Consuelo Mendoza
En octubre del 2008, en el Instituto Cultural Cabañas de la ciudad de Guadalajara, se realizó por primera vez la Cumbre Iberoamericana de la Familia, con el título “El futuro está en la Familia”. Un proyecto aventurado en el que trabajamos con un pequeño equipo de jóvenes entusiastas egresados del Master de Ciencias de la Familia, organizado por Familias Mundi en Santiago de Compostela España
Para nuestra propia sorpresa, la Cumbre tuvo un gran éxito; más de mil quinientos asistentes, entre los que había representantes de España y más de 7 países Latinoamericanos. Como conclusión del evento surgió el Decálogo de la Familia, cuando lo leí en la clausura, invadida por la emoción y sin pensarlo, me comprometí públicamente a entregar dicho decálogo a Su Santidad Benedicto XVI.
La ocasión se presentó en marzo del 2009, cuando el Cardenal Juan Sandoval gestionó que pudiéramos asistir a la audiencia pública de los miércoles; así que mandamos hacer en pergamino el decálogo, tomé una foto del equipo y otra de mi familia y en representación de todos, mi esposo y yo nos fuimos a Roma a vivir una de las experiencias más hermosas que nos ha regalado Dios.
Un amigo sacerdote que vivía allá me explicó que apenas tendría el tiempo suficiente para entregarle nuestro obsequio y pedir la bendición para todos, así que me aconsejaba ser muy concreta. Llegó el momento de la audiencia, la plaza de San Pedro estaba llena y yo temblaba de la emoción de estar en primera fila esperando el momento de besar la mano del Papa. Cuando por fin se acercó a saludar, mi esposo, que estaba en la fila de atrás, se subió a su silla y me gritaba: “¡Chelo, ya está llegando contigo!”
Cuando por fin estuvo frente a mí, se me olvidaron los sabios consejos del padre, y dejé de escuchar toda la algarabía de mi alrededor… se hizo el silencio, era el Papa que mantuvo su mano en mi mano, y era yo que quería decirle todo… recibió el obsequio y cuando vio las fotos las bendijo, me dijo algo sonriendo las guardó. No sé cuántas cosas le dije, solo recuerdo su mirada profunda, serena, amorosa; en un instante entendí que las palabras sobraban porque él estaba viendo lo más profundo de mi corazón, y en sus ojos descubrí la mirada amorosa de Dios. Me regaló un rosario que conservo como un preciado tesoro, le envió saludos al Señor Cardenal Juan Sandoval, le agradecí y volvió el ruido y la algarabía de todos los que estábamos ahí, reunidos en la plaza para escuchar su mensaje de esperanza. “¿Cómo lograste que estuviera contigo casi cinco minutos?” me preguntó nuestro amigo, pero yo solo recordaba su mirada
Fue así que la Cumbre Iberoamericana se volvió un compromiso y un incentivo para trabajar en favor de la familia.
Esta hermosa experiencia me hace recordar las palabras del Salmo “cómo agradeceré al Señor todo el bien que me ha hecho?”
*Los textos de nuestra sección de opinión son responsabilidad del autor y no necesariamente representan el punto de vista de Desde la fe.
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