Columna invitada

¿Misioner@ yo? 3 preguntas para descubrirlo

Un hombre sin misión es un hombre sin sentido. La misión es esa chispa que mantiene nuestra vida plena y le da una razón de ser a nuestra existencia. Es ese ¿para qué? que nos hace sentir que el paso por este mundo no es en vano.

Sin embargo, solemos confundir misión con objetivos. Reduciéndola a un plan de acción enfocado en el logro y acumulación de bienes terrenales, medidos a partir de los indicadores de éxito tradicionales que nos dicta la sociedad.

Tan grande es nuestra necesidad de “ser alguien importante” que nos olvidamos de la “importancia de ser para alguien y por alguien”. Por Cristo, para el prójimo y a través del servicio y la entrega. Es en nuestra relación con Dios y en la forma en que proyectamos ésta hacia nuestros hermanos que encontramos el verdadero y único sentido de una existencia plena: el amor.

Si bien es cierto que Dios le dio a cada uno de nosotros una misión específica para llevar a cabo durante nuestra peregrinación por este mundo -mejor conocida como vida-, lo es también que no nos mandó desprovistos de los recursos necesarios para cumplir con ella.

Como el Padre amoroso y cuidadoso que es, nos puso en la mochila una buena cantidad de dones y talentos únicos e irrepetibles, los cuales cobran vida en el momento en que nuestra voluntad de sentido los enfoca hacia el servicio al prójimo y la construcción de un legado.

Entonces… ¿Por qué vemos la labor de un misionero como un arquetipo tan alejado a nuestra realidad y hasta cierto punto utópico? Lo percibimos como una virtud de las “grandes almas”, de los Santos y de aquellas personas que han dedicado su vida a la religión.

Leer: ¿Cómo hacer misión en pandemia? Misionero nos da 3 consejos

Sin embargo, el potencial de nuestra alma misionera está en todas partes, en todas las profesiones, vocaciones y estilos de vida. Se encuentra como lo hizo Santa Teresita del Niño Jesús, Patrona de las misiones (quien por cierto jamás salió de misiones) en nuestra capacidad de hacer de lo ordinario algo extraordinario.

“Comprendí que sin el amor, todas las obras son nada, aun las más brillantes”. Santa Teresita del Niño Jesús.

Santa Teresita del Niño Jesús o Santa Teresa de Liseux.

Para desempolvar nuestro espíritu misionero y sacarlo a la luz del mundo, es necesario que quitemos algunas barreras que hasta el momento pueden estar nublando nuestra mirada y alejándonos de la convicción de que todos somos misioneros.

3 preguntas para confrontar a tu alma misionera

1. ¿Para qué y por qué hago lo que hago?

Sin duda, consciente e inconscientemente, nuestras acciones pueden estar movidas más por el ego que por la convicción de hacer el bien. Es aquí cuando nuestro propósito se mancha y se desvía por el camino del egoísmo y el protagonismo.

La constante revisión de nuestras motivaciones nos ayudará a generar mayor consciencia sobre nuestra misión y a mantenernos firmes en la única y autentica razón de ser del servicio a los demás: hacer el bien con la mirada puesta en Dios y no en nosotros mismos.

2. ¿Cuál es la respuesta que Dios me pide en este momento?

No podemos evitar pensar en misioneros y creer que tendríamos que tomar un avión a África para convertirnos en uno de ellos. Quien lo quiera y pueda hacer está perfecto, pero no olvidemos que la misión es la respuesta congruente a una pregunta constante y permanente en nuestra vida: ¿cómo puedo hacer el bien por la persona que tengo enfrente?

Empieza en ti mismo, en la capacidad de reconciliarte con Dios y contigo por tus fallas. Sintiéndote digno de hacer cosas extraordinarias por los demás, aun en las situaciones más simples y ordinarias. En casa, con tu familia, en la calle, siendo considerado con las personas que se cruzan por tu camino. En el respeto y la consciencia por el medio ambiente y por todas las criaturas con las que coexistimos en el planeta.

3. ¿Cuál será tu legado?

Nuestra alma misionera se construye en cada paso que damos, en el testimonio de nuestra propia conversión en Cristo, aún con nuestras caídas y recaídas, y en el compromiso de brindar al mundo el mensaje de amor que Dios quiere para todos.

Nuestro verdadero legado será la capacidad de mostrarle a los demás, a través de nuestras acciones, la belleza que se experimenta cuando volteamos nuestra mirada fuera de nosotros mismos para encontrarnos con Dios y con nuestro prójimo.

Entrenemos nuestro corazón, nuestra mente y mirada para percibir en todo y en todos la oportunidad de vivir nuestra misión. Entrenemos nuestra voluntad para responder con un si confiado y amoroso a los planes que Dios tiene para nosotros. Dejemos la búsqueda incesante de nosotros mismos en todo aquello que sólo llena (temporalmente) nuestros vacíos y salgamos al encuentro que le dará el único y verdadero sentido a nuestra vida, como lo dijo Viktor Frankl: “una causa a la cual servir y otra persona a quien amar”.

¿Quién es Marcela Hernández?

Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad del Valle de México y está certificada como Coach Ontológico por parte del Tecnológico de Monterrey CEM. También tiene una especialidad en Logoterapia por parte del Instituto Mexicano de Tanatología. Instructor y facilitador en temas de desarrollo humano y empresarial, tales como: Sentido de Vida y Trabajo, Inteligencia emocional, Liderazgo, Coaching, Comunicación Asertiva, entre otros. Actualmente es Socia Fundadora de Sensum, empresa especializada en estrategias de sentido para empresas y personas.

Nota: Los artículos de la sección de opinión son responsabilidad única del autor y no representan necesariamente el punto de vista de Desde la fe.

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