Jaime Septién
En el transcurso de la pandemia la polarización en las redes sociales y en la vida cotidiana aumentó casi cuarenta por ciento, según las mediciones hechas por diferentes compañías que se dedican a estudiar este nuevo fenómeno social.
La polarización, al igual que las drogas, crea adicción. Como dicen los españoles, “engancha”. Nos hace dependientes de una realidad sin tonos de gris. O es blanco (porque lo digo yo) o tú eres un idiota.
En la cuestión política se ha mostrado cada vez con mayor evidencia. Los asaltos al Capitolio en Washington y a la sede de los poderes centrales en Brasilia han dejado una estela de imágenes que uno no quisiera que se repitieran en México.
Un estudio de la consultora Llorente y Cuenca y la plataforma ciudadana española Más Democracia, titulado The Hidden Drug [La droga oculta] sobre la polarización del debate público, enseña que “igual que las drogas son adictivas porque activan ciertos receptores cerebrales, lo mismo ocurre con ciertos contenidos polarizantes”. Así lo explicó a El País el neurocientífico argentino Mariano Sigman, colaborador del informe y autor del libro La vida secreta de la mente (Debate).
Muchos de nosotros hemos abandonado o simplemente rehuido integrarnos a las plataformas de redes sociales porque ahí el ambiente de polarización, insulto, desprecio y bajeza moral es irrespirable. Pero la mayoría de los ciudadanos usuarios de las redes siguen metidos hasta el fondo en el debate. Que no es debate, sino un oscurecimiento de la bondad, parte fundamental, junto con el bien y la belleza, de la civilización humana.
*Los textos de nuestra sección de opinión son responsabilidad del autor y no necesariamente representan el punto de vista de Desde la fe.
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