5 historias, un llamado: ellos son los nuevos sacerdotes de la Arquidiócesis de México
Cinco jóvenes, cinco caminos distintos: así descubrieron su vocación los nuevos presbíteros 2026 de la Arquidiócesis de México.
La vocación sacerdotal no nace en automático ni se construye desde la perfección; se abre camino, muchas veces, en medio de preguntas, crisis y experiencias que transforman la vida.
Los nuevos presbíteros 2026 de la Arquidiócesis Primada de México son testimonio de ello. Cada uno recorrió un camino distinto, algunos desde la fe de familia, otros desde el vacío, el dolor o la búsqueda personal.
Su respuesta llegará el próximo 28 de mayo de 2026, cuando sean ordenados sacerdotes en la fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, a las 17:00 horas, en la Insigne y Nacional Basílica de Guadalupe.
Aunque sus historias son distintas, coinciden en un mismo punto: el encuentro con Dios que cambia el rumbo de la vida.
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Quería casarse y tener una familia… hasta que descubrió su vocación en el dolor de otros
Antes de pensar en el sacerdocio, Diego José Zepeda Martínez llevaba una vida como la de muchos jóvenes, como la universidad, amigos, fiestas y una inquietud constante por conocer el mundo.
“Era la vida de un muchacho inquieto… con amigos, con fiesta, curioso por descubrir cómo se mueve la vida”, recuerda. Estudiaba Ingeniería Industrial en el Instituto Politécnico Nacional (IPN) y todo parecía seguir su curso normal. Tenía planes, proyectos y un futuro claro. Entre ellos, uno muy concreto: formar una familia.
“Yo quería casarme y tener hijos… el típico plan de vida perfecto”, confiesa. Pero en medio de ese camino, apareció una pregunta que no pudo ignorar, ¿realmente ese era el rumbo que Dios tenía para él?
La inquietud no llegó como una certeza inmediata, sino como un proceso largo y exigente.
“Fueron casi dos años de incertidumbre… de preguntarme si estaba loco”, dice. Durante ese tiempo, fue discerniendo acompañado, escuchando, dudando y volviendo a intentar entender qué quería Dios de su vida. La respuesta no llegó de golpe. Llegó poco a poco y se confirmó en el lugar menos esperado.
Durante sus primeros años de formación, en medio de una crisis vocacional, fue enviado a realizar apostolado en hospitales. Ahí, entre enfermos y familias marcadas por el dolor, vivió uno de los momentos más determinantes de su camino.
Recuerda especialmente una escena. Entró a la habitación de una persona que estaba muriendo. Rezó, trató de consolar, pero al salir quedó profundamente impactado. “Salí y dije: no puede ser… hoy no hubo alegría aquí”, cuenta.
Mientras caminaba por el pasillo, con el peso de esa experiencia, un niño enfermo se le acercó, lo detuvo y lo abrazó. “Gracias por venir”, le dijo. Ese momento lo cambió todo.
“Ahí comprendí que Jesús me estaba respondiendo… no has venido al seminario a ser seminarista, sino a formarte para ser pastor“.
En medio del dolor, descubrió su vocación. Ha atravesado múltiples crisis: dudas en la formación, momentos de querer dejarlo todo, incluso la posibilidad de otra vida.
Pero en medio de todo, encontró una brújula clara para discernir, “lo que viene de Dios deja paz en el corazón“, afirma. Esa paz se convirtió en el criterio para seguir adelante.
Una de las renuncias más profundas fue dejar atrás su proyecto de vida familiar. No fue fácil. Durante mucho tiempo le costó aceptar que ese deseo también formaba parte de su historia. Hasta que comprendió algo que transformó su manera de ver el sacerdocio. “Jesús no se olvidó de mi deseo… quería ser papá, pues vas a tener muchos hijos; quieres ser esposo, la Iglesia será tu esposa”, comparte.
Desde ahí, entendió el sacerdocio no como pérdida, sino como una forma distinta, y más amplia, de amar. Hoy, Diego se prepara para ser un sacerdote diocesano con corazón de pastor, cercano, capaz de escuchar y dialogar con el mundo actual.
