Firmas

Cultura Bíblica

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Lectura del santo Evangelio

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “en aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. Entonces verán venir al Hijo del Hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte. Aprendan de esta parábola de la higuera: cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducen que el verano está cerca; pues cuando vean ustedes suceder esto, sepan que Él está cerca, a la puerta. Les aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán, aunque el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del Cielo ni el hijo, sólo el Padre” (MC 13, 24-32)

Mons. Salvador Martínez

Reflexión

Muchos pueblos en torno a los hebreos eran adoradores del sol, la luna y las estrellas. Por este motivo, en el primer relato de la creación se explica que Dios creó los cielos y la tierra, luego separó la luz y las tinieblas y hasta el tercer día creó las lumbreras celestes.

Para los hebreos, el sol con su luz y su calor no son el origen de la vida, el único origen de la vida es Dios: infinito e invisible. Por tanto, la luna y el sol son solamente criaturas creadas para marcar el tiempo, es decir, el día y la noche, los meses y los años (Cfr. Gn 1,14-15). La alternancia de los luceros pasa a significar el orden de la creación que Dios se comprometió a mantener después del diluvio universal (Gn 9,11) y que se concreta en el arcoíris. Pero en los relatos proféticos sobre el día del Señor, en otras palabras, el día del fin del mundo se habla de dos momentos:

El primer momento marcado por fuertes cataclismos, entre ellos el trastorno del sol y de la luna. ¿Qué se pretende decir con ello? Sobre todo, se quiere dar a entender que el orden del mundo que conocemos puede cambiar radicalmente, lo que provoca mucho temor y muerte de seres humanos. Que el orden se rompa marca la intervención definitiva de Dios en la historia y después de este acto purificador vendrá la recompensa para aquellos que han sido fieles a Él.

Nuestro Señor Jesucristo compartía plenamente esta visión del final de los tiempos por ello propone a sus oyentes, en el discurso sobre el fin del mundo, una visión de cataclismos comparable a las de los profetas Zacarías y Habacuc. Pero comparte también con ellos la certeza de la salvación para que sus oyentes se mantengan fieles y el día final venzan.