Papiro Bodmer: página del paso del Evangelio de Lucas a Juan. Foto: L'Osservatore Romano
El origen griego de la palabra “apócrifo” hace referencia a lo que se encuentra oculto. Esto no quiere decir que alguien haya “ocultado” los evangelios apócrifos, sino que no se recurrió a ellos en las controversias, ni en las asambleas litúrgicas de las primeras comunidades cristianas, ni tampoco fueron integrados en una lista de libros llamada “canon bíblico”, que no es otra cosa que la lista de libros contenida en nuestra Biblia.
Existen diferentes cánones bíblicos: el hebreo, el protestante, el ortodoxo griego y el católico, cuyas diferencias derivan del número de libros incluidos y, por tanto, en los libros que son considerados apócrifos. Y, ¿por qué hay libros apócrifos? Porque estos libros no fueron considerados, desde el principio, como divinamente inspirados, bajo el supuesto que la comunidad cristiana –Iglesia– cuenta con la asistencia del Espíritu Santo como Jesús nos lo prometió (cf. Jn 14,26; Mt 28,20), y entonces es capaz de discernir dónde se encuentra o no la enseñanza de Jesús.
En otras palabras, la Iglesia se dio cuenta de que estos libros ofrecían una lectura equivocada de la persona de Jesús. Sin embargo, no necesariamente son libros falsos o heréticos ya que algunos de ellos son ampliamente valorados por su teología y espiritualidad.
Los apócrifos cristianos pretendían frecuentemente satisfacer la piadosa curiosidad de los fieles, que deseaban saber muchas cosas que no son narradas en el Nuevo Testamento. Con este fin se inventaron muchas anécdotas sobre la infancia de Cristo, sobre su vida pública, su descenso a los infiernos; sobre el nacimiento de la Santísima Virgen María, sobre su matrimonio con san José, sobre su muerte y asunción.
Con todo, los evangelios apócrifos tienen su importancia literaria, histórica y doctrinal, por lo que hoy en día están publicados por editoriales católicas y son utilizados también por los estudiosos de la Biblia. Asimismo, la tradición cristiana ha tomado de ahí información, como los nombres de Joaquín y Ana, padres de la Virgen María.
*El padre Sergio Armando González es licenciado en Teología Bíblica por la Universidad Gregoriana. Actualmente es formador del Seminario en la comunidad de San Pedro Apóstol en Tlalpan.
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