El archivo musical de la Catedral Metropolitana: un tesoro de más de 400 años
La Catedral Metropolitana resguarda más de 2,400 obras musicales litúrgicas. Conoce su historia, compositores y conservación en uno de los archivos musicales más valiosos de América Latina.
La Catedral Metropolitana de la Ciudad de México no solo resguarda fe y arquitectura, también es depositaria de uno de los archivos musicales más importantes de América Latina. Este acervo reúne más de 2,400 documentos de música sacra, fruto de siglos de actividad litúrgica organizada por los distintos maestros de capilla y copistas, cuyas composiciones abarcan desde el periodo virreinal hasta la época contemporánea, comprendiendo del siglo XVI al XX.
Este testimonio sonoro de más de cuatro siglos, incluye tanto partituras estrictamente litúrgicas —como misas, salmos y responsorios— y piezas profanas (música que no está relacionada con la liturgia) adaptadas al culto, tales como villancicos navideños, mazurcas, danzas y versos instrumentales. Todas estas obras ofrecen un testimonio invaluable de la historia religiosa y cultural de México, y reflejan la riqueza artística que ha acompañado la vida eclesial a lo largo de los siglos.
El archivo conserva composiciones de destacados autores como Ignacio de Jerusalén, José Ignacio Triujeque, Juan Gutiérrez de Padilla, Matheo Tollis de la Roca, Francisco López Capillas, Manuel de Zumaya, entre otros, quienes contribuyeron a enriquecer la solemnidad de las celebraciones litúrgicas, dejando un legado musical que hoy permanece resguardado en el Archivo del Cabildo, dentro de la Biblioteca Turriana de la Catedral.

¿Cómo se enriqueció el archivo musical de la Catedral Metropolitana?
Para comprender la riqueza de este archivo musical, es fundamental saber que no solo alberga partituras, sino también libros, documentos y actas de cabildo que ayudan a entender el contexto y las motivaciones detrás de muchas composiciones litúrgicas.
“El archivo de la Catedral se divide en dos grandes secciones: por un lado, los libros de coro y papeles de música, que abarcan desde el año 1600 hasta 2015; y por otro, los libros del Cabildo, que constituyen una fuente invaluable para conocer la vida administrativa, litúrgica y musical de este recinto”, explica Salvador Hernández Pech, bibliotecólogo encargado del Archivo del Cabildo Metropolitano.
La primera acta de cabildo conservada data de 1536 en la que se detalla la composición del cabildo catedralicio y sus nombramientos. A lo largo de los siglos, estas actas han registrado decisiones en materia económica, organizativa y pastoral, así como valiosas referencias musicales: compositores, celebraciones especiales y solicitudes de obras para momentos específicos del calendario litúrgico.
Este acervo documental y musical se ha enriquecido gracias a la creatividad de los maestros de capilla, pero también fue una respuesta a las necesidades litúrgicas del Cabildo, a peticiones de fieles e incluso a los ajustes que la Iglesia ha realizado en sus calendarios y celebraciones a lo largo del tiempo.
“Aunque no existía una periodicidad fija para componer, los maestros de capilla respondían activamente a las demandas del momento. Si se requería música para una Misa de difuntos, una festividad concreta o la celebración de un santo, el compositor creaba una obra nueva conforme a la solicitud”, señala Hernández Pech.
Estas solicitudes podían provenir del mismo Cabildo o ser encargos externos, como aquellos estipulados en testamentos, donde se dejaban recursos específicos para la celebración de Misas ‘lucrativas’ por el alma de un difunto.
Las composiciones resultantes podían abarcar desde obras completas para coro y órgano, hasta fragmentos más breves o adaptaciones de piezas anteriores. Era frecuente que los maestros reutilizaran materiales musicales y hasta hojas de papel de sus antecesores, ajustándolos a nuevas ocasiones.
“Por ejemplo —detalla Hernández—, una misa compuesta originalmente para la Asunción de la Virgen podía ser reutilizada y adaptada para celebrar a Santa Teresa, respetando el texto base, pero con variaciones musicales adecuadas a la nueva solemnidad”.
Asimismo, el archivo refleja cómo algunas composiciones surgieron como consecuencia de reformas litúrgicas. Si un santo dejaba de celebrarse en determinada fecha, los músicos debían adaptar o escribir nuevas obras conforme a los cambios establecidos por la Iglesia.