Para él, el reto es acompañar una realidad marcada por heridas profundas, donde se necesita comprensión, cercanía y una fe encarnada en la vida cotidiana. Y tiene claro también el punto de partida.
“Vivir como hijos de Dios transforma la forma de estar en el mundo”, afirma.
Porque su vocación no nació en la comodidad ni en certezas fáciles, sino en el encuentro con el sufrimiento humano, ahí donde la vida duele y donde también se encuentra Dios.
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Vivía sin Dios y con un futuro prometedor… hasta que la realidad le rompió el corazón
Antes de pensar en el sacerdocio, la vida de Juan Ángel Vivas García, miembro de la Congregación de San Basilio, estaba lejos de la Iglesia. “Era caótica, completamente caótica… no conocía a Dios, no era cercano a la Iglesia, vivía en el mundo”, reconoce.
Estudiaba Actuaría y Matemáticas en un ambiente universitario donde la fe parecía no tener lugar. Ahí , sin buscarlo, inició su transformación. Todo empezó con un compañero, un joven que, en medio de críticas y burlas, vivía su fe sin miedo.
Pero lo que realmente lo sacudió fue una decisión inesperada: ese mismo compañero dejó la carrera para dedicarse a Dios. “Eso me rompió el corazón… no entendía por qué alguien con tanto futuro haría algo así“, dice.
Esa pregunta se quedó dentro de él y comenzó una búsqueda. Su acercamiento a Dios no fue inmediato. Hubo intentos fallidos, como un retiro al que fue por compromiso y que no le gustó, pero el verdadero cambio llegaría en otro lugar: en una misión.
Ahí, en una comunidad de pobreza extrema, se encontró con una realidad que nunca había visto.
“Vivía en mi mundo y no me daba cuenta de lo que había fuera”, confiesa; lo que vivió en esos días lo marcó profundamente.
Recuerda una escena que lo transformó. Después de comer con una familia que apenas tenía lo necesario, por la noche vio cómo la madre rascaba una olla vacía para intentar alimentar a su hija. “Se me rompió el corazón”, dice.
Días después, otra imagen lo dejó aún más impactado, la de niños buscando comida en la basura tras haber ofrecido lo poco que tenían a los misioneros. “Salí destrozado… no valoraba lo que tenía“, y reconoce que ahí comenzó a cambiar su vida.
Dejó de pensar sólo en sí mismo y empezó a involucrarse en su parroquia, en la misión, en el servicio, pero el camino no fue fácil, pues su familia no compartía su decisión, “mi papá dejó de hablarme“, recuerda.
Esa ruptura marcó una de las crisis más profundas de su proceso, y aún vendría otra más. Durante una misión sufrió un accidente grave que afectó su columna. Sin recursos, sin seguro y con el temor de regresar a casa, se encontró en uno de los momentos más oscuros de su vida.
Fue entonces cuando vivió una experiencia que lo marcó para siempre, un sacerdote le administró la unción de los enfermos. Con lágrimas en los ojos, Juan Ángel recuerda que en el momento que el sacerdote rezaba sentía cómo su espalda se reconstruía. “Fue impactante, salí de la sacristía de esa iglesia sin dolor alguno”.
Los estudios posteriores confirmaron algo inexplicable: ya no había lesión. Para él, no había duda:
“Mi lesión en la espalda y la sanación, lo entendí como una mediación de Dios para continuar el camino al sacerdocio”, afirma.
A partir de ahí, su vocación se consolidó en la misión, vivió como misionero laico, acompañando comunidades donde un sacerdote llegaba cada tres o cuatro años. Ahí no sólo compartió la fe, también ayudó a formar comunidades, preparar sacramentos y sostener la vida cristiana.
Esa experiencia terminó de definir su llamado; con el tiempo, descubrió su lugar en la vida religiosa como miembro de la Congregación de San Basilio, donde encontró comunidad, acompañamiento y sanación.
“Ellos fueron sanando mi historia”, dice. Hoy, Juan Ángel se prepara para el sacerdocio con una convicción clara: ser un pastor cercano, profundamente humano.
