Velas en la Basílica de Guadalupe. 11 de diciembre de 2020. Foto: María Langarica.
Uno de los momentos más importantes en la narración de las apariciones de la Virgen María de Guadalupe a Juan Diego sucede cuando éste, muy de mañana salió de la casa de su tío Juan Bernardino para buscar un sacerdote que ayudara a su tío a bien morir.
El relato nos dice que Juan Diego iba pensando por el camino que si subía a la cima del cerrito del Tepeyac se encontraría a la Señora del Cielo, y este encuentro le quitaría tiempo precioso para llevarle a su tío el auxilio espiritual requerido antes de su muerte.
Representación de las apariciones de la Virgen de Guadalupe en el Tepeyac.
Por este motivo decidió dar un rodeo por la parte oriental. Vaya sorpresa la que tuvo, cuando la Virgen le salió al encuentro a las faldas del cerrito. Dentro de las palabras cariñosas, pero al mismo tiempo claras, que le dijo al Virgen fue que ella era su madre, que estaba bajo su protección y que ni esta, ni alguna otra enfermedad, debía preocuparlo. La Virgen concluyó asegurándole que su tío ya estaba sano.
Muchos de nosotros, como el mismo Juan Diego hemos probado que a lo largo de la vida suceden muchas desgracias que nos toca cargar, y muchas veces esa carga se lleva a solas.
Tal vez, después de lo que tuvieron que pasar los indígenas mexicanos en la conquista, para Juan Diego se había acentuado la experiencia de sentirse solo ante las dificultades y tener que afrontar fatalidades una o más veces en su vida, por tanto, no es extraño que pretendiera ahorrarse contratiempos con la Señora del Cielo.
Una vez retomada la motivación de Juan Diego, lo primero que resalta en el relato no es que uno deba estar junto a la Virgen o uno busque a la Virgen, más bien lo importante es que uno se deje encontrar por la Virgen, que ante sus palabras amorosas y exigentes se decida uno a creerle, como Juan Diego le creyó y de inmediato se dispuso a cumplir con la señal que debía ser enviada al obispo.
No estamos abandonados, Nuestra madre de Guadalupe nos sale al encuentro y nos dice: “no te aflija cosa alguna”.
Nuestra fe es el mejor antídoto contra la angustia y la desesperación, no es buscar a Dios, es más bien dejarse encontrar por Él a través de su Santísima Madre del Tepeyac.
El autor es rector de la Basílica de Guadalupe.
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