Alberto Quiroga
Atorado en el tráfico, Germán estaba calmado, mientras, Manuel, su compañero, se mostraba estresado, decía que iban a llegar tarde a su cita de negocios.
Germán intentaba tranquilizarlo, llevaban tiempo. Al menos llegarían con 20 minutos de margen. No era problema la puntualidad.
El atasco se disolvía y los autos empezaban a avanzar, pero algunos, desesperados, no respetaban las indicaciones que el policía hacía y provocaban por momentos nuevos atorones. Al avanzar Germán, otro intentó ganarle y por poco chocan. Todo quedo en un susto y en múltiples insultos hacia Germán, a pesar de no tener responsabilidad.
Manuel, alterado, respondió a los insultos y después continuó su enojo con su compañero, por dejado. Germán le respondió que no tenía ningún caso pelear y continuo la marcha.
Después de su cita, ya sin presiones y más calmado, Manuel pidió disculpas y aprovecho para preguntar: ¿Por qué te mantuviste calmado cuando te insultaron?
-Esos insultos no eran para mí- respondió Germán- eran para el objeto de sus frustraciones, para su enojo o incapacidad, pero no para mí. Por eso no tengo por qué enojarme. Tú si le respondiste y en ese momento los hiciste tuyos, te enojaste y seguiste conmigo, pero de igual forma, yo no hice mías tus agresiones. Si lo hubiera hecho, no estaríamos aquí conversando y probablemente en la cita nos hubiera ido mal.
No es que sea dejado- concluyó- Cuando debo alzar la voz la alzo, pero la mayoría de las veces basta con reconocer que lo malo no es para mí.
Más artículos del autor: ¿De qué sirvió?
Correo Alberto Quiroga: albdomquir@gmail.com
*Los textos de nuestra sección de opinión son responsabilidad del autor y no necesariamente representan el punto de vista de Desde la fe.
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