Lecturas de la Misa y Evangelio del 19 de abril del 2026
La Resurrección no se impone, se revela desde dentro, encendiendo una alegría que devuelve sentido y esperanza.
Fue ordenado sacerdote en la Basílica de Guadalupe el año 2022. Actualmente colabora en la Pastoral Juvenil Vocacional de la Arquidiócesis Primada de México y acompaña a los jóvenes que quieren ser sacerdotes. Asimismo, da formación a laicos comprometidos en el Instituto de Formación Espíritu y Palabra.
Lecturas y Evangelio del 19 de abril de 2026
- Primera Lectura: Del libro de los Hechos de los Apóstoles: 2, 14. 22-33
- Salmo: Salmo 15
- Segunda Lectura: De la primera carta del apóstol san Pedro: 1, 17-21
- Evangelio del día: Del santo Evangelio según san Lucas: 24, 13-35
- Comentario al Evangelio
Primera lectura
Del libro de los Hechos de los Apóstoles: 2, 14. 22-33
El día de Pentecostés, se presentó Pedro, junto con los Once, ante la multitud, y levantando la voz, dijo: “Israelitas, escúchenme. Jesús de Nazaret fue un hombre acreditado por Dios ante ustedes, mediante los milagros, prodigios y señales que Dios realizó por medio de él y que ustedes bien conocen. Conforme al plan previsto y sancionado por Dios, Jesús fue entregado, y ustedes utilizaron a los paganos para clavarlo en la cruz.
Pero Dios lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte, ya que no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio. En efecto, David dice, refiriéndose a él: Yo veía constantemente al Señor delante de mí, puesto que él está a mi lado para que yo no tropiece. Por eso se alegra mi corazón y mi lengua se alboroza; por eso también mi cuerpo vivirá en la esperanza, porque tú, Señor, no me abandonarás a la muerte, ni dejarás que tu santo sufra la corrupción. Me has enseñado el sendero de la vida y me saciarás de gozo en tu presencia.
Hermanos, que me sea permitido hablarles con toda claridad. El patriarca David murió y lo enterraron, y su sepulcro se conserva entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como era profeta y sabía que Dios le había prometido con juramento que un descendiente suyo ocuparía su trono, con visión profética habló de la resurrección de Cristo, el cual no fue abandonado a la muerte ni sufrió la corrupción.
Pues bien, a este Jesús, Dios lo resucitó, y de ello todos nosotros somos testigos. Llevado a los cielos por el poder de Dios, recibió del Padre el Espíritu Santo prometido a él y lo ha comunicado, como ustedes lo están viendo y oyendo”.
Palabra de Dios.
Salmo
/R/ Enséñanos, Señor, el camino de la vida. Aleluya.
Protégeme, Dios mío, pues eres mi refugio.
Yo siempre he dicho que tú eres mi Señor.
El Señor es la parte que me ha tocado en herencia:
mi vida está en sus manos. /R/
Bendeciré al Señor, que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor
y con él a mi lado, jamás tropezaré. /R/
Por eso se me alegran el corazón y el alma
y mi cuerpo vivirá tranquilo,
porque tú no me abandonarás a la muerte
ni dejarás que sufra yo la corrupción. /R/
Enséñame el camino de la vida,
sáciame de gozo en tu presencia
y de alegría perpetua junto a ti. /R/
Segunda lectura
De la primera carta del apóstol san Pedro: 1, 17-21
Hermanos: Puesto que ustedes llaman Padre a Dios, que juzga imparcialmente la conducta de cada uno según sus obras, vivan siempre con temor filial durante su peregrinar por la tierra.
Bien saben ustedes que de su estéril manera de vivir, heredada de sus padres, los ha rescatado Dios, no con bienes efímeros, como el oro y la plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, el cordero sin defecto ni mancha, al cual Dios había elegido desde antes de la creación del mundo y, por amor a ustedes, lo ha manifestado en estos tiempos, que son los últimos. Por Cristo, ustedes creen en Dios, quien lo resucitó de entre los muertos y lo llenó de gloria, a fin de que la fe de ustedes sea también esperanza en Dios.