“Lamentablemente, no todos los manuscritos están fechados, y en muchos casos solo se conservan fragmentos o copias parciales. Esta falta de información cronológica dificulta reconstruir con exactitud el ritmo de trabajo de cada maestro de capilla, aunque sí contamos con algunos documentos que permiten contextualizar ciertas obras”, señala el bibliotecólogo.
Colección Estrada: el tesoro musical más antiguo de la Catedral Metropolitana
Entre los múltiples tesoros de este archivo, destaca la Colección Estrada, conformada por 124 obras musicales manuscritas, que constituye el acervo más antiguo del recinto, con documentos que datan de 1693.
El origen del nombre proviene de un clérigo de apellido Estrada, quien en su momento conservó este conjunto de partituras y lo dejó en resguardo de la Catedral. Aunque se desconoce con precisión cómo llegó el acervo a manos del cabildo catedralicio, su valor histórico, documental y musical es incuestionable.
Salvador Hernández detalla que las partituras de esta colección reflejan un periodo de gran efervescencia litúrgica y artística en la Nueva España. La colección contiene obras compuestas por músicos provenientes de España y Europa, escritas especialmente para celebraciones y santos locales, lo que muestra la consolidación de una liturgia criolla enriquecida con el arte europeo.
“Es un testimonio directo de cómo la música no solo acompañaba la vida religiosa, sino que ayudaba a formar identidades y devociones propias de la Iglesia novohispana”, comenta Hernández.

¿Cómo se conservan estos documentos?
El proceso de conservación parte de una revisión físico-material y de contenido, con el fin de identificar la autoría, el periodo y la relación entre los distintos fragmentos. Posteriormente, las obras son almacenadas en guardas de primer y segundo nivel. La guarda de primer nivel es la que está en contacto directo con el documento original, mientras que la de segundo nivel consiste en cajas de polipropileno sólidas que protegen del polvo, la humedad, la luz y la entrada de insectos.
Estas cajas sustituyen gradualmente los antiguos contenedores de madera, y su uso forma parte de un protocolo conservativo impulsado por el proyecto Musicat de la UNAM.
El papel y la tinta, testigos del tiempo
El encargado del archivo, explica que las partituras fueron elaboradas sobre papeles que hoy se identifican como papel de trapo, un material hecho a base de tela, resistente al paso del tiempo. A diferencia del papel moderno, este conserva una textura especial, y en muchos casos, puede distinguirse por la marca de agua visible al trasluz, como ocurre con el papel “verjurado” de 1833.
Además del papel, las tintas utilizadas también plantean desafíos de conservación. Muchas partituras fueron escritas con tinta ferrogálica, compuesta por sales metálicas, señala Hernández.
“Con el tiempo, esta tinta sufre un proceso de oxidación que ‘quema’ el papel: el trazo se torna oscuro, aparecen manchas negras y en ocasiones la tinta llega a traspasar el folio, debilitando la hoja. También presenta vestigios metálicos brillantes visibles a simple vista, por lo que requiere medidas especiales de preservación”.
Obras vivas: adaptación, pérdida y reutilización
Hernández Pech añade que algunos documentos muestran signos evidentes de reutilización del papel: folios que contienen escritos al reverso, notas tachadas o sustituidas, o incluso indicios de haber servido para otras obras o copias de respaldo. Esto revela prácticas comunes de la época, como el aprovechamiento de materiales escasos, la reescritura por pérdida de originales o la adaptación de partituras para nuevas festividades litúrgicas.
“La organización actual del archivo incluye también la clasificación de obras por autor, fecha estimada y tipología, una tarea meticulosa que ha permitido establecer vínculos entre manuscritos, verificar la autenticidad de las piezas y reconstruir la evolución del repertorio catedralicio”, comenta.
De hecho, la última obra incorporada al archivo es contemporánea: la Misa de la Misericordia, compuesta por Jesús López para el Año de la Misericordia (2015-2016).
Cabe señalar que México cuenta con otros archivos musicales catedralicios importantes, como los de Puebla, Oaxaca, Mérida y Durango. Sin embargo, el de la Catedral de México destaca por su volumen, continuidad histórica y disponibilidad para la investigación. A nivel internacional, se le pueden comparar archivos como el de la Escolanía del Escorial en España o la Catedral de Ratisbona (Regensburg) en Alemania.

