Pequeños gestos reflejo de empatía con los seres sintientes: una mano inclinada hacia un animal herido, un cuenco con agua o comida en la banqueta, la puerta abierta para resguardar del frío.

Esos actos discretos revelan una forma de civilidad más profunda que la ley escrita, la del respeto hacia toda vida capaz de sentir. Cada 17 de enero, el Día Mundial de Bendecir a los Animales, introduce una pausa significativa en la vida cotidiana. Miles de personas acuden a templos con perros, gatos, aves o animales de granja para solicitar protección y buena salud.

La costumbre, introducida por los frailes franciscanos durante la colonia, propone un paréntesis para la reflexión en medio de la prisa moderna, un momento para reconocer que el bienestar no se restringe a la especie humana.

San Antonio Abad —también conocido como San Antón—, sostiene el sentido profundo de esta celebración. Vivió apartado del mundo sin renunciar a la naturaleza que lo rodeaba; tenía por costumbre bendecir a los animales y a las plantas. Los relatos cuentan que sanó a una jabalina y le devolvió la vista; en agradecimiento, el animal junto con sus crías permaneció junto a San Antón. Más allá de la anécdota, hay una enseñanza persistente: la compasión no establece jerarquías arbitrarias. Por ese vínculo fue reconocido, tras su muerte, como patrono y protector de los animales.

En el siglo XXI, esa ética antigua encuentra un eco contemporáneo. La Constitución de la CDMX reconoce a los animales como seres sintientes y establece el mandato de un trato digno. La norma no opera solo en el plano jurídico; propone una responsabilidad colectiva.

La Jefa de Gobierno, Clara Brugada, en menos de un año ha impulsado acciones que traducen ese principio en políticas públicas: la prohibición de espectáculos con violencia animal, la eliminación de la venta de animales en mercados públicos, jornadas masivas de esterilización y atención veterinaria, así como la construcción de una Utopía Canina.

En esa lógica está el rescate 858 perros del Refugio Franciscano, por mandato judicial, ante condiciones de maltrato en las cuales vivían. La tutela de un animal de compañía trasciende el afecto para instalarse en el terreno de la ética ciudadana. Ser responsable implica comprender que su bienestar depende de la capacidad comunitaria e institucional para proveerles una vida digna y un entorno seguro.

Cuidar a los seres sintientes no constituye un acto de indulgencia. Una comunidad que protege a todos sin distinción afina su sensibilidad frente a cualquier forma de vulnerabilidad. En ese aprendizaje compartido se cultiva la idea del respeto a la coexistencia y la justa convivencia.

Salvador Guerrero Chiprés

Coordinador del Centro de Comando, Control, Cómputo, Comunicaciones y Contacto Ciudadano de la Ciudad de México (C5 CDMX).

Entradas recientes

Ayúdanos a orar por la unidad de los cristianos

Jesús no quiere esa división entre Sus seguidores. Él oró así a Su Padre: Que…

4 horas hace

El testimonio de Juan Bautista

El evangelio de San Juan dedica varios pasajes a indicar la transición entre Juan Bautista…

4 horas hace

¿Por qué la religión católica nos acerca a Dios?

La religión católica nos conduce de manera única al encuentro con Dios. Estos son los…

11 horas hace

San Dunstán: El santo que engañó y venció dos veces al demonio

De acuerdo con leyendas populares británicas, a San Dunstán se le atribuye haber engañado y…

1 día hace

16 de enero: la Iglesia celebra a San Marcelo, Papa y mártir

San Marcelo I, Papa y mártir de la fe: su valentía durante las persecuciones, la…

1 día hace

Este párroco adoptó a más de 20 niños por si sus padres son deportados de Estados Unidos

En esta comunidad de Maryland, Estados Unidos, cerca de 20 familias le cedieron la custodia…

1 día hace