Día de la Candelaria: entre la oración y ollas, así preparan los tamales las hermanas Adoratrices
Entre la adoración perpetua y el trabajo comunitario, las hermanas Adoratrices del Santísimo Sacramento elaboran tamales como una forma concreta de oración, sustento y comunión fraterna.
Dentro del monasterio de las Religiosas Adoratrices Perpetuas del Santísimo Sacramento, el ritmo cotidiano no lo marca el bullicio de la ciudad, sino la adoración continua a Jesús Eucaristía. Entre la oración, la paz y el trabajo, una tradición se ha vuelto parte esencial de su vida comunitaria y de su forma de ganarse la vida: la elaboración de tamales.
Lejos de ser solo una actividad económica, cocinar se ha convertido para las hermanas en una expresión concreta de su espiritualidad. “Nuestro carisma es adorar a Jesús las 24 horas del día, y eso incluye todo lo que hacemos: barrer, trapear o hacer tamales”, explica la hermana Rosa Lilia Valdez López, superiora del monasterio.
Un trabajo que nace de la adoración
La vida de las Adoratrices Perpetuas gira en torno al Santísimo Sacramento, que marca los tiempos del día y ordena el trabajo cotidiano. “Nos turnamos: dejamos lo que estamos haciendo, vamos con el Señor y luego regresamos a retomar nuestras actividades”, explica la sor Abigail López, al describir cómo la adoración estructura la jornada dentro del monasterio.
Desde esta lógica, la cocina no es un espacio ajeno a la oración. “Siempre hacemos adoración antes y durante la elaboración de los tamales”, señala. Aunque se trata de una labor exigente, la religiosa subraya su dimensión comunitaria: es un momento en el que conviven, ríen, hacen bromas y escuchan música de todo tipo. “Todo eso también es comunión entre nosotras”, comenta mientras continúa con sus labores.
Así, entre las ollas, el aroma de la comida recién hecha y la oración compartida, el trabajo manual se integra a la vida contemplativa de las hermanas, y esa comunión fraterna se hace perceptible no solo en el ambiente de la cocina, sino también en el sabor de los tamales que ofrecen.
El origen de una tradición conventual
La tradición de elaborar tamales en el monasterio nació casi al mismo tiempo que la comunidad echó raíces en la Ciudad de México. Corría 1960 cuando la congregación llegó desde Guadalajara, y desde entonces las hermanas buscaron maneras concretas de sostener la vida comunitaria sin apartar la mirada del centro de su vocación. El trabajo de sus manos se convirtió también en una forma de providencia.
“En Guadalajara preparaban desayunos para celebrar las primeras comuniones, y al llegar a la Ciudad de México comenzaron a hacer lo mismo. Al principio, los tamales eran únicamente para esos desayunos”, comenta la hermana superiora.
Con el paso de los años, y ante nuevas exigencias económicas, aquella labor discreta fue creciendo, lo que comenzó como apoyo interno para las celebraciones terminó abriéndose también al público. “Después la situación económica se volvió más difícil y empezamos a hacerlos para vender. Y a la gente le gustó nuestro sazón”, comparte la hermana superiora con una sonrisa. Así, entre ollas humeantes y jornadas largas de preparación, los tamales dejaron de ser solo una ayuda ocasional y se transformaron en un sustento constante para la comunidad.
A esta memoria se suma el testimonio de la sor María Inés, una de las religiosas más longevas de la comunidad, quien ingresó a la congregación a los 16 años y hoy, a sus 78, conserva viva la historia de los primeros años. Con entusiasmo y algo de nostalgia, ella relata que, al llegar a la Ciudad de México por indicación del cardenal Darío Miranda, las hermanas adquirieron con sus propios recursos, una casa ubicada en la zona de Guadalupe y la colonia del Valle, que con el tiempo se transformaría en monasterio.
“Todo se fue haciendo poco a poco. Tras la compra de la propiedad, las hermanas adaptaron los espacios y más adelante construyeron la capilla, el corazón del monasterio. El primer salón comunitario, que antes funcionaba como cochera, se convirtió en el lugar donde comenzaron a ofrecer los desayunos que hasta hoy forman parte de nuestro apostolado”, comenta mientras pone el relleno a los tamales.
