Consuelo Mendoza
Moy era uno de los amigos de mis hijos adolescentes que frecuentemente estaban en casa, así qué, compartía con ellos los juegos, la música, el Xbox, y los regaños y consejos de la mamá. Con el tiempo, la amistad perduró y se consolidó con toda la familia; Moy, ya todo un profesionista, se casó con una excelente mujer, y luego se convirtió en papá de una hermosa niña.
Un día de marzo, pero hace 9 años, como todos los días, salió a trabajar para no regresar nunca a casa…
Es por demás hablar del gran esfuerzo que su esposa, su familia, sus amigos y compañeros de trabajo, hicieron durante largo tiempo, para dar con su paradero. Encontraron su auto, pero de él no se volvió a saber nada.
Fue entonces, que pude palpar el calvario de una familia, que, como tantas, ha sufrido la desaparición de un ser querido sin lograr asimilar que es lo que sucede, sin encontrar razones ni respuestas, ni el suficiente apoyo de las autoridades; que sabían que el tiempo era importante, pero los minutos, las horas y los días pasaron sin respuestas… hasta que, con el paso de los meses y los años, aprendieron a continuar su camino con el corazón roto y en la penumbra de la incertidumbre.
La ausencia del desaparecido es un dolor que desgarra, quita la paz sembrando el desasosiego, al no saber la suerte del ser querido desaparecido: ¿vive? ¿está en cautiverio? ¿está sufriendo maltrato? ¿está muerto? ¿en dónde está?
Quienes nos condolemos y solidarizamos con las familias de personas desaparecidas, apenas logramos atisbar la orilla del abismo de dolor en el que viven, y aprendemos que por muy dolorosa que sea una pérdida, es menos cruel que la incertidumbre… El reconocer un par de zapatos, una mochila, o un libro, en las fosas de Teuchitlán, podría devolverles, junto con los restos de su ser querido, la paz que necesitan para continuar con sus vidas.
Suman ya, cientos de miles de personas desaparecidas en México, y son cientos de miles de familias sufriendo, quebrantadas, clamando por apoyo, solidaridad y justicia para encontrar a los suyos; que debiéramos sentir como “los nuestros”.
Quizá, si a los millones de volantes que tapizan los postes de nuestras ciudades con fotografías de los desaparecidos, les pusiéramos, por un segundo, el rostro de algún ser amado, podríamos ser más sensibles, más empáticos, más solidarios, más cristianos, para unirnos a la causa de las valientes madres buscadoras y de todas las familias heridas y víctimas de la violencia.
Cada par de zapatos, cada resto humano encontrado en Teuchitlán es también la familia entera de una mujer o un hombre, que han sido víctimas de la violencia propiciada por el crimen organizado y por la complicidad o indiferencia de las autoridades. Como buenos ciudadanos, no podemos permanecer en silencio ante el mal que invade a nuestra sociedad y amenaza a nuestras familias.
“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados”.
La paz se construye desde la familia, y es a través de ella, que podemos “ahogar el mal en abundancia de bien”.
“Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”.
Unamos nuestras oraciones por Moy y su familia y por todos aquellos que no han sido encontrados.
Una mujer y dos sacerdote mantuvieron una linda relación de amistad con su ángel protector.…
Cuidemos la vida construyendo la cultura del encuentro, en donde nos preocupemos de la vida…
La Oficina de Celebraciones Litúrgicas del Vaticano anunció las celebraciones que se realizarán durante la…
También es importante considerar el proceso del hijo menor que en su circunstancia recuerda cómo…
La vejez se debe asimilar como un cambio de vida en el que disminuye la…
Esta web usa cookies.