Opinión

Cuerpos deteriorados, almas embellecidas

San Agustín, obispo y Doctor de la Iglesia –uno de los hombres más influyentes del pensamiento cristiano– cuenta en sus escritos que varias veces estuvo al borde de la muerte. Cuando tenía 29 años y estaba en Roma, fue azotado por una enfermedad de carácter infeccioso de la que pudo recuperarse.

Tres años después, debido al excesivo trabajo literario, uno de sus pulmones empezó a enfermar y se vio obligado a respirar con dificultad. Su voz se hizo débil y tenía intensos dolores en su pecho. Además lo atormentaba un dolor de muelas.

En otras ocasiones confesó no poder caminar ni mantenerse en pie, ni sentarse por la hinchazón y dolor de sus hemorroides.

Durante los últimos meses hemos sabido que cerca de nosotros hay personas que padecen de COVID-19. Un sacerdote de nuestra iglesia diocesana (Diócesis de Ciudad Juárez) llegó a perder más de 12 kilos en pocos días, su voz se apagó y fueron tan altas sus fiebres y sudoraciones, que por momentos deliraba, ni siquiera tenía fuerzas para decir un Padrenuestro y a veces tampoco podía recordar esta oración.

Las personas a nuestro alrededor que han sido víctimas de coronavirus describen sus dolores como intensos y sus malestares como muy agudos. En los casos más graves algunos enfermos tienen que utilizar respiradores y varios más pierden su vida.

Aunado a los muchos padecimientos físicos que encontramos en nuestro caminar, todo esto nos hace constatar que vivimos crucificados en el cuerpo.

Volviendo a san Agustín, decía que el cuerpo es un instrumento imperfecto y carga pesada para el alma, y establecía un orden jerárquico: “Dios, alma, cuerpo”.

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Esto no significaba que el santo obispo de Hipona tuviera un desprecio hacia lo corporal. Al contrario: sabía que no puede existir el hombre entero sin su cuerpo y aunque tenga que morir, el alma reclamará siempre unirse a su compañero, el cuerpo, en la resurrección del último día. “La salud perfecta del cuerpo será, al final, la inmortalidad de todo el hombre”, decía en una de sus epístolas.

Mientras acompañamos a nuestros muertos al horno crematorio y en tanto llega la vacuna contra el COVID-19, la salud hoy se ha vuelto, para muchos, el valor más importante de la vida.

Decía san Agustín en un sermón que “se cansa uno de un alimento, de una bebida, de un espectáculo; se cansa uno de esto y aquello, pero nunca se cansó nadie de la salud”.

Por obtenerla, los seres humanos estamos dispuestos a dejar el pudor a un lado, a gastar grandes sumas de dinero, a ser atados, amordazados, pasados a cuchillo, encerrados en cuarentena, violentados por sondas y artefactos, a dejar de comer lo que nos agrada y a abstenernos de beber lo que nos apetece.

En estos tiempos de pandemia mundial miremos más allá de la salud corporal y hagamos nuestra esa jerarquía de san Agustín: “Dios, alma, cuerpo”. Porque si bien son grandes  los males que aquejan nuestro ser físico, mucho más grandes son los males que pueden atormentar a nuestras almas.

La salud del cuerpo, tarde o temprano, la perderemos hasta llegar, con la muerte, a la ruptura de nuestro ser. La salud del alma, en cambio, sólo la podemos perder por el mal moral, es decir, por el pecado.

Mientras que somos testigos del deterioro de nuestros cuerpos debido al correr del tiempo, que el alma se nos vuelva más radiante, pura y luminosa, nutrida con el pan de la Palabra y la fuerza de los sacramentos.

*El P. Eduardo Hayen Cuarón es director del periódico Presencia de la Diócesis de Ciudad Juárez.

Artículo publicado originalmente en el blog del P. Eduardo Hayen

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