Opinión

Carta desde el encierro de Madrid (Parte 2)

Esta situación -la cuarentena por el coronavirus- nos ayuda conocer nuestra fe. Por un lado, que no necesitamos de iglesias para rezar. Ojalá sirva este encierro para que muchos hogares vuelvan a rezar en familia. En la importancia de la comunión espiritual, que tiene unos frutos que quizá minusvaloramos. En la necesidad de pedir perdón a Dios en cuanto hemos pecado, porque -si no nos podemos confesar, como ahora – El nos perdona inmediatamente. Basta repasar el catecismo para saberlo, pero como muchos no lo harán, se lo podemos recordar. Es más fácil enfrentarse a la pandemia con preocupaciones sí, pero con tranquilidad de alma.

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Lo que pone a prueba la fe… son los roces de la jornada. Cada niño quiere atención para cada tarea de la escuela; la imposibilidad de comprar algo que descubres que no tienes en la despensa; los nervios, a flor de piel, que provocan riñas nimias y no tan nimias; el cansancio, que impide descansar… En cambio, tener un perro es una verdadera bendición porque es la excusa perfecta para salir a la calle con justificación (hasta el punto que los vecinos compartimos perro, para poder dar una vuelta… y algunos sinvergüenzas lo alquilan). Son tiempos para crecer en paciencia.

Paciencia también con las autoridades públicas. Ahora es momento de estar unidos, pero da mucha rabia leer en los medios cómo los gobernantes supieron de la crisis mucho antes que nosotros, nos mintieron, y se negaron a tomar decisiones preventivas por motivos equivocados: porque querían movilizaciones feministas por la calle; porque tenían otra agenda de beneficio propio, no de protección de los ciudadanos; porque están dispuestos a cualquier cosa por motivos electoralistas, y aprovechan la oportunidad para hacer daño a los gobernantes de regiones y ciudades que son del partido contrario… Ahora hay que hacerles caso, porque saldremos de la crisis si seguimos sus indicaciones (y vamos más allá de lo que dicen). Pero tenemos ganas de volver a votar y mandarles a su casa.

Con gran dolor tengo que decir que hay que ejercitar la paciencia con las autoridades religiosas. Por un lado, cada obispo ha dado indicaciones distintas para sus diócesis, que contradicen las orientaciones generales de la conferencia episcopal. Por otro, les ha faltado el coraje de convencer al gobierno de que los servicios religiosos son también indispensables, tanto como las farmacias o las panaderías, y que los sacerdotes deberían actuar como cualquier profesional necesitado en estas circunstancias: protegidos pero activos. En cambio, las iglesias están cerradas a cal y canto.

También es cierto que abundan las misas retransmitidas por televisión y los recursos online. Concretamente, ayuda mucho ver al Papa pensando en sus fieles, y negándose a cerrar las iglesias de Roma, donde hay sitios con adoración eucarística. Si puedo ir a comprar patatas, con máscara y guantes, ¿por qué no puedo ir a rezar un rato a la iglesia que está entre mi casa y el supermercado? En fin. Lo cuento no para criticar a mis obispos, sino para que ustedes en México estén prevenidos y no repitan nuestros errores.

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Esto tiempos son también momentos para preocuparnos de los demás. Primero, con oración, no solo porque no se puede hacer en persona, sino sobre todo porque es lo más eficaz. La oración es el arma más poderosa que tenemos, con mucha diferencia. Pero luego también con ayuda material: podemos prestar dinero a familiares que han visto cortados sus ingresos, o encargar comidas a un restaurante de comida a domicilio, para que las lleven a los hogares que indique Caritas; o contribuir a un fondo para las víctimas; o sencillamente, mandar agua a hospitales, que a veces están tan sobrepasados que no tienen tiempo de nada. Y en muchas ocasiones, hablando por Skype con amigos y parientes, o mandando wasaps con novedades, bromas y de vez en cuando algún enlace a contenidos que alimenten el alma.

Salir de uno mismo lleva también a pensar en los que más sufren. En Europa estamos obsesionados con el coronavirus y en las consecuencias del parón económico, cuando en el Congo padecen hoy una terrible epidemia de Ébola, y carecen no de mascarillas, sino hasta de antibióticos… Vivimos mirando nuestro ombligo.

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En el fondo, el encierro es un acicate para ser lo que pide el Papa: creadores de una cultura del encuentro, que reduzcan la tensión en nuestra casa y en nuestros círculos de amigos, y que den esperanza a gente que esté sola, que haya sufrido en su familia una muerte, y ni siquiera haya podido velar al fallecido y tener un funeral para duelo por él.

Son momentos duros para todos, pero saldremos adelante y reforzados si nos ayudamos a los demás. No son tiempo de egoísmo sino de altruismo. Por mucho que estemos entre cuatro paredes. Y ustedes que me leen en México, piensen en lo que les viene encima, y se protejan más allá de lo que diga su gobierno.

 

*El autor es Doctor en Filosofía por la Universidad de Navarra y profesor universitario. Fundó y dirigió la agencia internacional de noticias Rome Reports.

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