Jaime Septién
Usted y yo hemos escuchado –en una de ésas, lo hemos dicho—que la Iglesia Católica es hoy una “fortaleza sitiada” por “las fuerzas del mal”. Los indicadores son obvios: violencia por todas partes, ataques a la familia natural, aceptación social del aborto, ausencia de vocaciones, ateísmo, muerte de los sacramentos, el templo solamente para las bodas, los Bautismos (donde la fiesta es más importante), y un largo etcétera.
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Ante un panorama así es fácil sentirse víctima. Y echar culpas. Que si el cura no prepara su sermón, que si la pandemia nos ha agotado las fuerzas para evangelizar “desde los tejados” (o desde YouTube), que si la pederastia eclesiástica, que si… Pretextos no faltan. Pero, hasta donde yo sé, los pretextos, las justificaciones, las explicaciones no pedidas, no arreglan nada. No son parte de la solución, son parte del problema.
Pero, ¿cuál es el problema? ¿Los católicos estamos siendo perseguidos, como en el tiempo de Calles? No. La prueba está en que Desde la fe acaba de cumplir 25 años. El problema, es, justamente, sentirnos sitiados y necesitados, en todo caso, de tomar dos caminos: o el heroísmo inútil de ir a gritarle a quién sabe quién, o la sacristía y nada más.
Hace poco, la filósofa francesa Chantal Delsol dio un brochazo del nuevo catolicismo en un congreso en Madrid: “mucha virtud y buen humor”. Agrego una tontería: no tener miedo a dejar de ser “cool” con los cuates.
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