¿Qué sentido tiene el sufrimiento? En la fe cristiana, el dolor no es inútil ni absurdo: puede ofrecerse a Dios como una forma de amor, intercesión y consuelo para otros.
“Cuando una persona sufre, Jesús sufre con ella; y cuando lo ofrece, ese dolor puede transformarse en redención”, afirma la hermana María del Rocío Sánchez Núñez, superiora general del Instituto de Misioneras Eucarísticas de Jesús Infante y Nuestra Señora de Fátima.
Con muchos años de experiencia en cuidado y acompañamiento a enfermos, personas en duelo y creyentes atravesando crisis profundas, la religiosa ha sido testigo de que el sufrimiento, del cual afirma que lejos de ser un castigo, puede convertirse en un canal de gracia cuando se ofrece a Dios.
A diferencia de resignarse pasivamente, ofrecer el dolor es un acto activo, libre y consciente de amor y de fe. Es decirle a Dios: “No entiendo, pero confío; esto me duele, pero te lo entrego. Haz con ello lo que tú quieras”.
La hermana María del Rocío explica que esta práctica, profundamente cristológica, tiene su raíz en la experiencia de Jesús en la Cruz. Él no huyó del dolor, lo abrazó con amor al Padre por la salvación del mundo. Y nos invita a hacer lo mismo, “Si alguno quiere seguirme… que tome su cruz cada día” (Lc 9, 23).
“Ofrecer el dolor es unir el propio sufrimiento al de Cristo. Es permitir que esa herida ya sea física, emocional o espiritual, se convierta en canal de gracia para otros”, y añade que este ofrecimiento no requiere palabras elaboradas, “a veces basta un suspiro, un Padre Nuestro dicho con lágrimas o simplemente mirar al crucifijo y ofrecerlo a Él”.
El dolor que se ofrece a Dios no desaparece, pero se vuelve productivo al ofrecerlo por alguien o algo en particular. Foto: Especial.
No obstante, el dolor que se ofrece a Dios no desaparece, pero se vuelve productivo al ofrecerlo por alguien en particular, por ejemplo por un hijo, un cónyuge, una persona enferma, un alma del purgatorio, por la conversión del mundo, por quienes sufren más, por los que no creen, por el alma de un ser querido, o incluso por uno mismo, con el propósito de crecer en humildad, paciencia o fe.
“Una madre puede ofrecer las noches de desvelo por su hijo enfermo. Un joven puede ofrecer su soledad por los que sufren depresión. Un anciano puede ofrecer su enfermedad por las almas del purgatorio. No hay dolor inútil si se une a Cristo”, dice la religiosa.
El dolor de una madre convertido en un proyecto de esperanza
En octubre de 2021, Mayté Herrera Legorreta, perdió a su hijo Rubén, de 23 años, a causa del suicidio. A partir de ese abismo personal, comprendió que tenía solo dos opciones: callar y hundirse en el silencio o alzar la voz por quienes ya no pueden hacerlo y eligió lo segundo.
En sus planes de vida no figuraba convertirse en activista, pero la pérdida de su hijo despertó en ella una profunda necesidad de alzar la voz y brindar consuelo a quienes atravesaban por un dolor similar. Fue así como decidió dar forma a la asociación “Que se escuche fuerte mi grito A.C.”, una iniciativa surgida del duelo más hondo, que hoy representa un espacio de acompañamiento, prevención y esperanza para cientos de personas.
El objetivo de la Asociación es visibilizar el suicidio, romper estigmas y brindar herramientas reales de apoyo emocional, espiritual y psicológico a jóvenes, familias y comunidades en situación de riesgo. Desde entonces, Mayté ha trabajado junto con psicólogos, terapeutas y voluntarios para construir una red de acompañamiento a través de grupos de apoyo en línea, redes sociales con más de 230 mil seguidores en Instagram, grupos de WhatsApp y transmisiones por Zoom donde los jóvenes pueden hablar sin miedo y sentirse escuchados.
“No queremos que el dolor se quede en silencio, porque el silencio mata. Queremos que se escuche fuerte el grito de quienes sufren, y que encuentren acompañamiento y esperanza”, ha expresado Mayté en diferentes medios.
Su testimonio encarna de forma concreta lo que significa ofrecer el dolor a Dios: no como un acto de resignación pasiva, sino como una entrega activa que transforma el sufrimiento en un servicio de amor. En lugar de encerrarse en su propio duelo, lo ha puesto en manos de Dios y lo ha convertido en una misión de vida.
Santa Teresita del Niño Jesús, dibujo para colorear.
Los santos que convirtieron el sufrimiento en redención
La hermana superiora comenta que la historia de la Iglesia está llena de personas que ofrecieron su dolor y lo convirtieron en amor. Estos son algunos ejemplos.
Santa Teresita del Niño Jesús, que murió a los 24 años entre intensos dolores por la tuberculosis, ofrecía cada sufrimiento por los misioneros y los pecadores. Decía: “Sufrir por amor es alegría pura”.
San Juan Pablo II, ya muy enfermo, siguió apareciendo en público para dar testimonio de cómo el sufrimiento ofrecido puede evangelizar más que las palabras. Su agonía fue una catequesis viva sobre la Cruz.
Padre Pío, estigmatizado y con numerosos padecimientos físicos, decía que “El sufrimiento soportado con paciencia y ofrecido a Dios es más poderoso que la oración misma”.
Chiara Corbella, joven madre italiana, ofreció su vida y su cáncer por la vida de su hijo por nacer, negándose a tratamientos que lo pusieran en riesgo. Murió en 2012 con solo 28 años, dejando un testimonio luminoso.
Periodista con más de 20 años de trayectoria, titulada de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. A lo largo de su carrera ha colaborado en reconocidos medios nacionales como Milenio, El Universal, Revista Alto Nivel, entre otros. Su trabajo se ha enfocado en temas sociales, culturales y de interés humano.