La voz del Obispo

La libertad de expresión: verdad, caridad y bien común

La Iglesia reconoce el valor de la libertad de expresión y, al mismo tiempo, recuerda sus exigencias morales. El Catecismo enseña que “la sociedad tiene derecho a una información fundada en la verdad, la libertad, la justicia y la solidaridad” (CIC 2494), y añade retomando a Inter Mirifica que el “recto ejercicio” de este derecho pide que la comunicación sea “verdadera e íntegra”, y que el modo sea “honesto y conveniente”, respetando “los derechos legítimos y la dignidad del hombre” en la búsqueda y divulgación de la noticia.

Todo ser humano tiene el derecho a la libertad de expresión y a la libertad de creencias, nadie lo puede coartar. Intentar hacerlo va contra la Constitución, y en contra de los Derechos Humanos.

El Magisterio de la Iglesia vincula estas libertades con la dignidad de la persona. La declaración del Concilio Vaticano II Dignitatis humanae declara que el derecho a la libertad religiosa está “realmente fundado en la dignidad misma de la persona humana” y pide su reconocimiento jurídico.

El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, al describir la libertad de la Iglesia para cumplir su misión, incluye explícitamente la “libertad de expresión” y la “libertad de evangelización” (Compendio, n. 426).

Y es que, cuando no se respeta la libertad de expresión no sólo se ofende a Dios, sino a la misma dignidad humana y se crean situaciones de desarmonía social. La libertad, por tanto, no se entiende como privilegio de unos pocos, sino como garantía para que la persona y la sociedad vivan sin coerciones indebidas y con respeto mutuo.

Para la tradición agustiniana, hablar —o callar— es un acto que debe nacer del amor. San Agustín lo expresa así: “Ama y haz lo que quieras: si callas, calla por amor; si gritas, grita por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor” (Homilías sobre la Primera Carta de Juan, 7). Esta regla interior no suprime la franqueza, más bien ordena la palabra a la caridad, de modo que la verdad no se convierta en agresión ni el silencio en complicidad.

De ahí que, para la Iglesia, la libertad de expresión no es una licencia para herir, difamar o sembrar odio, sino responsabilidad ante la verdad y el bien común. El mismo Catecismo advierte que “el derecho a la comunicación de la verdad no es incondicional” y que debe regirse por el “amor fraterno” en cada situación concreta (CIC 2488).

Defender la libertad de expresión es legítimo; así como indispensable es ejercerla con verdad, justicia y caridad. Cuando la palabra pública se separa de la verdad y de la caridad, se vuelve instrumento de división. Cuando se une a ambas y respeta la dignidad de todos, está contribuyendo a la paz social.


Mons. Francisco Javier Acero

Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis Primada de México desde el 18 de noviembre de 2022. En 1993 se consagra como religioso agustino recoleto y realiza sus estudios de filosofía y teología; ordenado sacerdote el 31 de julio de 1999.

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