Hoy queremos hablarles sobre alguien muy especial que siempre está dispuesta a ayudarnos: la Virgen María. Ella es la mamá de Jesús y también es nuestra mamá en el cielo.
María nos cuida con mucho amor, como lo haría una mamá aquí en la tierra. Cuando oramos a la Virgen María, le pedimos que nos proteja, nos cuide y nos ayude a ser mejores personas. Orar a la Virgen es como hablar con una mamá que siempre escucha. Ella está cerca de Dios y puede pedirle que nos dé lo que necesitamos para ser buenos cristianos.
Te compartimos cinco bellas oraciones que te puedes aprender para encomendarte todos los días a ella.
Dios te salve, María
llena eres de gracia,
el Señor es contigo;
bendita Tú eres entre todas las mujeres,
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios,
ruega por nosotros los pecadores,
ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Dulce Madre,
no te alejes,
tu vista de mí no apartes;
ven conmigo a todas partes
y solo nunca me dejes.
Ya que me proteges tanto,
como verdadera Madre,
haz que me bendiga el Padre,
el Hijo y el Espíritu Santo. Amén.
Bendita sea tu pureza
y eternamente lo sea,
pues todo un Dios se recrea
en tan graciosa belleza.
A ti, celestial princesa,
Virgen y Madre María
yo te ofrezco en este día
alma, vida y corazón.
Mírame con compasión,
no me dejes, Madre mía,
en la última agonía
de mi muerte.
Amén.
Bajo tu amparo
nos acogemos,
Santa Madre de Dios;
no desprecies las súplicas
que te dirigimos en nuestras necesidades,
antes bien, líbranos de todos los peligros,
oh Virgen gloriosa y bendita.
Amén.
Dios te salve, Reina y Madre de Misericordia,
vida, dulzura y esperanza nuestra,
Dios te salve.
A ti clamamos lo desterrados, hijos de Eva.
A ti suspiramos gimiendo y llorando
en este valle de lágrimas.
¡Ea!, pues, Señora, abogada nuestra,
vuelve a nosotros esos tus ojos
misericordiosos,
y después de este destierro, muéstranos
a Jesús, fruto bendito de tu vientre.
¡Oh clemente!, ¡oh piadosa!, ¡oh dulce Virgen María!
Ruega por nosotros Santa Madre de Dios,
para que seamos dignos de alcanzar
las promesas de Nuestro Señor Jesucristo. Amén.
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