El perdón y la reconciliación son senderos que deben recorrerse al mismo tiempo, desde la humildad, arrepentimiento y voluntad por construir relaciones basadas en el entendimiento en lugar de resentimiento.
La visita del Papa Francisco a Canadá contribuye a sanar heridas profundas generadas por una política de “asimilación forzosa” impuesta a las comunidades indígenas desde finales del siglo XIX a la última parte del siglo XX.
En ese periodo, miles de niñas y niños fueron separados de sus familias para asimilar la cultura blanca gobernante, en medio de abusos físicos y verbales, psicológicos y espirituales. Acciones equivocadas ante las cuales el reconocimiento Papal abre la puerta a la sanación.
“Estoy profundamente dolido: pido perdón por la manera en la que, lamentablemente, muchos cristianos adoptaron la mentalidad colonialista de las potencias que oprimieron a los pueblos indígenas. Estoy dolido y pido perdón, en particular, por el modo en el que muchos miembros de la Iglesia y de las comunidades religiosas cooperaron, también por medio de la indiferencia, en esos proyectos de destrucción cultural y asimilación forzada de los gobiernos de la época”.
Las palabras del Papa Francisco miran con humanidad al pasado, pero hacia el futuro reivindican el derecho de todos los pueblos al respeto de su identidad, a sus derechos y la construcción de un presente en el que sean incluidos.
En México, ese camino fue el que quiso recorrer el presidente López Obrador cuando consideró que España debía ofrecer disculpas a los pueblos indígenas.
Entre los siglos XVI y XVIII, la Nueva España vivió transformaciones violentas para asimilar la vida moderna y europeizada. Un nuevo gobierno, una economía que ya no se basaba en el trueque, la separación entre pueblos de indios y la ciudad española y un sistema de castas que legitimaba explotación.
Hubo entonces renuencia y críticas, más detonadas por la polarización que vive nuestro país que por un análisis objetivo de la propuesta.
Pedir perdón es una decisión voluntaria, consciente, que nos libera de sentimientos negativos, cierra asuntos inconclusos y procesa episodios dolorosos. Sin el perdón, el dolor del pasado es una condena.
El Papa nos da una lección que puede ser asumida también desde lo individual y familiar: sigamos su ejemplo para construir una comunidad más fuerte y sana.
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