Una vecina llama a la puerta de una mujer quien recientemente enviudó; le lleva un plato de comida caliente y compañía. En otro momento, un hombre acude con su herramienta para ayudar a otro a cambiar la llanta del auto. O un joven ofrece ayuda a una persona adulta mayor para abrir su perfil en una red social y conectarse virtualmente con sus nietas y nietos.

Son estampas de la solidaridad entre vecinos, ese impulso por tender una mano en medio de la necesidad o la adversidad.

En la dinámica diaria de las ciudades, donde el anonimato parece ser norma, hay acciones que construyen comunidades resilientes y empáticas, y la suma de las partes es más que un conglomerado de viviendas.

No se piden favores ni se espera retribución. Así es la buena vecindad.

Esos actos, en apariencia mínimos, tienen el poder de transformar el entramado social. La resiliencia no surge de una acción heroica, sino de una cadena de gestos sencillos, repetidos con naturalidad.

Somos solidarios ante la tragedia. Abundan los ejemplos recientes y pasados frente a los desastres naturales, de los sismos del 85 al huracán Otis.

En la comunidad nunca falta un vecino empático con las necesidades de otras personas o de seres sintientes. No es solo ayuda a alguien a cruzar la calle, también hace las compras para quien no puede salir, regala ropa o juguetes, hace donaciones, barre la acera, da consejos o acompaña a otros para la inmersión en el espacio digital, rescata o da de comer a animales.

En la historia hay grandes ejemplos. El Evangelio de Lucas narra la parábola del Buen Samaritano, según la cual un hombre despreciado por su sociedad se detiene a ayudar a un desconocido que ha sido asaltado y abandonado en el camino; “ve y haz tú lo mismo”, dice Jesús al final del relato. El Apóstol Pablo, en su carta a los Gálatas, insta a “sobrellevar los unos las cargas de los otros”.

La solidaridad no es un acto aislado, sino una responsabilidad compartida. Cuando una comunidad adopta este principio, se convierte en un baluarte ante la adversidad. Un barrio donde las personas se conocen, cuidan y apoyan, es un lugar donde las crisis encuentran resistencia y la vida se vuelve más vivible.

Esta es la noción de conmemoraciones como la de este 31 de agosto: el Día Internacional de la Solidaridad.

La ciudadanía tiene una poderosa herramienta para construir comunidades capaces de enfrentar los desafíos con la certeza de que siempre habrá una mano dispuesta a ayudar.

Salvador Guerrero Chiprés

Coordinador del Centro de Comando, Control, Cómputo, Comunicaciones y Contacto Ciudadano de la Ciudad de México (C5 CDMX).

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