No queda claro por qué hay conflicto entre el seguimiento de Jesús y las demás obligaciones afectivas
con los familiares: ¿Cargar con la cruz de cada día significa no amar a los que nos son más cercanos?
Iniciamos el tercer mes después de haber regresado al tiempo ordinario y de haber iniciado la lectura,
dentro del evangelio de san Lucas, de los pasajes en la subida a Jerusalén.
Particularmente el día de hoy debemos tener claro que el Señor Jesús. A lo largo de su subida a Jerusalén se dedicó a purificar el modo de pensar, hablar y proceder de los suyos, porque ciertamente no es lo mismo conocer a Jesús que pensar como él, o pensar como Dios.
Ya desde el Antiguo Testamento, se enunció como el primer mandamiento este: “No tendrás otros dioses fuera de mí” (Ex 20,2; Dt 5,7), también con otra formulación como esta: “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente” (Mt 22,37; Cfr Dt 6,5).
Si miramos la enseñanza de Jesús desde esta perspectiva comprenderemos que Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, está poniendo claro el asunto de las prioridades.
El lugar de Dios solamente Dios lo puede ocupar, al seguir a Jesús no se está siguiendo solamente a un gran profeta, a un iluminado, se está siguiendo al Hijo de Dios, Dios de Dios y por tanto el amor a toda creatura debe subordinarse al amor de Dios.
La interpretación de cargar con la cruz e ir en pos de Jesús es otra formulación del primer mandamiento. Amar a Jesús es amar a Dios y a partir de esa prioridad se comprenden todas las demás obligaciones afectivas y morales de la vida.
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