia a cualquiera que haya cometido tales crímenes. La Iglesia nunca intentará encubrir o subestimar ningún caso”, dijo el Papa Francisco con toda contundencia, en el saludo de Navidad a la Curia Romana, el pasado 20 de diciembre de 2018.

Se refería, por supuesto, al caso de las personas consagradas que han abusado de los menores, traicionando con ello “a Dios, a sus mandamientos, a su propia vocación, a la Iglesia, al pueblo de Dios y a la confianza de los pequeños y sus familias”.  Se trata de una de las realidades más dolorosas que han sido puestas en evidencia en los últimos años y que han afectado profundamente la vida de los más pequeños y la confianza de muchos en la Iglesia. Un escándalo y antitestimonio que contrasta con el ejemplo heroico de los mártires y de innumerables hombres y mujeres que han dedicado su vida al servicio generoso de sus hermanos en nombre de Cristo y del Evangelio.

Qué hacer ante esta dolorosa realidad

En primer lugar debemos reconocer que hemos fallado en la manera de reaccionar, tal como lo expresa el mismo Papa Francisco cuando dice que “es innegable que algunos responsables, en el pasado, por “ligereza”, por “incredulidad”, por “falta de preparación”, por “inexperiencia” o por “superficialidad espiritual y humana” han tratado muchos casos “sin la debida seriedad y rapidez”. Esto “nunca debe volver a suceder”. “Esta es la elección y la decisión de toda la Iglesia”.

Conviene afirmar con toda claridad que en este tiempo, la Iglesia en el mundo entero, es la institución que ha tomado con mayor seriedad esta problemática, que está presente en muchos ámbitos de la sociedad humana, comenzando por las familias y las escuelas y siguiendo en muchos otros ambientes sociales.  Baste señalar las reformas realizadas por el Papa Juan Pablo II en el año 2002 para colocar entre los delitos más graves estos comportamientos, y las sucesivas intervenciones del Papa Benedicto XVI y Francisco, para buscar cómo acompañar a las víctimas en un proceso de sanación y cómo procurar eficazmente la acción de la justicia de acuerdo a la legislación de cada lugar.

Los otros aspectos en los que se han tomado acciones firmes son, en primer lugar, en la prevención hacia el futuro, mediante una serie de protocolos muy estrictos en la selección de los candidatos a la vida sacerdotal y religiosa, cuidando especialmente la madurez y el equilibrio emocional y, por otra parte, en los procesos de formación inicial y permanente de todos los consagrados al servicio de la Iglesia.

Qué está haciendo la Iglesia mexicana

Nuestros obispos, a través de la Conferencia del Episcopado Mexicano, han establecido ya una serie de orientaciones, normas y protocolos para enfrentar estos casos cuando se den, poniendo un cuidado muy especial en la atención y acompañamiento de las víctimas.

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Paralelamente, la Universidad Pontificia de México, ha promovido en los últimos años diversos congresos internacionales para analizar de manera interdisciplinaria esta situación. En este sentido ha instituido un Centro de Investigación y Formación, el segundo a nivel mundial en la Iglesia católica, en alianza con la Universidad Gregoriana de Roma, que tiene el primero, con la finalidad de capacitar a los formadores, desarrollar diversas investigaciones, y asesorar a distintas instancias de la Iglesia, como los seminarios, los presbiterios y los tribunales eclesiásticos. La teología espiritual y la psicología son la base de este esfuerzo.

Más allá del ruido en los medios de comunicación, debemos estar seguros que la Iglesia tiene especial preocupación en este tema y pone especial cuidado en resolverlo con un sentido profundamente humano y con la confianza de la asistencia divina que todos necesitamos.

Conviene afirmar con toda claridad que en este tiempo, la Iglesia católica en el mundo entero, es la institución que ha tomado con mayor seriedad esta problemática.