Queridos doctores: El mayor riesgo de un médico no es equivocarse, es volverse indiferente
El hospital es uno de los pocos lugares donde el ser humano se muestra sin máscaras. Aquí no hay títulos ni prestigio ni redes sociales.
A todos los nuevos médicos quiereo decirles:
¡Felicidades!
Cuidar la vida, más que una profesión, es una vocación. En este momento ustedes no celebran simplemente un título o que han terminado una etapa profesional en sus vidas; celebramos, más bien, que la vida les confía más vidas, y eso es algo sagrado.
Han estudiado durante años infinidad de materias y teorías necesarias y han realizado prácticas auxiliares en sus residencias, cada uno según su especialidad. Pero, a partir de mañana, se enfrentarán a algo que ningún manual explica del todo: el misterio de la vida, el misterio de la persona humana.
El hospital es uno de los pocos lugares donde el ser humano se muestra sin máscaras. Aquí no hay títulos ni prestigio ni redes sociales. Aquí hay dolor, miedo, esperanza, fragilidad. Aquí el hombre se vuelve lo esencial. Y por eso, su profesión nunca puede reducirse a un empleo remunerado: es una vocación.
Si pensamos en el Evangelio, para mí es inevitable recordar la parábola del buen samaritano. El sacerdote y el levita -dice el Evangelio- vieron a aquel herido y siguieron de largo, cuando eran los responsables de hacer realidad aquello que predicaban con su palabra; sin embargo, lo omitieron. Y, en cambio, el samaritano, el excluido de la sociedad, el de la periferia, el marginado, vio y se compadeció.
El verbo es decisivo: compadecerse. No es lástima; es dejar que el dolor del otro me afecte. Compadecerse es padecer con quien padece, algo que ustedes van a experimentar día a día en sus vidas.
Y en esa parábola hay una definición silenciosa, por tanto, del verdadero médico. No es el que solo sabe curar, sino el que sabe detenerse y sanar. Escribía el sacerdote Henri Nouwen: “La compasión pide que vayamos donde duele, que entremos en los lugares del sufrimiento”. Esto es lo que harán ustedes.
Miren, doctores, la medicina, sin compasión, se convierte en una técnica fría; y la compasión, sin competencia, se vuelve en sentimentalismo vacío. Ustedes están llamados a unir ambas cosas: competencia y compasión.
Como narra la famosa novela Médico de cuerpos y almas, posiblemente leída por alguno de ustedes, de Taylor Caldwell, basada en la vida de san Lucas, evangelista y su patrono: Lucas aprende que sanar cuerpos es una ciencia necesaria, pero sanar almas solo se logra cuando el corazón del médico se abre a la compasión y a la presencia de Dios.
Lucas descubre que la verdadera curación va más allá de una mera técnica: es dar esperanza, es dar sentido a la vida, como lo hace quien se pone junto al que sufre.
Por tanto, curar y sanar no son lo mismo. Hay enfermedades que se curan y hay sufrimientos que no se curan nunca, pero sí se pueden acompañar y, de esa manera, sanar.
El gran médico francés René Laennec, inventor del estetoscopio que ustedes usan diariamente, decía: “La función más importante del médico es consolar siempre”.
A veces, el mayor acto médico no será una cirugía brillante, sino sentarse cinco minutos más de lo debido, mirar a los ojos al enfermo, decir la verdad con humildad, tomar una mano temblorosa que se te tiende.
Doctores, en el hospital se aprende algo que no aparece en sus exámenes: que el ser humano no solo necesita tratamiento, sino también sentido para seguir luchando por su vida. Y aquí es donde su vocación toca lo más profundo del Evangelio: Cristo no solo curaba cuerpos: restauraba dignidades en las personas.
Otro gran médico santo contemporáneo, Giuseppe Moscati, nos recuerda que no basta con curar cuerpos; la verdadera medicina, la que sana, debe también atender al alma, porque la dignidad humana es indivisible.
