Jaime Septién
En una conferencia que dio en Túnez, en 1947 a las hijas espirituales de Charles de Foucauld, Georges Bernanos les hizo esta propuesta: “Déjenme que me detenga por un momento en esta comparación del ferrocarril. No me parece tan mala después de todo…. Uno puede, perfectamente, imaginarse a la Iglesia como una gran empresa de transportes, de transportes al Paraíso, ¿por qué no? Pues bien, yo me pregunto: ¿qué sería de nosotros sin los santos, los que regulan el tráfico?”
Bernanos sigue la analogía hablando de las catástrofes que ha tenido la empresa a lo largo de dos milenios: el arrianismo, el nestorianismo, el pelagianismo, el gran cisma de Oriente, Lutero… Y ha sufrido un buen número de choques y descarrilamientos. Pero sin la Iglesia y los santos, dice Bernanos, “la cristiandad no sería más que un gigantesco montón de locomotoras volcadas, de vagones incendiados, de rieles retorcidos y chatarra oxidada bajo la lluvia. Ni un solo tren circularía, desde hace ya mucho tiempo, sobre las vías invadidas por la hierba”.
La Iglesia vista como “una fuerza en marcha” en la que no cabe el conformismo, el abrigo confortable ni acomodarse en ella como en “una especie de posada espiritual”. La empresa quiere llevar al Paraíso a los pasajeros que sigan las indicaciones de sus reguladores de tráfico. Y no hay vagones de segunda o de tercera clase: todos son de primera. Porque el que conduce es Cristo.
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