Un patrimonio mundial que sigue siendo objeto de estudio
El proceso de catalogación del archivo musical de la Catedral Metropolitana ha sido largo y complejo. De acuerdo con Salvador Hernández, el primer esfuerzo lo hizo un sacerdote del cabildo metropolitano, pero sólo se desperdigaron muchos materiales.
“El segundo esfuerzo sistemático se remonta a los años 1960-1964, cuando el musicólogo Thomas Stanford elaboró un catálogo preliminar. Sin embargo, este trabajo omitió la música del siglo XIX, dejando fuera una parte significativa del acervo”, comenta Hernández.
Un avance decisivo ocurrió entre 1999 y 2001, cuando Lucero Enríquez Rubio, coordinadora del Seminario de Música en la Nueva España y el México Independiente (Musicat), investigadora de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), interesada por la mención de un cantante mulato en las actas de cabildo, examinó detalladamente los registros administrativos de la Catedral. Su investigación reveló la relación directa entre las actas de cabildo y los papeles de música, estableciendo un vínculo clave entre las decisiones institucionales y la producción musical del templo.
Este descubrimiento motivó la firma de un convenio entre la UNAM y la Catedral Metropolitana en 2001 para llevar a cabo una nueva catalogación. El proceso incluyó una revisión física y de contenido de las partituras para determinar su autoría, cronología y contexto litúrgico, además de identificar materiales faltantes, como 84 sonatas de las que solo quedaban copias en microfilm, , lo que puso en evidencia la urgencia de conservar y digitalizar el archivo.
En este contexto se desarrollaron varios proyectos dedicados al estudio del fenómeno sonoro en las catedrales novohispanas, cuyo objetivo ha sido divulgar, conocer y comprender la sociedad del periodo 1525-1858 a través de su cultura sonora. Este archivo, el cual está disponible en: Musicat UNAM
Asimismo, se encuentra en marcha la digitalización no solo del archivo musical, sino también de actas de cabildo, libros de coro y documentos relacionados con la vida administrativa y litúrgica del templo. Esta labor busca preservar el contenido y facilitar su consulta a investigadores y al público interesado.
El proceso implica convertir antiguos microfilmes a formatos digitales actuales, escanear documentos originales y registrar metadatos que incluyan detalles como autor, año, contenido y personajes mencionados. La meta es ofrecer un acceso seguro y amplio a este patrimonio, fomentando la investigación y su difusión.

La Catedral: semillero de música litúrgica
El padre Dr. Julián López Amozurrutia, Canónigo Teólogo Bibliotecario del Cabildo de la Catedral Metropolitana, explica la Catedral, en su tiempo, fue un verdadero semillero de música litúrgica. Sin embargo, muchas de estas composiciones no se limitaron al ámbito catedralicio, sino que también fueron interpretadas en otras iglesias del país, ya que algunos compositores migraban o compartían sus obras con otras iglesias.
“Estas composiciones no eran creadas para el lucimiento personal ni con fines de espectáculo, sino para acompañar la liturgia: misas, vísperas, procesiones y otras celebraciones solemnes”, precisa el canónigo.
Según el padre Julián, una parte importante de las obras que hoy se conservan en el archivo musical fueron escritas específicamente para ser interpretadas en los órganos monumentales, ya sea como piezas solistas o como acompañamiento del canto coral.
“Estos órganos no solo eran instrumentos musicales, sino parte activa de la liturgia cotidiana, y su presencia contribuyó a forjar una estética sonora propia de la Catedral, que a su vez influyó notablemente en la manera de componer música sacra en la Nueva España”, comenta.
Si bien la Catedral Metropolitana no tiene como objetivo principal la realización de conciertos, durante este año celebrará el Festival de Música de la Catedral Metropolitana 2025, que ofrecerá un concierto cada mes. Esta iniciativa busca brindar a los fieles y visitantes la oportunidad de escuchar esta expresión musical viva en su entorno original. De hecho, en cada Misa, la música, el órgano y la oración se entrelazan para enriquecer la experiencia espiritual de los participantes.