“No me veo sin las personas… ellas le dan sentido a mi vida y a mi vocación”, asegura. Su misión está enfocada en la reconciliación, especialmente en familias heridas, donde busca integrar la fe con procesos humanos reales, porque su historia no comenzó en la certeza, comenzó en el caos y fue precisamente ahí donde Dios salió a su encuentro.
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De una fe heredada a una decisión radical: el presbítero que aprendió a confiar
La vocación de Jorge Fernando García Aceves CCR no nació de un momento aislado ni de una certeza inmediata. Fue, más bien, el resultado de un camino donde la fe recibida en casa tuvo que transformarse en una decisión personal, radical y consciente.
Desde pequeño, Dios formaba parte de su vida cotidiana. En su familia, la fe no era teoría: se vivía. Su padre fue una figura clave en esa formación espiritual. “Él me acercó a la adoración nocturna… nos reuníamos en familia a rezar el rosario, con guitarras, aunque no supiéramos tocar“, recuerda.
Su madre, por su parte, le enseñó oraciones que hasta hoy siguen presentes en su vida. Aquella fe heredada dejó huellas profundas. Una de ellas, especialmente significativa, fue su primera confesión a los ocho años.“Después de la absolución me sentía diferente… como flotando. Una alegría increíble“, comparte.
Sin embargo, su camino no fue el de una vocación evidente desde el inicio. Durante la adolescencia y juventud, Jorge llevó una vida activa y comprometida. Participaba en grupos de liderazgo cristiano, en misiones y en distintas actividades apostólicas. Ahí descubrió su capacidad de servir y de acompañar a otros. “Desde la secundaria me iba de misiones cada cuaresma… compartir la fe con la gente marcó mucho lo que ahora soy”, explica.
De hecho, todo parecía indicar otro rumbo. Pensó en ser profesor, como su padre. Más adelante, se proyectó como ingeniero civil e incluso inició trámites universitarios. Trabajaba en una agencia de viajes, con estabilidad económica y un futuro claro. Pero, en medio de esa vida bien encaminada, comenzó a surgir una inquietud más profunda.
La primera vez que se planteó seriamente el sacerdocio fue a los 12 años, siendo monaguillo.
“Acompañando a un sacerdote en un matrimonio me pregunté: ¿seré sacerdote o estaré allá, recibiendo el sacramento?”, recuerda. La pregunta quedó abierta. Y con el tiempo, se volvió más exigente.
Como muchos jóvenes, atravesó crisis personales marcadas por los afectos, la búsqueda de identidad y la necesidad de amar y ser amado. “Yo deseaba amar y ser amado en plenitud”, confiesa.
Esa tensión entre el llamado y la propia fragilidad se convirtió en uno de los momentos más decisivos de su vida. La respuesta comenzó a tomar forma en un retiro espiritual, ya dentro de su proceso con los Cruzados de Cristo Rey. Ahí, en un ejercicio de total sinceridad, se presentó ante Dios sin máscaras. Y en ese encuentro, algo cambió.
“Dios marcó en mi corazón una alegría y una paz profunda… una certeza de decir: aquí estoy, tú me llamaste”.
“Dios no llama por lo que somos en nuestro pecado, sino por lo que estamos llamados a ser”. Esa certeza lo llevó a tomar una decisión radical. Ingresar al seminario implicó dejar atrás una vida que ya tenía forma: una carrera universitaria en puerta, un trabajo estable y la cercanía con su familia; no obstante, no lo vive como pérdida. “Renuncié… pero no fue un quitarme, fue ayudarme a crecer”, afirma.
Su proceso no ha estado exento de dificultades. Ha enfrentado crisis en la vida comunitaria y momentos de fuerte cuestionamiento personal. Incluso pensó en desistir. Pero en medio de esas experiencias, aprendió una clave que hoy sostiene su vocación, “no tomar decisiones a lo bruto en momentos de crisis… sino confiar y decirle al Señor: aquí estoy, ilumíname”.
Hoy, Jorge Fernando se prepara para el sacerdocio con una convicción clara: su vocación no se sostiene en sus propias fuerzas, sino en la confianza en Dios. “Esa es la actitud fundamental: sabernos necesitados, acompañados y fortalecidos en Cristo”, explica.
