La religiosidad popular en la identidad cultural de México

En el muralismo mexicano encontramos escenas de identidad nacional basadas en las expresiones religiosas.
El estandarte de la Virgen de Guadalupe aparece en el mural de Juan O'Gorman sobre la Independencia de México. Foto: INAH.
El estandarte de la Virgen de Guadalupe aparece en el mural de Juan O'Gorman sobre la Independencia de México. Foto: INAH.

La religiosidad popular involucra elementos identitarios -como la figura del santo patrono del barrio, el santo patrón de un gremio laboral, o santuarios regionales- que crean una referencia común al interior de la comunidad particular, de una zona geográfica o sector poblacional determinado por una actividad común, lo cual permite la distinción entre lo propio y lo ajeno, entre lo interno y lo externo a la sociedad local.

La organización social y económica que implica la religiosidad popular posibilita el desarrollo de actividades comunitarias que ayudan a la cohesión social en el interior del pueblo, barrio o colonia, y su interrelación con los vecinos participantes. Celebrar a los santos es un esfuerzo invertido en asegurar continuidad a su especificidad como grupo social, a su forma de ser, esto es, a su identidad social.

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Impulsada por su propia lógica interna, la religiosidad popular ayuda al amalgamamiento de una forma de existencia social concreta. La memoria que el pueblo guarda le ayuda a definir su identidad en una continuidad, que no sólo es referencia al pasado, sino proyección hacia lo venidero, donde la acción presente es la que asegura dicha continuidad.

En el muralismo mexicano, y obras plásticas circundantes a este movimiento artístico, encontramos escenas de identidad nacional basadas en las expresiones religiosas populares que –a pesar del laicismo de la revolución triunfante, su ánimo antieclesiástico y el ateísmo militante de los muralistas simpatizantes de los movimientos socialistas- se valoraron como expresiones culturales propias del mexicano en su vasta diversidad y en medio del enorme problema de proponer símbolos universalmente válidos dentro de la inmensa pluralidad del territorio nacional.

Así en estos murales podemos encontrar tradiciones, rituales y ofrendas provenientes de las expresiones religiosas populares mexicanas. El hecho de incluir estas escenas en el contexto general de los murales, nos sugiere que estas representaciones socio-religiosas formaban ya parte de un acervo común identitario– cultural que superaba el ámbito de adscripción religiosa confesional, en una suerte de referente simbólico de identidad mexicana que gozaba de común aceptación, y era claramente reconocido como tal, independientemente de la creencia o incredulidad del espectador, se trataría entonces de íconos de identidad que superaban el ámbito de la piedad y la devoción para laicamente convertirse en fermento de una “nosotridad” compartida, o al menos comprendida, a pesar de la diversidad inherente al territorio mexicano.

Encontrar estas referencias religiosas populares en estos murales nos sugiere un valor dado a estas expresiones religiosas desde el pueblo, y en este sentido, dialécticamente definitorias de la identidad popular mexicana, rebasando con mucho el ámbito meramente religioso-institucional.

Dan testimonio, pues, de una historia donde el entrecruzamiento de la parte religiosa estuvo en la base misma de nuestro surgimiento nacional, cobrando un lugar en la definición de nuestra identidad y –en muchos sentidos- independizándose después de su matriz religiosa en una reconfiguración cultural de clara utilidad identitaria, las fiestas, tradiciones, artesanías, posadas, viacrucis, procesiones, ofrendas, imágenes de santos, vírgenes y cristos, verbenas populares, castillos, ferias, enramadas, tapetes de flores y aserrín, etc. serán ampliamente destacadas en el muralismo como referentes de una identidad mexicana que distinguen claramente a este ser social frente a las tradiciones europeas y norteamericanas.

 

 

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