¡Proclamemos que Cristo resucitó, aunque el diablo grite que es mentira!

Como católicos, profesar la fe en Jesús resucitado es ir contracorriente, con el riesgo de ser señalado, ridiculizado, discriminado.

Hace unos días hice una pequeña encuesta en mi cuenta de Twitter en donde preguntaba cuál es el mayor problema de la Iglesia Católica. La inmensa mayoría respondió que no son los abusos sexuales ni el Sínodo de Alemania, sino la crisis de fe que se vive a nivel mundial.

El papa Benedicto XVI señalaba que, en efecto, la crisis que tenemos en nuestra civilización es una crisis de fe. La pérdida del sentido de Dios ha socavado los cimientos de toda civilización humana y abierto las puertas a la barbarie totalitaria, decía.

La tentación de la duda asecha a los cristianos de hoy. ¿En qué ha quedado la promesa de la venida del Señor? Vemos que el mundo va de mal en peor y que muchos dicen que no necesitan a Dios para ser felices.


El enemigo se ensaña contra los cristianos y amenaza derribarlos de su fe. En este contexto no es fácil ser un católico coherente en el mundo. Profesar la fe en Cristo vivo es ir contracorriente con el riesgo de ser señalado, ridiculizado o discriminado; y mientras que nosotros proclamamos que Cristo murió y resucitó, el diablo grita que todo fue una mentira.

¿Cómo la Pascua puede revitalizar y afianzar nuestra fe católica? El padre –hoy cardenal– Raniero Cantalamessa en sus meditaciones del Viernes Santo, cita un texto del libro del Apocalipsis que fue como una gran inyección de fe para los cristianos del primer siglo y también puede ser para nosotros los cristianos del siglo XXI. Es un texto que escribió san Juan como comentario a la Pasión de Cristo. San Juan lo escribió en la isla de Patmos, donde había sido desterrado. Dice el texto:

“Uno de los Ancianos me dijo: ‘No llores: ha triunfado el León de la tribu de Judá, el Retoño de David, y él abrirá el libro y sus siete sellos’. Entonces vi un Cordero que parecía haber sido inmolado: estaba de pie entre el trono”. (Ap 5, 5-6)

“Ha triunfado”, ha vencido el león de la tribu de Judá. Es el grito de la Iglesia a través de todos los siglos. Con el apelativo “león de la tribu de Judá” Jacob, en el libro del Génesis, hablaba del Mesías.

San Juan estaba diciendo que el acontecimiento había llegado, después de muchos siglos de espera. Ya no era posible dar marcha atrás. A partir de ese momento la historia cambió su centro de gravedad y alcanzó su punto culminante. Con la muerte de Cristo se había cumplido la plenitud de los tiempos.

Por más que los poderes del mundo se dediquen a intentar borrar el cristianismo, estos poderes no pueden negar que no haya sucedido lo que sucedió: que Cristo murió y resucitó, que los hombres están redimidos, que la Iglesia fue establecida, que los sacramentos fueron instituidos, que el Reino de Dios quedó fundado. Todo ello gracias a que Cristo aceptó su muerte en obediencia total al Padre y por amor a los hombres.

Es cierto que el Viernes Santo, cuando murió el Señor, sucedieron fenómenos portentosos como un eclipse, y hubo muertos que resucitaron. Sin embargo luego la vida continuó en Jerusalén y los hombres continuaron comprando y vendiendo por toda la tierra. Aparentemente nada había cambiado… aparentemente.

En realidad muchas cosas cambiaron con la muerte y resurrección de Cristo. Años más tarde la misma historia trasladó su punto central y su culminación en la vida de Jesús de Nazaret. Todo llegó a ser antes o después de Cristo.

El Apocalipsis se escribió para una Iglesia perseguida y necesitada de una gran inyección de fe. ¿Pero en qué época de la historia los católicos no hemos sido perseguidos? A veces aparecen persecuciones cruentas, otras veces más sutiles, pero siempre persecuciones.

Hoy nuestra Iglesia necesita una gran descarga de fe. Muchos se desaniman cuando ven que aparecen divisiones dentro de la Iglesia, herejías, pactos con las costumbres morales del mundo y escándalos. La crisis de fe se ha hecho mundial y podemos tener la tentación de creer que el cristianismo ha sido una farsa, mentira.

La Iglesia del primer siglo tenía estas tentaciones y debía encontrar su amor primero; así nosotros los cristianos católicos del siglo XXI debemos seguir proclamando; “ha triunfado”, “ha vencido”. Esta es nuestra más íntima convicción. Es la visión que los cristianos tenemos del mundo, y que los hombres sin fe, por más eruditos que sean, ni siquiera sospechan de su existencia. Es como cuando celebramos la Eucaristía que, para los incrédulos, es un acto de culto como en cualquiera de las religiones. Pero sabemos que no es así. La Eucaristía es el lugar donde el tiempo parece detenerse para que se manifieste el Eterno, el Resucitado.

El Misterio Pascual de Cristo nos hace verlo todo bajo una luz nueva. San Juan estaba totalmente empapado de esta idea y la sigue transmitiendo a la Iglesia con toda su fuerza profética.

Cantalamessa nos enseña que cada vez que por la fe hacemos nuestras esas palabras de san Juan: “Ha vencido el león de la tribu de Judá”, y las repetimos con convicción, Satanás se precipita como un rayo y tiembla el poder de las tinieblas. Son palabras que proclaman que todo ha sido redimido, incluso hasta el pecado y la misma muerte. ¿Cómo dudar de la presencia y el poder de Cristo resucitado? “Te aseguro que si crees, verás la gloria de Dios”, le dijo Jesús a Marta mientras el cadáver de Lázaro yacía frío en su tumba. Lo mismo nos lo dice a nosotros.

Celebremos las fiestas de Pascua abrazando en nuestra alegría a todos que luchan contra el mal, a todos los que dudan o son incrédulos. Y mostremos al mundo que el Cordero muerto y resucitado –el león de la tribu de Judá– ha vencido y seguirá siendo el centro y el fin de la historia.