Jaime Septién
Al Papa Francisco le dicen que habla demasiado del diablo. Él responde que lo hace porque es una realidad. Hay quien dice (son mayoría) que es un mito; una historia de las abuelas para asustar a los pequeños y se porten bien. Un resabio medieval. Al Pontífice argentino nadie lo puede llamar retrógrado. Y en materia del diablo dice: “Yo no voy con el mito, voy con la verdad, creo en ella”. En otras palabras: existe, es verdadero.
Y es un gran seductor. “El diablo te presenta algo hermoso en el pecado, y te lleva a pecar”. Pero, cuidado, no busca otra cosa que nuestra destrucción. ¿Por qué? “Porque somos la imagen de Dios”.
Los exorcistas atestiguan esta presencia real del diablo. No se inventan posesiones. Son sesiones agotadoras. Estar frente al mal absoluto no debe ser un paseo por el parque. Tampoco las cosas que vemos en algunas películas. “La batalla entre Dios y el demonio es el corazón mismo del hombre” escribió Dostoievski en Los Hermanos Karamazov. En cada exorcismo se hace visible esta batalla cósmica. Y en la vida cotidiana el bien y el mal se juegan la misma partida en cada uno.
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“Por eso –dice el Papa—necesitamos esa mansedumbre, esa humildad para decirle a Dios: Soy un pecador, pero tú sálvame, ayúdame”. La soberbia, el vicio que más adora el diablo, nos dicta al oído: Tú puedes solo; no necesitas a nadie, mucho menos a Dios. La cruz de Jesús es el modelo para vencerlo. De nuevo Francisco: “En el peor momento de su vida, Jesús no insultó”.
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