El Sagrado Corazón de Jesús.
Para hablar de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús es importante conocer qué es una devoción. La palabra devoción es amor, veneración y fervor religioso.
Entonces la devoción al Sagrado Corazón de Jesús en un sentimiento de amor profundo, respeto y admiración que se hace por un acto de voluntad y profunda veneración religiosa.
Aquí te explicamos la devoción de los nueve primeros viernes de mes al Sagrado Corazón de Jesús.
Leer: quién era santa Margarita María Alacoque
Jesús hizo esta promesa a santa Margarita María Alacoque: “Yo te prometo, en la excesiva misericordia de Mi Corazón, que Su amor omnipotente concederá a todos aquellos que comulguen nueve primeros viernes de mes seguidos, la gracia de la penitencia final: No morirán en desgracia Mía, ni sin recibir sus Sacramentos, y Mi Corazón Divino será su refugio en aquel último momento.”
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Quienes se limitan a cumplir al pie de la letra, se quedan en la forma, no van al fondo, acuden a Misa los nueve primeros viernes como para decir ‘presente’ y que les pasen asistencia (aunque hayan llegado tarde o muy tarde), luego en casa ponen ‘palomita’ a la hojita en la que llevan la cuenta, en espera del día en que puedan pedirle cuentas a Jesús. Ignoran el verdadero sentido que tiene esta devoción.
Nos permite vivir una experiencia que quizá no solemos tener: ir a la iglesia entre semana, cuando hay poca gente, ambiente de silencio, de recogimiento, y tener tiempo de orar con calma, visitar sin prisas al Amigo que está siempre aquí, no sólo los domingos.
Nos ayuda a darle a Dios prioridad. Mucha gente falta a Misa con cualquier pretexto; esta devoción al Sagrado Corazón de Jesús nos enseña a respetar el tiempo destinado a Él y captar que si lo ponemos Sus manos, Él nos ayuda a cumplir con lo que nos pide.
Hay que confesar todo pecado mortal (es el que se comete con pleno conocimiento, pleno consentimiento y que es considerado grave por la Iglesia, por ejemplo: faltar a la Misa dominical sin causa justificada; matar, mentir, robar, secuestrar…). Pero no hay que limitarnos a confesar los pecados mortales. Decía san Francisco de Sales que los pecados veniales acumulados debilitan el alma y le facilitan caer en pecado mortal. Es como ese polvito que cae todos los días sobre el piso y los muebles: los ensucia, hay que limpiarlo con frecuencia.
Tener que confesarse cada mes quizá al principio cueste trabajo, haya quien se pregunte: ‘¿y yo de qué me tengo que confesar si no tengo pecados?’, con lo que ya de entrada tiene algo de qué confesarse: de la soberbia de creerse perfecto.
Dice san Juan “si alguien dice: ‘yo no tengo pecado’, se engaña” (1Jn 1,8). Un buen confesor puede ayudarnos a reconocer y trabajar las faltas e imperfecciones que cometemos todos los días, y es una extraordinaria ayuda recibir cada mes la gracia para superarlas.
Recibir a Jesús, que está realmente Presente en la Eucaristía. Es un error quedarse con la idea de que como ir a Misa es un mandamiento de la Iglesia, se trata simplemente de una obligación. Es una oportunidad, no sólo para reunirnos en comunidad a cantar, orar y escuchar la Palabra de Dios (lo cual podríamos hacer en casa), sino para disfrutar del grandísimo privilegio de sentarnos a la mesa del Señor y ¡recibirlo a Él como alimento! Jesús nos pide comulgar nueve primeros viernes, no para que tomemos esto como un trámite que hay que cumplir, sino porque quiere entrar más y más en comunión íntima con nosotros y colmarnos con Su amor.
En conclusión: Hay que vivir la devoción al Sagrado Corazón de Jesús de los 9 primeros viernes con intención de responder a lo que Jesús pidió a santa Margarita cuando le hizo ver cuánto lo hieren las ofensas, indiferencias e ingratitudes que recibe: “al menos tú, ámame.”
Que no sea por interés de ver qué obtenemos, sino por gratitud y devoción a Aquel que nos lo ha dado todo y merece que lo amemos y lo honremos.
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