Recuerda que para levantar y sostener la comunidad, las hermanas recurrieron a diversos medios, como rifas organizadas en parroquias, el apoyo de bienhechores y la venta de huevos, pues llegaron a tener cerca de 200 gallinas. También la elaboración de tamales y chocolate, y asegura que “todo era trabajo en equipo, ayudándonos como familia, tal como lo seguimos haciendo”.
Con los años, algunas actividades quedaron atrás, pero la elaboración de tamales permaneció como uno de los pilares que sostienen al monasterio, pues más que una fuente de ingresos, se volvió una tradición que fortalece los lazos entre las hermanas y da sentido concreto a su vocación. “Yo soy feliz en mi vocación”, señala con una gran sonrisa, convencida de que ese espíritu de familia y servicio es lo que ha dado continuidad a la vida de su casa.
¿Cómo y dónde encargar tamales a las hermanas?
Quienes deseen encargar tamales elaborados por las Madres Adoratrices Perpetuas del Santísimo Sacramento pueden hacerlo de manera directa. Las religiosas preparan una variedad de tamales como parte de su trabajo comunitario.
Los pedidos se reciben vía telefónica al 55 29 10 56 44, o de forma presencial en el monasterio ubicado en calle Miguel Lerdo de Tejada número 149, colonia Guadalupe Inn, alcaldía Álvaro Obregón, en la Ciudad de México.
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Sabores con identidad propia
El tamal es uno de los alimentos más antiguos del continente americano. De acuerdo con investigaciones del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), su origen se remonta a las culturas mesoamericanas prehispánicas, donde el maíz (considerado sagrado), era base de la alimentación y de la cosmovisión. Cronistas como fray Bernardino de Sahagún, en la Historia general de las cosas de Nueva España, ya describían una amplia variedad de tamales consumidos en rituales, celebraciones y en la vida cotidiana.
Con el paso de los siglos, esta preparación se diversificó según las regiones, los ingredientes locales y las tradiciones familiares o comunitarias. Hoy se calcula que existen cientos de variantes de tamales en América, cada una con identidad propia.
En el monasterio de las Adoratrices, esta herencia ancestral se mantiene viva a través del tamal tradicional de hoja de maíz, al que las hermanas han añadido recetas propias, fruto de la experiencia y del gusto de quienes los consumen. Entre los más solicitados se encuentran el de pollo en salsa verde, mole y queso.
Además, han dado vida a sabores poco comunes que nacieron casi por sorpresa. “El de chocolate lo inventamos aquí. Nos lo pidieron y no sabíamos cómo iba a quedar, pero fue un éxito”, cuenta la hermana Abigail. A esa apuesta le siguieron otras combinaciones, como el de frijol con queso, que hoy es de los más solicitados. Sin duda son preparaciones que no estaban en ningún recetario, pero que surgieron de la creatividad, de la escucha atenta a quienes las visitan y del deseo constante de ofrecer algo hecho con esmero.
Fieles a su espíritu de servicio, las religiosas han optado por una preparación más ligera y accesible. “No usamos carne de puerco ni manteca de puerco; solo pollo y productos vegetales, para que sean más saludables y la mayoría de la gente los pueda comer”, dice la hermana superiora.
Comunidad alrededor de la olla
La elaboración de los tamales involucra a toda la comunidad, actualmente integrada por nueve hermanas. Cada una asume una tarea específica: limpiar las hojas, batir la masa, untarla en la hoja, colocar el relleno, doblar y ponerlos a cocer, en un proceso donde la coordinación es esencial. “Si falta una, se retrasa todo. Es un trabajo en equipo”, coinciden las religiosas.
Aunque hoy el proceso está mejor organizado, la hermana María Inés recuerda que en los primeros años la preparación implicaba un esfuerzo mucho mayor. “Antes era el doble de trabajo. No teníamos las batidoras ni los utensilios que ahora nos ayudan; todo era a mano”, recuerda con cierto cansancio.