Entonces, queridos hermanos, el riesgo que comienza mañana para ustedes, graduandos -permítanme ser un poco provocador- el mayor peligro que enfrentan no es el error clínico: es la indiferencia. Es acostumbrarse a lo que hacen. Es dejar que el dolor deje de dolerles.
El papa Francisco habló muchas veces de esa cultura del descarte: el hospital puede convertirse, si no están atentos, en un lugar donde el anciano estorba, donde el paciente terminal ya no cuenta, donde el débil es una estadística, donde el enfermo se convierte en un número de cama.
Me van a permitir contarles algo -porque yo también hice mi especialidad en una disciplina que procede de la medicina, la bioética: En aquellos años me tocaba hacer prácticas, en mis vacaciones, en varios hospitales en España. Recuerdo algo que se me quedó grabado para siempre.
Estando ahí, en el hospital, me hice amigo de muchos médicos y de muchas enfermeras. Y me contaba una joven enfermera, apenas graduada, de una experiencia única en su vida que la marcó para siempre.
Me contó sobre su examen de grado, cómo las preguntas que les habían puesto en aquel examen —todas menos una— habían sido materia de estudio. Pero, al final, había una pregunta que nadie se esperaba:
“¿Cómo se llama la señora de la limpieza que ustedes han ido encontrando a lo largo de cinco años en las escaleras, pasillos, aulas o baños de la universidad?” Algunos de aquellos estudiantes de enfermería se quejaron del maestro porque decían que eso no era materia de examen. Y aquel maestro sabio, fruto quizá de la experiencia de vida, les dijo a aquellos alumnos:
“Si ustedes, a lo largo de cinco años que se han ido cruzando con esta persona día a día, no son capaces hoy de saber cómo se llama, no merecen ser enfermeros, porque el día de mañana catalogarán a sus pacientes con un número y no con un nombre. Y entonces estarán instrumentalizando a la persona humana”.
Para mí fue una lección de vida. Se las comunico porque espero que también les sirva de ejemplo.
Ustedes serán verdaderamente médicos cuando sepan defender la vida no solo cuando es fuerte y productiva, sino, sobre todo, cuando es frágil y dependiente. La medicina es grande no cuando prolonga la vida a cualquier precio, sino cuando sirve a la vida con dignidad.
Por tanto, la medicina es una vocación, como les decía al principio. La palabra vocación proviene del latín vocare, ‘llamar’. Hoy la sociedad los felicita por su éxito, pero no quiere preguntarles algo más profundo. Yo sí: ¿Quién los llamó aquí? ¿Quién les hizo ver esa vocación por la medicina?
Porque si solo fue el salario, ustedes se agotarán; si solo fue el prestigio, se frustrarán; si solo fue la estabilidad laboral, se decepcionarán. Pero si fue el deseo de servir a la vida a cualquier costo, entonces encontrarán el sentido incluso en esas largas e interminables guardias nocturnas, en el cansancio y en los casos perdidos.
Decía Albert Schweitzer, médico y Premio Nobel de la Paz: “La única felicidad verdadera es servir”. Y no hablaba desde un despacho cómodo, sino desde un hospital en África, donde entendió que el médico es, ante todo, un servidor de la vida.
Para el doctor y santo también venezolano, recientemente canonizado, José Gregorio Hernández, la medicina no era un negocio, sino un servicio a la vida, especialmente a los más pobres y olvidados.
Y decía así: “La ciencia sin Dios carece de sentido. La caridad da sentido a la ciencia. El médico ha de ser un servidor de la vida, no un comerciante de su imagen. La excelencia técnica debe ir siempre acompañada de sensibilidad social y compromiso ético”.
En su consulta, José Gregorio tenía algo llamado “el cepillo de los pobres”. Era un bolso en el que los pacientes podían incluso tomar discretamente dinero para comprar medicinas y alimentos cuando carecían de recursos. Y él se negaba a negarles atención por falta de dinero, diciendo: “La mayoría de estas personas no tienen recursos. ¿Yo les voy a negar la consulta? Dios ayudará”.
