“Verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación”. Foto Especial.
Estas son las Lecturas, el Salmo y el Evangelio de la Misa del I Domingo de Adviento 2024. ¡Conócelas!
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Ya llegan días
—Oráculo del Señor—
en que cumpliré la promesa
que hice a la casa de Israel y a la casa de Judá.
En aquellos días y en aquella hora,
suscitaré a David un vástago legítimo
que hará justicia y derecho en la tierra.
En aquellos días se salvará Judá,
y en Jerusalén vivirán tranquilos,
y la llamarán así:
“Es Señor es nuestra justicia”.
Palabra de Dios.
R/. A ti, Señor, levanto mi alma.
Señor, enséñame tus caminos,
instrúyeme en tus sendas:
haz que camine con lealtad;
enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador. R/.
El Señor es bueno y es recto,
y enseña el camino a los pecadores;
hace caminar a los humildes con rectitud,
enseña su camino a los humildes. R/.
Las sendas del Señor son misericordia y lealtad
para los que guardan su alianza y sus mandatos.
El Señor se confía a los que lo temen,
y les da a conocer su alianza. R/.
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Hermanos:
Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos, lo mismo que nosotros os amamos a vosotros; y que afiance así vuestros corazones, de modo que os presentéis ante Dios, nuestro Padre, santos e irreprochables en la venida de nuestro Señor Jesús con todos sus santos.
Por lo demás, hermanos os rogamos y os exhortamos en el Señor Jesús: ya habéis aprendido de nosotros cómo comportarse para agradar a Dios; pues comportaos así y seguir adelante. Pues ya conocéis las instrucciones que os dimos, en nombre del Señor Jesús.
Palabra de Dios.
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En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
“Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y el oleaje, desfalleciendo los hombres por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo serán sacudidas.
Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria.
Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación.
Tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra.
Estad, pues, despiertos en todo tiempo, pidiendo que podáis escapar de todo lo que está por suceder y manteneros en pie ante el Hijo del hombre”.
Palabra del Señor.
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La vigilancia es una actitud central para los cristianos. No podemos vivir embotados, ni dependiendo de las circunstancias cambiantes, de signos fatídicos o de amenazas globales, ni indiferentes en la conducta con la que asumimos la vida. Somos conscientes de la relevancia de nuestras acciones, de la precariedad del mundo y de que la última palabra sobre él corresponde al Hijo del hombre, a nuestro Señor Jesucristo.
El Evangelio nos invita a levantar la cabeza. Es la disposición contraria a quien la esconde, pretendiendo ignorar lo que sucede. Pero lo que para muchos son ocasiones de pánico y alarma, para nosotros son siempre llamados a la calma y a la esperanza. El Señor viene. Y aunque pueda parecer que muchas cosas se destruyen a nuestro alrededor, la única certeza que nos mantiene confiados es precisamente que el juicio del universo le corresponde a Jesús. La vigilancia nos hace mirar con atención lo que acontece, sí, pero no nos arrastra en el miedo, porque sabemos en quién hemos puesto nuestra confianza. Y es precisamente en Él, en el Señor, a quien durante el tiempo del Adviento imploramos con especial insistencia: ¡Ven, Señor Jesús!
Su venida, en efecto, es el punto de llegada de todo esfuerzo, el descanso de todo afán, la corona de todo mérito. No sólo sabemos que sucederá, sino que además la invocamos. Y esa misma expectativa nos vuelve prudentes y sabios en nuestra conducta. Queremos alejarnos de todo comportamiento que contradiga nuestra esperanza. Aspiramos a comparecer seguros ante Él, y por eso evitamos todo lo que perjudica nuestra integridad, todo lo que lastima al prójimo, todo lo que altera la armonía del cosmos, todo lo que ofende al honor divino. Cumplir su voluntad es instalarnos en la única convicción que no se altera.
Para mantenernos en sintonía con el Señor que llega, a la vigilancia la acompaña la oración. Esa apertura del corazón a su presencia. Perseveramos en la comunión con Dios. Es precisamente la oración la que dirige la vigilancia y la que anima su paciencia. Para ella invocamos al Espíritu Santo, deseando ser dóciles a Él. Él entrelaza las súplicas de los que velamos, para hermanarnos en la búsqueda amorosa del Padre común. Que Él nos asegure un fecundo y hermoso adviento.
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