San Antonio Abad es considerado el padre de los monjes cristianos. Vivió en los siglos III y IV en Egipto y fue célebre por su vida ascética en el desierto, donde enfrentó numerosas tentaciones y ataques de demonios. Según la “Vida de san Antonio”, escrita por san Atanasio, Antonio se retiró al desierto para dedicarse a la oración y a la penitencia. Allí el demonio intentó disuadirlo de su camino espiritual con visiones de riquezas, placeres carnales e, incluso, ataques físicos.
En esta Cuaresma es muy provechoso reflexionar sobre cómo obra la tentación en nosotros para poder superarla. Todos los seres humanos padecemos tentaciones; Cristo mismo se sometió a la tentación en el desierto donde fue asediado por Satanás. Aunque las suyas fueron tentaciones externas, el Señor se dejó tentar para humillar al enemigo y para enseñarnos también a combatirle.
Si bien es cierto que después del pecado original nuestra naturaleza humana quedó herida y se creó un desorden en ella, ese desorden debe ser corregido por la razón y por la gracia divina; y aunque el diablo es causa indirecta de todos los pecados de los hombres por la razón de haber instigado a Eva y Adán a pecar, no todas las tentaciones que padece la humanidad proceden directamente del demonio. No culpemos al diablo de todos nuestros atractivos para pecar. Muchas veces nos metemos libremente en los tentaderos, como cuando vemos cosas que no convienen o nos juntamos demasiado con personas carentes de fe o que son abiertamente enemigos de la vida cristiana.
La Iglesia Católica nos enseña que existen tres enemigos del alma de quienes proceden todas las tentaciones: el mundo, entendido como la mentalidad contraria al Evangelio; el demonio, criatura angélica, ser personal pervertido y pervertidor que opera en la tierra; y la carne que tiende a la sensualidad o a la concupiscencia.
Dejando a un lado las tentaciones del mundo y de la carne, ¿cómo ocurren las tentaciones diabólicas? Estas son seducciones que el padre de la mentira provoca para inclinarnos al pecado. Puede tentarnos por los sentidos externos, por ejemplo presentándose como una persona sexualmente muy seductora o como alguien que ofrece dinero a cambio de ciertos servicios. San Agustín, quien tuvo una vida sexualmente activa antes de su conversión, en sus “Confesiones” narra cómo era atormentado por pensamientos persistentes. Él interpretaba esas luchas como obra del demonio.
Nuestra imaginación es también campo donde la serpiente se insinúa, presentándonos imágenes de las que podemos formar malos pensamientos. Luego también a través de la memoria, mostrándonos recuerdos placenteros del pecado y objetos pecaminosos para que tengamos recaídas. Santa Teresa de Ávila describe en su autobiografía cómo el enemigo la acosaba con dudas, desesperación y tentaciones contra la castidad. Esos ataques eran más intensos cuando intentaba orar o avanzar en su unión con Dios.
El maligno tienta también por medio de los apetitos sensitivos, es decir, por nuestra inclinación a lo placentero y debilitando nuestro valor para vencer los obstáculos cuando queremos obtener un bien. Santa Catalina de Siena tuvo tentaciones demoníacas, incluyendo pensamientos de aversión a lo bueno. Según su biógrafo, la santa era motivada a desanimarse en su vida de oración y de servicio. Satán le sugería que sus esfuerzos eran inútiles y que Dios la había abandonado. Ella resistió con una fe inquebrantable.
Hay que señalar que las tentaciones que vienen del demonio suelen ser repentinas, intensas y muy insistentes. San Juan Casiano, monje y teólogo, explica que el enemigo ataca a menudo de manera imprevista, cuando el alma está en estado de paz y de progreso espiritual. Describe estas tentaciones como intensas, capaces de abrumar la mente con impurezas, ira o desaliento.
Jamás nos desalentemos en nuestra lucha espiritual. Las fiestas de Pascua que pronto celebraremos son preludio de nuestra participación en la victoria de Cristo. Aprendamos la vigilancia constante en el examen diario de conciencia; sigamos orando con humildad y confiemos en la ayuda de Dios más que en las propias fuerzas.
*Los artículos de opinión son responsabilidad del autor y no necesariamente representan el punto de vista de Desde la fe.
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