En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: “Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir”.
Les preguntó: “¿Qué queréis que haga por vosotros?”.
Contestaron: “Concédenos sentarnos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda”.
Jesús replicó: “No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?”.
Contestaron: “Lo somos”.
Jesús les dijo: “El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado”.
Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan.
Jesús, reuniéndolos, les dijo: “Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos”.
Palabra del Señor.
Hoy el Señor Jesús habla del comportamiento de los grandes y poderosos de este mundo ¿podría ser un código de conducta para los grandes y poderosos de este mundo el modo de ser del Hijo del hombre, también descrito por el Señor?
Dentro del camino de Jesús hacia Jerusalén y a su pasión y muerte, ya hemos observado varias formas inadecuadas en que los discípulos reaccionan. Un tema recurrente es el del poder, estar a la derecha y a la izquierda de un rey es el estatus más elevado, de hecho en el Salmo 109, Dios le dice al rey: “siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos el estrado de tus pies” (Sl 109,1).
Concordando con esta mentalidad está la descripción que hace el Señor de los grandes y poderosos de este mundo: “gobiernan a las naciones como si fueran sus dueños… los oprimen”.
La lucha por el poder no es tanto una búsqueda de autoridad para servir al pueblo, sino la búsqueda de privilegios, ganancias económicas y dominio sobre la voluntad de las demás personas.
A lo largo de su subida a Jerusalén el Señor asume la ardua tarea de hacerlos cambiar de mentalidad.
Quien gobierna a un pueblo no está necesariamente destinado a aprovecharse de ellos, como si fuera su dueño. No se convierte necesariamente en el explotador. La nomenclatura de “ministros”, para designar a los gobernantes, va muy en la línea del pensamiento de Jesús.
Alguien es elegido o designado, para hacerle el bien al pueblo; es su “servidor”, es decir, “ministro”. Por supuesto que, hasta “dar la vida por la redención de todos”, es una característica que solamente Jesucristo puede cumplir.
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