Su centro está en la Eucaristía, donde encuentra paz, fuerza y sentido. Y su deseo es ser un sacerdote entregado, cercano, capaz de acompañar a otros en su propio camino, porque, al final, su historia no es la de alguien que nunca dudó, sino la de quien, en medio de sus dudas, aprendió a decir: “Aquí estoy“.
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El sacerdote que descubrió que el éxito no lo es todo
Antes de pensar en el sacerdocio, la vida de Luis Ignacio Lozano Cobos CCR parecía ir viento en popa, con una carrera profesional, un trabajo estable y una vida social activa.
Había estudiado Ingeniería en Tecnologías de la Información y trabajaba en una empresa de desarrollo de software. Su día a día transcurría entre proyectos, compañeros de trabajo y salidas con amigos. Todo estaba en orden. Todo tenía sentido, o al menos eso parecía.
Porque, en el fondo, algo no terminaba de encajar. “Sentía que hacía falta algo en mi vida… había un vacío, una falta de sentido”, recuerda.
Esa sensación no apareció de la nada. Durante años, Luis había estado involucrado en el trabajo con jóvenes en la Iglesia. Incluso había formado un grupo juvenil junto con un amigo, pero en algún momento decidió dejarlo para enfocarse en su crecimiento profesional.
Fue entonces cuando su relación con Dios comenzó a enfriarse. “Yo seguía participando en la parroquia, pero sentía que algo faltaba”, explica. Y ese “algo” se volvió imposible de ignorar.
Lejos de distraerse o llenar ese vacío con más actividad, tomó una decisión poco común: detenerse, hacerse preguntas y pedir ayuda. “Eso me impulsó a escarbarle a esas inquietudes que hay en el corazón“, cuenta. Ahí comenzó su camino vocacional, aunque desde niño, su familia lo acercó a Dios. Sus padres lo formaron en la fe y lo acompañaron siempre, incluso en los momentos más decisivos.
Hay un detalle que, con el tiempo, cobraría un significado especial, recordó que “cuando yo era recién nacido, mi mamá le dijo a la Virgen: ‘sálvalo y yo te lo ofrezco para lo que tú quieras’”, relata. Años después, cuando decidió entrar al seminario y comunicarlo a su familia, su madre entendió que aquel ofrecimiento y oración habían encontrado respuesta.
Luis ya tenía un camino recorrido. Dejarlo implicaba soltar certezas y entrar en lo desconocido.
“Me dio mucho miedo… era dejar algo ya construido para empezar algo nuevo, pero hubo algo más fuerte que el miedo: la paz que sentí cuando abrí mi corazón para seguir a Dios“.
Esa paz se convirtió en el criterio decisivo. A lo largo de su proceso como seminarista, ha enfrentado momentos difíciles. Uno de los más duros fue la muerte de su padre, que lo confrontó con preguntas profundas sobre su vocación y su responsabilidad con la familia.
Sin embargo, en medio de esas crisis, ha descubierto algo que hoy sostiene su camino: nunca ha estado solo. “Dios dispone de muchas personas, muchas palabras, muchas experiencias para hacerme ver que Él está presente”, afirma.
Para Luis, la vocación no es un logro personal, sino un don que se sostiene en la fe. “Yo confío en aquel que me llama… sé que Él me sostiene de su mano”, dice. Esa certeza ha ido moldeando su forma de entender el sacerdocio. Su deseo es más profundo y más simple es “quiero ser un sacerdote feliz y servicial, donde el Señor me pida estar, asegura.
Para él, lo que un sacerdote debe tener, sí o sí, es disponibilidad, la escucha y la capacidad de acompañar a un mundo herido. “Hace falta mucho tiempo para escuchar… los dolores hoy son profundos“, advierte.
Y tiene claro que el mayor desafío es espiritual es la pobreza de no tener a Dios, es por ello que su vocación no nace de tener todas las respuestas, sino de haber reconocido una pregunta fundamental: qué le da sentido a la vida.