Desde el batido paciente de la masa hasta el acomodo en las ollas y la cocción, cada paso exigía tiempo y resistencia. Eran jornadas más pesadas, pero también los años en que se fue forjando la constancia que hoy sostiene la tradición.
“Antes, los tamales se preparaban a pala y a mano. Una persona tomaba la bandeja y otra le daba al batido sin parar”, relata. Para saber si la masa estaba en su punto, recurrían a un método tan sencillo como infalible: “Poníamos un poquito en un vasito con agua; si flotaba, ya estaba lista, pero si se iba al fondo, había que seguir batiendo”. Las jornadas se alargaban y el cansancio pesaba en los brazos, pero nunca faltaban el ánimo ni la determinación que las impulsaba a continuar.
Los mitos alrededor de la olla de los tamales
Alrededor de la preparación de los tamales han sobrevivido creencias populares transmitidas de generación en generación; entre ellas, la idea de que si quien cocina está enojado los tamales no se cuecen, que hay que hablarle con cariño a la masa o incluso “regañar” a la olla para que haga su trabajo. También se dice que colocar una moneda debajo de la tamalera puede avisar cuándo están listos.
A estas creencias se suman otros recursos tradicionales: poner un chile verde dentro de la olla, o colocar cuchillos cruzados cuando la cocción se retrasa. Más allá de su eficacia, estos gestos forman parte del saber práctico que acompaña la elaboración de los tamales en muchas comunidades.
Entre risas, la hermana superiora, Rosa Lilia, confiesa: “Yo no creía en esas cosas, pero aquí aprendí que los alimentos sí se afectan según el estado de ánimo de quien los prepara. El ánimo, el estrés, la prisa… todo influye. Si una está muy tensa o anda corriendo, los alimentos lo resienten”. Su experiencia en la cocina le ha enseñado que no solo importa la receta, sino también la disposición interior con la que se trabaja.
Para las hermanas, estas creencias no son supersticiones aisladas, sino una forma de recordar que cocinar requiere atención, paciencia y un estado interior sereno. En su experiencia, el cuidado del corazón y del ambiente también se refleja en el resultado final, reafirmando que el trabajo en la cocina, como la oración, se vive mejor desde la paz y el cariño.
Candelaria y vida consagrada: una fiesta doble
Cada 2 de febrero, cuando en México se celebra el Día de la Candelaria y la tradición invita a compartir tamales, en el monasterio la fecha adquiere un significado aún más profundo, pues también se celebra el Día de la Vida Consagrada. Para las Adoratrices, es una jornada de acción de gracias por la vocación recibida y por la fidelidad de Dios en la vida comunitaria.
Este año, la celebración tendrá un giro especial en la mesa. “No festejaremos con tamales, pero sí nos daremos un gusto. Celebraremos con paella, a ver qué tal nos queda”, dice entusiasmada la hermana Rosa Lilia, dejando ver que la alegría vocacional también se expresa en la convivencia sencilla y en la vida compartida.
Una ofrenda que va más allá de la cocina
Para ellas, el trabajo no concluye cuando los tamales están listos, porque su carisma no se reduce a la elaboración de alimentos. Cada jornada forma parte de una ofrenda que comienza mucho antes de encender el fuego de la estufa y continúa más allá de la vendimia. “Desde que nos despertamos ofrecemos todo lo que vamos a hacer: la oración, el trabajo, la vida”, explica la superiora. Así, lo que sucede en la cocina no es solo una tarea doméstica, sino una expresión concreta de su vocación.
Una de las hermanas más longevas lo resume con sencillez: “Estás sola con el Amado, el Santísimo, y todo lo que haces se vuelve oración”.
Quien prueba estos tamales recibe mucho más que alimento. Recibe el fruto de un trabajo hecho en comunidad, sostenido por la oración y cargado de sentido espiritual. En un mundo que corre deprisa, esta tradición conventual permanece como testimonio de que la fe también se vive en lo cotidiano: en la cocina, en el servicio y en una olla que hierve al ritmo de la adoración.
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