La vida familiar suele organizarse bajo la ilusión de un orden estable, donde el hogar es percibido como refugio y espacio protegido del riesgo. Sin embargo, basta un instante —un accidente doméstico, situación médica o incendio— para disolver esa certeza y transformar la casa en un territorio incierto donde cada segundo cuenta.

En esos momentos, la diferencia entre el caos y la respuesta oportuna puede reducirse a un acto elemental: marcar un número que conecta a la familia con la comunidad organizada.

El 9-1-1 no es solo una herramienta técnica, es una institución social. Desde su unificación en 2017, este número concentra la respuesta institucional frente a situaciones que comprometen la vida, la integridad y seguridad. Su función como primer eslabón en la cadena de auxilio ha permitido atender incendios, delitos, accidentes, emergencias médicas y violencias de distinto tipo.

En la Ciudad de México, las horas acumuladas de atención equivalen a miles de días dedicados exclusivamente a proteger a la ciudadanía. Detrás de cada llamada hay una historia que no podía esperar. Émile Durkheim advertía que las sociedades se sostienen sobre normas compartidas reguladoras de la conducta, incluso en situaciones límite.

El uso adecuado de la línea de emergencias operada desde el C5 forma parte de ese entramado normativo: no surge de la improvisación, sino de un aprendizaje social. Saber cuándo y cómo llamar es una forma concreta de interiorizar reglas comunes orientadas al bien colectivo.

Por ello, la socialización del número debe comenzar en el hogar. Cada integrante de la familia, sin distinción de edad, necesita reconocer el 9-1-1 y comprender su propósito. Una llamada clara, con información precisa sobre la ubicación y el tipo de incidente, permite a los servicios de emergencia actuar con mayor eficacia.

Enseñar a niñas y niños el uso responsable de las líneas de emergencia es también una lección ética. Las llamadas falsas o de broma no son actos inocuos: saturan el sistema, retrasan la atención de quienes realmente la necesitan y pueden traducirse en pérdidas irreparables.

Más allá de su operación diaria, el 9-1-1 —que este 9 de enero cumplió nueve años— representa una forma de solidaridad institucionalizada, convertida una dinámica de corresponsabilidad capaz de sostener a las familias en momentos de incertidumbre.

Salvador Guerrero Chiprés

Coordinador del Centro de Comando, Control, Cómputo, Comunicaciones y Contacto Ciudadano de la Ciudad de México (C5 CDMX).

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