Trigo y cizaña

Indígenas ¿eran hombres o no?

Algunos años después de la llegada de los españoles a Mesoamérica en 1519, al otro lado del mar comenzaron las discusiones sobre si los indígenas eran personas humanas o eran una especie de sub-hombres. Esto a nosotros nos puede parecer inverosímil y extraño, pero no fue así para la mentalidad europea de hace cinco siglos. La controversia surgió en la atmósfera de la evangelización que emprendieron los franciscanos, dominicos y agustinos a los naturales de estas tierras y las dificultades que tuvieron para bautizarlos.

Sabemos que san Francisco Javier, patrono de las misiones, bautizaba a los paganos en Oriente antes de haber terminado su instrucción. Lo mismo sucedió en México. Para bautizar a los indios, los misioneros actuaron con cierta precipitación, aunque lo cierto es que nadie era bautizado sin recibir una formación preliminar. A menudo la iniciación a la vida cristiana abarcaba los puntos esenciales de la fe católica. Aprendían que existe un Dios todopoderoso, eterno, creador de todas las cosas; el pecado original; la divinidad de Jesucristo; el paraíso y el infierno; la inmortalidad del alma, los ángeles y los demonios; la Santísima Virgen María.

En 1924 se dio a conocer el escrito que encontró el padre Pascual Saura en los archivos secretos del Vaticano, con el nombre de “Pláticas”, que fueron los primeros sermones que los Doce primeros evangelizadores de México dirigieron a los príncipes y sacerdotes paganos de estas tierras. En ellos explicaban quién era el Papa y qué era la Sagrada Escritura; se hablaba la Iglesia Católica como el reino de Dios en la tierra, y cómo el Papa había dado potestad a los religiosos para que recibieran en la Iglesia a quienes quisieran entrar en ella y estuvieran dispuestos a desechar el culto a los falsos dioses.


La instrucción para el Bautismo era, para el pueblo, muy rudimentaria. En cambio para los príncipes y sacerdotes indígenas la formación era más completa. Los franciscanos sólo daban el Bautismo a los niños en domingo, después de la misa. Lo mismo hicieron los agustinos, aunque después se establecieron nuevos días y horarios entre semana. Aunque los misioneros tuvieron mucho esmero, algunos indios llegaron a la edad adulta sin bautizarse. Muchos de ellos no se atrevían a decir que no estaban bautizados, y así comulgaban y se confesaban. Luego el remordimiento los hacía confesar su pecado y se les acogía en la Iglesia con alegría.

Fue fray Domingo de Betanzos quien puso una objeción teológica: ¿tienen los indios suficiente capacidad racional para ser sujetos aptos para el Bautismo? Betanzos declaró ante el Consejo de Indias que los naturales eran incapaces de asimilar la doctrina cristiana. Hubo gran polémica y algunos escribieron al Papa en defensa de los indios. La controversia en torno a la racionalidad de los indígenas despertó la codicia de algunos colonizadores que tenían ocultos intereses. Si los indios no eran verdaderos hombres, fácilmente se les podía utilizar con fines de explotación. La cuestión se resolvió con la bula Sublimis Deusde Paulo III en la que declaraba que los indios eran hombres racionales, que Cristo había mandado a predicar el Evangelio a todas las naciones, y que nada podía autorizar que se les despojara.

Cuentan los agustinos que los bautismos los hacían en las ocasiones principales del Año litúrgico: Navidad, Pascua, Pentecostés y la fiesta de san Agustín. Eran ceremonias con toda la solemnidad posible. Se convocaba a todos en los pueblos vecinos, las casas y calles se adornaban con hojas y flores. Los neófitos se vestían con sus ropas más limpias, se colocaban en fila, y dos sacerdotes hacían los exorcismos preliminares; luego el óleo de los catecúmenos, y de ahí pasaban a la pila bautismal. Mientras, sonaban la música y repicaban las campanas. Las cifra de los bautizados en México, según Pedro de Gante, era de 14 mil indígenas diariamente; y calculó en cerca de cinco millones de bautismos entre 1524 y 1536.

Hemos de agradecer a los españoles, particularmente a fray Bartolomé de las Casas, a Francisco de Vitoria y Francisco Suárez, por haber puesto los cimientos de lo que hoy son los derechos universales del hombre. Gracias a la Iglesia Católica se rechazó la teoría de la inferioridad humana, que pronto llevó a España y a Portugal a elaborar una legislación para proteger a los pueblos originarios, de la cual también saldrían beneficiados, un siglo más tarde, los esclavos de África.

El Pbro. Eduardo Hayen es un sacerdote de la Diócesis de Ciudad Juárez y director del periódico Presencia.

Los artículos de opinión son responsabilidad de sus autores y no necesariamente representan el punto de vista de Desde la fe.

Artículo publicado originalmente en el blog del P. Eduardo Hayen

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