En una ocasión visitó a un niño gravemente enfermo en su humilde casa y, tras atenderlo, volvió al día siguiente cargado con alimentos, juguetes y compañía para aquel niño.
Y le dijo a la mamá: “Su hijo lo que tiene es tristeza de la miseria. Con estas medicinas que le acabo de dar —que no eran otra cosa que juguetes— ya se puso bueno”.
Aquí no solo hay medicina: hay humanidad, dignidad y amor concreto.
Su lema de vida podría resumirse en una frase atribuida a su persona por quienes lo conocieron: “Es dándose como se recibe y olvidándose de sí mismo como uno se encuentra”.
Y esto reafirma que el médico no es alguien que usa a las personas como objetos de curación, sino un servidor que recibe sentido al entregarse por los demás.
Queridos hermanos, Cristo sigue pasando día a día por los pasillos del hospital. Y permítanme esta última imagen. En el Evangelio Jesús dice: “Estuve enfermo y me visitaron”. Es una de las obras de misericordia. En la parábola que narra el juicio final, afirma: “Cada vez que lo hicieron con uno de estos, conmigo lo hicieron”.
Cada paciente que acuda a su consulta será, para quien tiene fe, un lugar de encuentro con Cristo. Y aun para quien no comparte la fe, seguirá siendo un misterio irrepetible que merece respeto absoluto.
No olviden nunca que no tratan casos: tratan personas. No atienden órganos: atienden historias. No reciben diagnósticos: reciben biografías.
Hoy reciben un título. Hoy culminan una etapa definitiva de su formación. Pero, más profundamente, ustedes hoy reciben una misión.
Que nunca pierdan la capacidad de conmoverse. Que nunca se acostumbren al dolor. Que nunca miren el reloj antes que al paciente. Que nunca olviden que el poder que se les confía es para servir a los hermanos.
Si algún día dudan, vuelvan al principio. Recuerden por qué comenzaron. Recuerden al primer paciente que les marcó el corazón. Y cuando el cansancio llegue —porque llegará—, pidan a Dios que les conserve lo más importante: un corazón humano y humanizante.
Porque, al final, lo que salvará su medicina no será la tecnología, sino la misericordia. Y eso, queridos doctores, no se aprende en la universidad; se aprende arrodillándose ante la fragilidad humana del enfermo.
Permítanme que termine con una oración de bendición para todos ustedes, nuevos médicos:
Señor Dios, fuente de la vida y médico de nuestras almas, hoy te presentamos a estos hijos tuyos que han concluido su formación y comienzan una nueva etapa al servicio de sus hermanos.
Tú, que modelaste al ser humano con tus manos, bendice ahora sus manos: que sean firmes para sanar, delicadas para tocar el dolor, prudentes para decidir y compasivas para acompañar.
Ilumina su inteligencia para que la ciencia nunca se separe de la conciencia. Fortalece su corazón para que el cansancio no apague la misericordia. Sostén siempre su vocación para que nunca olviden que la vida humana es siempre sagrada y digna de ser defendida.
Cuando tengan éxito, líbralos de la soberbia. Cuando se equivoquen, regálales humildad y aprendizaje. Cuando enfrenten el sufrimiento que no pueden curar, concédeles la gracia de, al menos, saber acompañar.
Hazlos instrumentos tuyos, Señor, para que cada paciente encuentre en ellos no solo competencia profesional, sino también respeto, escucha y esperanza.
Que, siguiendo el ejemplo de los médicos santos y del buen samaritano del Evangelio, sean servidores de la vida desde su inicio hasta su término natural.
Y que un día, cuando miren hacia atrás, puedan decir con paz que no solo ejercieron una profesión, sino que vivieron plenamente una vocación.
Que Dios Todopoderoso los bendiga a ustedes en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Homilía impartida por el P. Ángel Luis Lorente a quienes se graduaron en el Hospital Español el 21 de febrero de 2026.