Palabra de Dios.
Evangelio
Del santo Evangelio según san Lucas: 24, 13-35
El mismo día de la resurrección, iban dos de los discípulos hacia un pueblo llamado Emaús, situado a unos once kilómetros de Jerusalén, y comentaban todo lo que había sucedido.
Mientras conversaban y discutían, Jesús se les acercó y comenzó a caminar con ellos; pero los ojos de los dos discípulos estaban velados y no lo reconocieron. Él les preguntó: “¿De qué cosas vienen hablando, tan llenos de tristeza?”.
Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: “¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?”. Él les preguntó: “¿Qué cosa?”. Ellos le respondieron: “Lo de Jesús el nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo. Cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel, y sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron. Es cierto que algunas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado, pues fueron de madrugada al sepulcro, no encontraron el cuerpo y llegaron contando que se les habían aparecido unos ángeles, que les dijeron que estaba vivo. Algunos de nuestros compañeros fueron al sepulcro y hallaron todo como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron”.
Entonces Jesús les dijo: “¡Qué insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?”. Y comenzando por Moisés y siguiendo con todos los profetas, les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a él.
Ya cerca del pueblo a donde se dirigían, él hizo como que iba más lejos; pero ellos le insistieron, diciendo: “Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer”. Y entró para quedarse con ellos. Cuando estaban a la mesa, tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él se les desapareció. Y ellos se decían el uno al otro: “¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!”.
Se levantaron inmediatamente y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, los cuales les dijeron: “De veras ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Simón”. Entonces ellos contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio
La Pascua no comienza con un grito de triunfo, sino con dos discípulos que caminan tristes. Van de regreso a Emaús con el corazón pesado, convencidos de que todo había terminado. Habían creído, habían esperado, pero la cruz parecía haber apagado la alegría. En ese camino de desencanto, Jesús resucitado se acerca y camina con ellos, aun cuando no lo reconocen. Así actúa el Señor: se hace compañero de nuestras rutas heridas, incluso cuando la fe parece haberse debilitado.
Jesús escucha su tristeza, sus preguntas, su desilusión. No los reprende; les explica las Escrituras y les ayuda a comprender que el dolor no fue el final, sino el paso necesario hacia la vida nueva. Poco a poco, algo empieza a cambiar dentro de ellos: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino?”. La Resurrección no se impone, se revela desde dentro, encendiendo una alegría que devuelve sentido y esperanza.
El momento decisivo llega al partir el pan. Allí se les abren los ojos y lo reconocen. Jesús ya no está visible, pero su ausencia no produce tristeza, sino impulso. Los mismos que huían regresan corriendo a Jerusalén. La alegría pascual es así: no nos deja quietos, nos pone en camino, nos devuelve la fuerza para anunciar que la muerte no ha vencido.
San León Magno decía: “La Resurrección de Cristo es nuestra esperanza, y su victoria es nuestra alegría”. No se trata de una alegría superficial o ingenua, sino de una certeza profunda: Dios ha entrado en nuestra historia y la ha transformado desde dentro. Por eso, incluso en medio de las dificultades, el cristiano puede vivir con una alegría que no depende de las circunstancias.
Hoy muchos caminan como los discípulos de Emaús: con prisas, cansancio, miedo al futuro o heridas no cerradas. La buena noticia es que el Resucitado sigue saliendo a nuestro encuentro, explicando la vida a la luz del amor y partiéndose para nosotros en la Eucaristía. Cada vez que lo reconocemos, algo vuelve a nacer en el corazón.
La Pascua nos recuerda que la tristeza no tiene la última palabra y que la alegría verdadera nace del encuentro con Cristo vivo. Que este Evangelio nos devuelva el ardor del corazón y nos haga levantar, como los discípulos, para anunciar con la vida que Jesús ha resucitado y camina con nosotros.

