Cultura Bíblica

¿Por qué sopló Jesús para significar la entrega del Espíritu Santo?

Evangelio (Jn 20, 19-23)

Al anochecer del Día de la Resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado.

Cuando los discípulos vieron al Señor se llenaron de alegría. De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.

¿Por qué sopló Jesús para significar la entrega del Espíritu?

La identificación del Espíritu con el viento proviene desde el Antiguo Testamento pues para uno y otro se usa la misma palabra. En el primer relato de la creación encontramos esta expresión: “La tierra era caos y confusión; oscuridad cubría el abismo y un viento (espíritu) de Dios aleteaba por encima de las aguas” (Gn 1,2).

Este es uno de los textos más conocidos y en muchas Biblias se traduce como viento, mientras otras tantas lo traducen como espíritu. Sería un error pensar que porque se usa la misma palabra entonces los hebreos pensaran que el espíritu es lo mismo que la respiración.

No es así, el pueblo de Dios en el Antiguo Testamento solía recurrir a otras palabras para afinar a qué se refería cuando hablaban de algo físico y cuando se refería a otra cosa. Por ejemplo, tenemos en el segundo relato de la creación esta expresión: “Dios insufló en el hombre aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente” (Gn 2,7) “aliento de vida” no se refiere al puro aire o al viento físico.

Dentro del mismo Evangelio de san Juan, Jesús usa la comparación del viento con el Espíritu. Cuando hablaba con Nicodemo, Jesús le explicó: así como nadie sabe de dónde viene ni a dónde va el viento, así son los que nacen del Espíritu” (Jn 3,8).

El Evangelio de san Juan retoma, entonces de algo que era común para todo judío, la identificación de palabras entre viento y espíritu, para significar el don del Espíritu Santo de parte de Jesús a los discípulos por medio de un soplo.

En la tradición de san Lucas, el día de Pentecostés, en que Dios envió el Espíritu Santo sobre los discípulos está simbolizado por un trueno (otras traducciones dicen “impetuosa ráfaga de viento”) dentro del recinto y la aparición de llamas de fuego sobre las cabezas (cfr. Hch 2,2-3).

Lo importante del don del Espíritu radica en que este acontecimiento se renueva constantemente en la comunidad cristiana por la celebración de los Sacramentos de iniciación cristiana: Bautismo y Confirmación al igual que en el año litúrgico el día de Pentecostés.

Mons. Salvador Martínez

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