Santa Mentoría

Mis 30 monedas

No es una vieja historia, la Pasión de nuestro Señor Jesucristo es cada día más actual. Soy yo quien continúa subiéndolo a la Cruz con mis pecados, los de obra y omisión; soy yo quien grita frente a Poncio Pilato: “¡crucifícalo, crucifícalo!”; soy yo quien pide la liberación de Barrabás cuando prefiero seguir dando importancia a todo lo mundano por encima del camino a la santidad, ya sea por comodidad, por miedo o simplemente por una fe perezosa y mediocre.

Soy fariseo o doctor de la ley cuando creo ser sabio y bondadoso, manteniendo este ego inflado e irracional que me impide escuchar con el corazón, sin darme cuenta de que tengo frente a mí, al alcance de una sola palabra, la posibilidad de sanar mi alma y mantenerme así cumpliendo su voluntad.

No reconocemos su rostro frente a nosotros, no logramos verlo en el rostro de los demás, esperándonos, mostrándonos el camino y preferimos seguir nuestros propios pasos, sin entender que sólo hay un camino, una verdad y una vida: la que da el verdadero sentido a la nuestra.

Soy yo Judas, quien supuestamente vive en amistad con Jesús y lo sigue, pero lo hago desde mis propios intereses, lo sigo externamente, pero no con el alma, sin la auténtica disposición de dejarlo todo por Él, quien entregó hasta la última gota de su preciosísima sangre por nosotros y por devolvernos la oportunidad de vivir la vida eterna.

Soy yo quien lo recibe con vítores y ramos, pero saliendo de la iglesia lo traiciono con mi falta de compromiso y conversión.

Y me llamo cristiano y repito el Credo de memoria – sin abrazar lo que ahí declaro –  pero me avergüenza profesarlo frente a los demás y vivo sin actuar conforme a la fuerza y la profundidad que de esta oración emanan.

Sé por ahí que hubo alguien que murió en la Cruz hace más de 2000 años y parece que el tiempo ha ido borrando cada vez más el sentido de su venida. Busco culpables para justificar porque se ha perdido la fe, culpo a la iglesia, a los sacerdotes, a los Papas, sin cuestionarme ¿qué he hecho yo para promover el fortalecimiento de la fe de mis hermanos y la mía? La Iglesia somos todos.

Soy yo quien ve a María debajo de la Cruz con el corazón partido y no puedo entender todo lo que Su Madre, mi Madre, hizo por nosotros y no soy capaz de agradecer su sacrificio con una vida que imite su fe y sus acciones.

Eso sí, sé de memoria quien fue el traidor y así lo juzgo, como suelo hacerlo al señalar a los demás sin mirarme a mi primero. Judas Iscariote, uno de los grandes villanos de la historia, con su emblemático “beso de Judas”, me resulta difícil pensar que alguien pueda entregar la vida de un amigo, que además es el mejor hombre que haya pisado y vaya a pisar este mundo, por 30 monedas.

De pronto descubro que todos hemos recibido esas monedas (o incluso menos) a cambio de Jesucristo. ¿Cuáles son tus 30 monedas? ¿Qué has comprado tú con ellas? ¿Para qué la has utilizado?

Una vez más, en esta Semana Santa Dios nos da la oportunidad para cambiar esta historia, para rechazar las 30 monedas y quedarnos con Jesús para seguir su camino y hacer lo que nos manda. En nuestras manos está la decisión de arrepentirnos y convertirnos. ¿Qué harás con la oferta de las 30 monedas?

¿Quién es Marcela Hernández?

Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad del Valle de México y está certificada como Coach Ontológico por parte del Tecnológico de Monterrey CEM. También tiene una especialidad en Logoterapia por parte del Instituto Mexicano de Tanatología. Instructor y facilitador en temas de desarrollo humano y empresarial, tales como: Sentido de Vida y Trabajo, Inteligencia emocional, Liderazgo, Coaching, Comunicación Asertiva, entre otros. Actualmente es Socia Fundadora de Sensum, empresa especializada en estrategias de sentido para empresas y personas.

Nota: Los artículos de la sección de opinión son responsabilidad única del autor y no representan necesariamente el punto de vista de Desde la fe.

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