Opinión

La casa de Niños expósitos del Señor San José (1766-1861)

Aquella mañana del 1 de agosto de 1818, Ignacia Mota llegó a la Casa de Niños Expósitos del Señor San José y entregó a “la ama mayor” de ese lugar a una “pequeña criatura” que había encontrado “tirada en un zaguán”.

La ama mayor tomó a la pequeña, la limpió y buscó algún mensaje entre sus ropas. Sí, había una nota, simple, sencilla, pero muy importante. En aquella nota estaba el nombre de la niña abandonada: María Francisca Rita. De inmediato, la ama la llevó con el capellán que administraba la casa y éste la registró en el libro de ingresos. Rita fue colocada de inmediato en una “sala de pecho” donde maestras y chichiguas se encargaron de su crianza.

Rita, como niña expósita, fue educada en ese lugar hasta que fue adoptada 19 años después por la señora María Luisa Vicario, sin embargo, por motivos que desconocemos, regresó a la casa de expósitos dos años después y aquí permaneció otros dos años hasta que fue nuevamente adoptada por Anita de O’ Gorman en 1842.

La última noticia que tenemos de ella es que regresó a San José porque ella era para la casa, según las constituciones, “su hija”, y como tal podía permanecer allí hasta que tomara estado civil o religioso, es decir, hasta que se casara o profesara. Regla que también era aplicada a los niños varones que habían sido abandonados. En el caso de Rita, ni uno , ni lo otro sucedió y ella murió dentro de este recinto en 1850 a los 32 años de edad durante la epidemia de cólera.

La historia de Rita es una más de las miles que se tejieron en la Casa de Niños Expósitos del Señor San José. Casa fundada en 1766 por iniciativa del arzobispo de México, Francisco Antonio de Lorenzana y Butrón, quien compró por 23,000 mil pesos una propiedad para “recoger, lactar y educar” a los niños abandonados.”

Las constituciones que rigieron el gobierno interno de esta casa y la congregación intitulada de la Caridad que se encargó de acumular un fondo económico para sostener a la nueva institución fue obra del sucesor de Lorenzana, Alonso Nuñez de Haro y Peralta.

En efecto, dicho prelado, ante el aumento de niños expuestos en la ciudad de México y la necesidad de proveerlos de maestros que “cristiana y piadosamente” los instruyeran, así como de ministros que velaran por su “mejor educación y crianza”, creyó indispensable la formación de unas constituciones para su gobierno y la creación de una congregación encargada de reunir un fondo para cubrir los gastos de la casa-cuna.

Las constituciones recopiladas para el gobierno interno (de la que existe un ejemplar bellamente ilustrado en el Archivo Histórico del Arzobispado de México) es un claro ejemplo del ambiente ilustrado que se dejó sentir en miembros del episcopado hispanoaméricano, donde la caridad ya no era un acto dirigido a satisfacer por corto tiempo la necesidad espiritual y material de un necesitado, sino una caridad planeada para satisfacer a corto y largo plazo ambas necesidades, con especial énfasis en las necesidades materiales a través de la enseñanza de oficios tanto para mujeres como para hombres.

La congregación recibió el nombre de la Caridad y reunió en 1774 a 54 miembros entre los que se encontraban varios de los más importantes eclesiásticos y de los hombres más ricos de la Nueva España como los Icaza, Basoco, Iturbe, Cortina, Aguayo , etc.

Los miembros de la congregación integraban cada determinado tiempo “la mesa” que era el grupo encargado de administrar las rentas y supervisar el “buen gobierno” de la casa. Y es que una buena organización y grandes recursos económicos provenientes de varios rubros (limosnas, rentas de casas e imposición de capitales en préstamos) permitieron que entre 1767 y 1821 la casa recibiera para criar y educar 4 mil 855 niños abandonados, de los cuales 2 mil 125 fueron identificados como españoles y 2,730 de otras calidades como mestizos e indios (Ávila-Espinosa).

Los niños recogidos en esta casa eran principalmente abandonados a los pocos días o meses de nacidos por motivos diversos entre los que se encontraba la pobreza de sus padres, la orfandad o el cuidado de “la honra de la madre” por haber concebido un niño sin la mediación del sacramento del matrimonio.

La casa de expósitos estaba conformada por un refectorio, viviendas, lavabos y cinco salas: una de niños de pecho, una de “labor”, una de “muchachas grandes” y una sala de niños y “muchachos grandes”. Además del capellán, ama mayor y amas de pecho, en la casa trabajaban maestros y oficiales.

Es importante decir que las amas de pecho o chichiguas se encargaban de cuidar y amamantar a los bebes por 16 meses y destetarlos en un tiempo de cuatro. En el primer caso recibían cuatro pesos mensuales por “leche entera”, y por el destete, dos pesos y medio. A través de este sistema la casa de niños expósitos extendió su beneficio no sólo a niños abandonados sino a decenas de mujeres que por este trabajo recibían un salario.

La casa, como varias de las instituciones eclesiásticas, gozó de buenas finanzas hasta aproximadamente 1811 en que la falta de pagos por los réditos impuestos en préstamos a comerciantes, el arrendamiento, las limosnas y el ingreso proveniente del diezmo, mermaron considerablemente debido a las guerras de independencia.

Los ramos de la casa jamás se recuperaron. En 1826 el informe de sus finanzas era lamentable: a la casa le debían 92,300 pesos de réditos, las viviendas que rentaban estaban en la ruina y no podían alquilarse y la reducción de limosnas era considerablemente por la muerte, emigración o ruina de los congregantes, muchos de ellos españoles.

El informe fue presentado en aquella ocasión a los miembros que, en ese entonces, formaban parte de la congregación y que eran hombres pertenecientes a la élite política de la nueva nación criolla como José Ramos Arizpe, José Ignacio Esteva, Manuel de la Peña y Peña, entre otros. La situación económica no mejoró y pocos niños fueron recibidos con respecto a los años anteriores.

La casa de San José en cierta medida solo era el reflejo de la lamentable situación económica del recién independizado país. San José permaneció bajo el gobierno y cuidado de los arzobispos hasta 1861 cuando el gobierno federal determinó que sus bienes, así como los pocos niños que aun vivían en ella, estuvieran a cargo de la Dirección General de Beneficencia Pública del Distrito Federal.

*La Dra. Berenise Bravo Rubio es profesora e investigadora de la ENAH e INAH.

 

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