A lo largo de nuestra vida, nos encontramos con niños -ahora ya adultos-, que han sido cruelmente maltratados; niños que en sus familias o en sus lugares de origen han sufrido múltiples y muy diversos tipos de heridas corporales, psíquicas o espirituales.
Cada día es una oportunidad de mirar en retrospectiva y preguntarnos: si yo fuera niña, si yo fuera niño nuevamente, ¿qué me gustaría que mis adultos cuidadores hicieran por mí?
Me gustaría, desde luego, que me proveyeran de cariño, cuidado, respeto; que me ofrecieran oportunidades para crecer y desarrollarme integralmente; que vieran por mi salud, por mi bienestar emocional; que velaran mi fe; que me permitieran desarrollarme en ambientes y espacios libres de violencia; que me procuraran buenos cuidados y me dieran amor.
Es verdad que no volveremos a ser niñas y niños, pero sí tenemos la oportunidad de sanar nuestras heridas e intentar brindarles a ellos, a quienes hoy son niños, algo de esto.
Las niñas y los niños de hoy, gracias a que nos encontramos reflexionando al respecto, sanando, creando espacios más propicios para su crecimiento físico, emocional, espiritual, y social, tienen la opción de adquirir herramientas que les permitan ser resilientes, enfrentarse a las diferentes dificultades que se presentan día a día en la vida.
La resiliencia es la facultad que, como seres humanos, desarrollamos desde la infancia para enfrentarnos a situaciones que nos vulneran, pero sin que éstas destruyan nuestro ser, volviendo a un estado de reconstrucción, aprendizaje sobre una experiencia adversa y continuación de la vida pese a lo padecido.
La facultad de la resiliencia se gesta, se fomenta y se trabaja desde la familia, a través del llamado apego seguro y espacios de buen trato.
Brindar a los niños de hoy los cuidados suficientes es una manera de hacerles sentir que, pase lo que pase, se presenten las adversidades que se presenten, sus cuidadores primarios estarán para escucharles, creerles y protegerles.
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