Iba a misa por costumbre… hasta que descubrió que Dios siempre había estado ahí
Antes de pensar en el sacerdocio, la fe en la vida de Jorge Saúl Salazar Romero CCR, estaba presente, pero no ocupaba un lugar central. Iba a misa cada domingo, impulsado principalmente por la formación de su familia, pero sin un interés real por las cosas de Dios.
“Iba a misa cada domingo, pero por costumbre… no me interesaban las cosas de Dios”, reconoce. Sin embargo, aquello que parecía rutina estaba sembrando algo más profundo. Su papá, con su fidelidad dominical, y su mamá, con el rezo constante del rosario, fueron dejando huellas que él no supo reconocer en ese momento.
“Me dejaron semillitas en el corazón… pero yo no lo sabía”, dice. Como muchos jóvenes, su vida estaba orientada hacia un futuro estable, estudios, trabajo, una familia, una casa. Ese era el horizonte que tenía claro, mientras en el fondo persistía una búsqueda más profunda.
Señala que buscaba la verdad, pero no sabía dónde encontrarla, hasta que llegó el punto de quiebre cuando asistió a un n grupo de jóvenes. Ahí no sólo escuchó hablar de Dios, sino que tuvo un encuentro personal que transformó su manera de ver la vida.
“Me cambió totalmente la forma de vivir, de pensar y de actuar”, recuerda. A partir de ese momento, comenzó un proceso más consciente de fe. Sin embargo, no estuvo exento de tensiones. Mientras estudiaba ingeniería, experimentaba una especie de doble vida: por un lado, el ambiente universitario; por otro, su crecimiento espiritual, pues recuerda que mientras sus amigos se iban de fiesta, él iba a la Iglesia, y lo disfrutaba.
Lejos de separarse, ambos mundos comenzaron a dialogar; incluso desde su formación académica encontró nuevas formas de comprender a Dios:
“Las leyes no las hizo el hombre… Dios creó un mundo tan perfecto que nosotros sólo las descubrimos”, reflexiona.
Cuando la inquietud vocacional apareció, también lo hizo una fuerte sensación de indignidad. “Yo me sentía muy pequeño… decía: Señor, ¿por qué a mí?“. Se imaginaba celebrando la misa o atendiendo el confesionario, y esa sola idea lo hacía cuestionarse profundamente, aun así, decidió dar el paso con una actitud de entrega total: “Señor, me la voy a jugar por ti”, afirma.
Ingresó al seminario con los Cruzados de Cristo Rey, iniciando un camino que, con el tiempo, ha aprendido a leer bajo una clave constante, la providencia de Dios. Esa certeza se ha hecho especialmente evidente en los momentos de crisis. Uno de los más fuertes llegó al terminar la filosofía, cuando estuvo a punto de abandonar todo.
“Dije: ya no quiero… no sirvo para esto“, recuerda; pero en medio de ese momento, una llamada inesperada cambió el rumbo. Una religiosa, que años antes había acompañado su inquietud vocacional, se comunicó con él y le dijo: “Tú ya le dijiste algo a Dios, así que sigue adelante“.
Para él, no fue coincidencia, ahí vio la providencia. A lo largo de su formación, ha descubierto también la importancia del acompañamiento en la dirección espiritual, el apoyo psicológico y la vida comunitaria han sido fundamentales para su crecimiento humano y vocacional.
“Bendita la crisis que nos hace crecer”, señala con una gran sonrisa. Hoy, su vocación se perfila con claridad hacia un sacerdocio profundamente cercano. No desde grandes discursos, sino desde la escucha y la misericordia, pues desde su punto de vista “el mundo necesita ser escuchado y necesita perdón”.
Por eso, se siente especialmente llamado a acompañar a las personas en el confesionario, ayudándoles a experimentar el amor de Dios. También reconoce que la misión no es exclusiva de los sacerdotes, “todos estamos llamados a vivir nuestro bautismo”, señala.
Su vocación no fue evidente desde el inicio; la fue descubriendo paso a paso, hasta reconocer que Dios siempre había estado ahí. Incluso las dudas y las crisis terminaron siendo parte del mismo camino, el cual es aprender a confiar en Él.


