El hombre es un caminante, un peregrino, un nómada que a cada paso que da, se va. “Tiene el aspecto de quien dice adiós”, dice de él lleno de nostalgia Rainer Maria Rilke (1875-1926), el poeta de Praga.

No le ha sido dado al hombre bañarse dos veces en el mismo río, ni reflejarse dos veces en ciertas pupilas. Como en la canción de Agustín Lara, todo es para él “una vez nada más”.

Nada se repite: ni este momento que quisiéramos eterno, ni este día que la noche -celosa de su luz- apagará, ni esta voz que un día la muerte hará callar. Las jornadas de los hombres son como él: nómadas, caminantes, peregrinas, y nunca nadie las volverá a ver jamás. “¡Detente, eres tan bello!”, gritaba Goethe al instante que se iba. Grito inútil, porque en este río caudaloso que es la vida nada puede detenerse: la corriente del tiempo se encarga de empujar todas las cosas.

De Rilke son también estos versos que, aunque se dirigen a Dios como una plegaria, hablan del terrible secreto de los hombres:

 

No debes tener miedo, Dios.

Ellos dicen mío

a todas esas cosas, tan pacientes.

Son como el viento que

roza las ramas

y dicen: árbol mío…

Así dicen: mi vida, mi mujer,

mi perro, mi hijo, y

sin embargo saben

que todo: mujer, vida, perro

y niño

son extrañas imágenes, contra las que, cual ciegos,

chocarán, con manos que tantean…

Eternos viajeros, nada nos pertenece; nómadas incurables, nada poseemos. Llamamos “nuestras” a las cosas que todavía no han partido, que todavía están ahí, cerca de nosotros, merced a su paciencia. Todo lo que llega a nuestra vida lo hace en calidad de huésped. ¿Cuándo se irá? Nuestros pobres corazones son hostales que diariamente ven partir lo que ya amaban.

Los que llegaron, un día se marcharán. Porque también ellos tienen que vivir -lejos, en otra parte, bajo otro cielo, en otro hostal-, o porque nos lo arrebatará el tiempo, la distancia o la muerte.

Nada es nuestro. Todo lo que tenemos nos ha sido dado en préstamo. ¡Somos los más pobres de los seres!

Me decía una vez un esposo desconsolado: “¿Por qué Dios me ha quitado a mi mujer, por qué me la ha quitado si era mía?”. Yo me limité a callar, pero por dentro me decía a mí mismo: “Nada es nuestro, nada. Todo lo tenemos como prestado. Incuso la mujer, incluso los hijos, también los amigos. Todo”. El poeta náhuatl lo dijo todavía mejor que Rilke:

 

Sólo un instante el festín dura,

por tiempo breve la gloria es…

¡Nadie es tu amigo ciertamente;

sólo por tiempo breve

se dan en préstamo

flores hermosas!…

 

Y también:

 

Como una flor sólo

me estimo a mí mismo en la tierra.

Por muy breve instante

estamos prestados unos a otros.

Gozaos. ¡Yo me pongo triste!

 

Sí, estamos sólo prestados. Por eso, mientras los otros aún estén hay que tratarlos con la ternura con que trataríamos a un ser que se despide, como a un extranjero que quizá mañana partirá.

Que no se haga tarde y la ternura se nos pudra dentro; que no nos pase lo que al pobre Doutreval en la novela Cuerpos y almas, que, cuando ha perdido a Mariette por haberse ido de este mundo, llora a causa del tiempo desperdiciado: “Pienso –escribe el narrador, es decir, Maxence van der Meersch- en las pequeñas alegrías que le pudo proporcionar, en todo lo que pudo hacer, y no había hecho, para que ella fuera dichosa. Ahora estaba muerta y él no podía ya hacer nada».

“No tenemos en esta tierra casa permanente”, dijo el Apóstol. Somos, en este mundo, viajeros. Hay que aprovechar el tiempo y decir las palabras del amor antes que la paciencia ajena se agote, antes de que se haga tarde y nos quedemos solos. Porque viene la noche y quizá no haya otro crepúsculo.

 

Ognuno sta solo sul cuor della terra

trafitto da un raggio di sole:

                               ed è subito sera.

 

(“Cada uno está solo en el corazón de la tierra/ herido por un rayo de sol/ y, de pronto, anochece”). ¡Cómo es bella esta poesía de Salvatore Quasimodo (1901-1968), el poeta italiano! El último verso produce el efecto de un telón que cae como una piedra, y por eso es casi intraducible. En el segundo verso todo estaba lleno de sol y ahora todo son tinieblas: de un segundo al otro, de una palabra a la  siguiente, de una línea a otra, como sucede en la vida. Sí, hay que desconfiar de los rayos del sol, pues pronto se hará de noche y habrá que dormir. Homo viator. El hombre es un nómada incurable. Nada tiene. Nada es suyo, sino sólo lo que le fue prestado por un tiempo muy breve. Tal es el motivo por el que debe darse prisa, y no dejar para mañana las bellas palabras que pueda decir hoy.

Los textos de nuestra sección de opinión son responsabilidad del autor y no necesariamente representan el punto de vista de Desde la fe.

 

P. Juan Jesús Priego

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