Iglesia en México

Homilía del Cardenal Carlos Aguiar en la Misa Crismal del Jueves Santo

Homilía del Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana.

Gracia y paz a ustedes, de parte de Jesucristo, el testigo fiel, que nos amó y nos purificó de nuestros pecados con su sangre. (Ap 1,5)

La fidelidad de Jesús ha quedado patente por el amor a nosotros, que lo llevó a entregar su vida. Una encomienda que le había dado su Padre, y que desde el amor aceptó Jesús, y ese amor lo extendió en favor nuestro.

Este testimonio está dirigido hoy a nosotros los presbíteros, que hemos recibido la llamada del Padre y le hemos respondido desde nuestra pequeñez, confiando más en su amor que en nuestras fuerzas. Jesús expresó con plena convicción: Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que ustedes acaban de oír. (Lc 4,21) ¿Cuál es nuestra respuesta a la Palabra de Dios que acabamos de oír?

La fidelidad vivida por Jesús hasta el extremo de la muerte es la razón de nuestra esperanza, de nuestra confianza para ejercer el ministerio sacerdotal, que transmitió a sus discípulos en la Última Cena, convirtiéndolos en sus apóstoles, mensajeros de la Buena Nueva de la presencia de Dios en el mundo.

Este día, Jueves Santo, al recordar la institución del Sacerdocio Ministerial encomendado a algunos discípulos de Jesucristo, para conducir, como Pastores, a la comunidad cristiana, en el conocimiento del verdadero Dios y hacer presente su inmensa misericordia, es muy conveniente descubrir la íntima relación que existe con la institución de la Eucaristía y el mandamiento de la Caridad fraterna.

Para ser como Jesús, testigos fieles, los Sacerdotes debemos recordar que la frase al final de la Consagración del vino: Hagan esto en memoria mía, está dirigido especialmente a nosotros los sacerdotes ministeriales, para cumplir la misión redentora de Jesús en nuestra propia persona y con la comunidad de fieles, que nos ha sido encomendada, para ser testigos creíbles, en lo personal y en lo comunitario, del amor de Dios Padre, y estar dispuestos a separar el cuerpo y la sangre, es decir, dispuestos a entregar la vida, como el maestro Jesús.

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Hagan esto en memoria mía, es aceptar el cáliz que Dios Padre ha dispuesto para cada uno y para cada comunidad eclesial, es asumir la voluntad salvífica de Dios Padre en favor de la humanidad, mediante la espiritualidad de la comunión, que nace de la vida trinitaria, de la vida de Dios.

Hagan esto en memoria mía, no puede reducirse a la repetición del Rito Eucarístico, sino ampliarse al indispensable ejercicio del servicio como autoridad que conduce y acompaña la práctica de la caridad hasta dar la vida como lo hizo Jesús.

Así pues, la celebración Eucarística debe ser fuente y culmen de la vida cristiana, y para ello, el presbítero, como discípulo y maestro, alimenta la fe y alienta la esperanza del pueblo con la Palabra de Dios, le enseña a interpretar los signos de los tiempos para descubrir la voz de Dios en ellos, y acompaña a la comunidad cristiana para poner en común las propias experiencias de vida, discernir las decisiones ante las necesidades presentes, y llevar a la práctica el mandamiento del amor, mediante la puesta en marcha de las decisiones eclesiales.

De esta manera, los fieles cristianos llegan a la celebración de la Eucaristía con su ofrenda existencial de lo que han hecho, y presentan sus necesidades para ponerlas en manos de Jesucristo, quien las lleva al Padre para que envíe su Espíritu y acompañe a los fieles en la continuidad del servicio, que han descubierto y han asumido, como voluntad del Padre.

Así, el camino de la comunidad cristiana se desarrollará conscientemente como cumplimiento de la voluntad del Padre, ejercitando la obediencia, que generará la capacidad de descubrir la fuerza del Espíritu Santo, tanto en la capacidad de llevar a cabo cosas que pudieran en principio considerarse imposibles, como acciones que pudieran haber encontrado múltiples dificultades para realizarlas.

Jesús leyó ante la comunidad de Nazaret, su tierra, el pasaje del Profeta Isaías: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor. (Lc 4,18-19; Is 61,1-2)

Y dejando el volumen al encargado, se sentó. Qué sintió Jesús al haberlo leído, qué fue lo que lo hizo levantarse de nuevo, cuando los ojos de todos los asistentes se volvieron hacia él. Qué pasó en el interior de Jesús para decir: Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que ustedes acaban de oír. (Lc 4,21)

Los dinamismos del Espíritu Santo que acompañaron a Jesús para aceptar y cumplir la misión del Padre, son los mismos, que también nos invaden cuando nos disponemos a aceptar la voluntad del Padre. Vivamos y hagamos vivir a nuestros fieles la hermosa experiencia de ser la comunidad de discípulos de Jesús, y que de nuevo sea posible proclamar como Jesús: Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que ustedes acaban de oír. (Lc 4,21)

Somos nosotros, los Presbíteros y Obispos, que en comunión hemos sido llamados para promover, impulsar, acompañar, y sostener, a la comunidad cristiana en el seguimiento de Jesús, el Maestro, y realizar el cumplimiento de las promesas divinas en nuestro mundo, en nuestro hoy. ¡Ésta es nuestra gran responsabilidad y nuestra misión!

Con estos sentimientos renovemos nuestras promesas sacerdotales y participemos de la consagración del Santo Crisma y de los Santos Óleos. Seamos así testigos fieles como Jesucristo, para dar vida al Pueblo de Dios, para constituir el Reino de Sacerdotes, y honrar a Jesucristo, Alfa y Omega, el que es, el que era, y el que ha de venir.

¡Que así sea!

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