La voz del Obispo

Cristo acompaña a los jóvenes hoy ¿La Iglesia también?

La juventud es la etapa del desarrollo de la persona que se caracteriza por los sueños, los proyectos, la búsqueda de identidad propia, los experimentos, las relaciones intensas, los fracasos y también los aciertos que van forjando la identidad.

Es una etapa bellísima, pero a la vez, angustiante, pues en esta edad se decide el rumbo de la vida; se contestan las preguntas más importantes: quién soy, a dónde voy, qué me gusta, qué no me gusta, con quién deseo caminar mi vida, por quién quiero vivir, cómo me vislumbro en un futuro, qué sueños quiero seguir, etc.

Sin duda Dios, quien ha sembrado todas estas inquietudes en el corazón de los seres humanos, está muy cerca de los jóvenes para ayudarles a responder todas estas preguntas. Él también comparte los sueños de cada joven, Él mismo sueña algo sobre cada uno; Jesús es el maestro que conoce mejor que nadie el corazón de los jóvenes y es el amigo que acompaña y busca guiar a cada uno para que realice con plenitud su potencial.

Sin embargo, ¿ha servido la Iglesia a este diálogo entre Jesús y los jóvenes?  ¡Sin duda, lo ha hecho muchísimas veces! Son miles las experiencias de jóvenes que han encontrado en su grupo parroquial, en el sacerdote de la parroquia o en alguna congregación religiosa una palabra de aliento y de sentido que los guíe. De mil y un maneras la comunidad eclesial ha servido a este diálogo entre Jesús y los jóvenes.

Aunque también es cierto que muchas veces los jóvenes ya no encuentran empatía en los miembros de la Iglesia; sus inquietudes no son respondidas, sus formas son juzgadas, sus sueños parecen no encontrar eco en la comunidad eclesial. Muchos cristianos prefieren sentarse a juzgarlos antes de salir a encontrarse con ellos y escucharlos.

Por tal motivo, este fin de semana pasado la comunidad eclesial de la Arquidiócesis de México se reunió para reflexionar sobre nuestras actitudes hacia los jóvenes. ¿Qué nos ha impedido servir fielmente al diálogo que Jesús tiene con ellos? ¿Por qué muchos jóvenes se sienten rechazados y juzgados por la Iglesia? ¿Qué estructuras tenemos que cambiar para que los jóvenes se sientan acogidos y acompañados por nuestra comunidad eclesial? ¿Cómo podemos ayudar con mayor empatía a los jóvenes para que descubran su identidad única e irrepetible, además de su misión en el mundo?

¡Fue sin duda un fin de semana lleno de gracia y de la presencia del Espíritu Santo! Ahora tocará analizar las conclusiones de los grupos de trabajo para discernir cuál es el camino que le corresponder a la Iglesia seguir para ser fieles a Jesús y fieles a los jóvenes de hoy. Dios guíe nuestros pasos y dispongan nuestros corazones para ser fieles a la misión por Cristo encomendada.

Mons. Héctor M. Pérez

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