Para una gran parte de los psicólogos la confianza personal se deriva de la seguridad de que el mundo a nuestro alrededor es un espacio de fiar, y se apoya en la firmeza que parece haber en todo lo que nos rodea en el tiempo y en el espacio.

Pero los creyentes tenemos un mundo circundante más alto de lo que alcanza a comprender nuestra mente, y tenemos una idea del tiempo y del futuro que están abrazados por la eternidad. Somos extranjeros en toda patria y cualquier tierra extranjera es patria nuestra, y la fe nos da una mayor confianza que todas las cosas visibles, porque siendo visibles son pasajeras y nuestra fe se apoya en lo invisible, lo inconmovible que es eterno.

Justamente por eso en los tiempos en que el temor se apodera de los corazones de muchos, es cuando los católicos estamos seguros de que tenemos una misión que realizar, somos el alma del mundo, y si el alma no infunde vida al cuerpo se quedará inmóvil, perecerá. Por ello, ahora es el tiempo de infundir a los que nos rodean la confianza de nuestra mirada, la seguridad de las cosas que no se ven, la mirada de nuestra fe.

Nos rodean abundantes grupos de personas que han perdido la memoria de tantas batallas ganadas con la fe y con la confianza en Dios, hay un montón de católicos que no saben cómo ganamos la batalla de Lepanto, otros que no recuerdan o no tienen noticia de cuánto soportaron los cristeros con el rosario en la mano o cómo las enfermedades dieron lugar a nuestras grandes congregaciones de hospitalidad, y otros tantos han olvidado cómo las persecuciones de los cristianos fueron una semilla de nuevos creyentes y una fábrica de santos. Muchos ignoran cuántos en los campos de concentración vieron vencido el mal a fuerza de bien, porque tuvieron fe y confiaron.

El evangelio dice que cuando los discípulos recordaron las palabras de Jesús, entonces creyeron (Jn2, 22) y la vida sobrenatural que nos da nuestro bautismo es el ambiente de una verdadera confianza. En ella nos apoyamos en este momento para traer a la memoria las grandes obras del Señor, los prodigios de su mano victoriosa, estamos seguros de que hay que volver a decirles a todos: “acuérdate de Jesucristo resucitado de entre los muertos”, “haz la prueba y verás qué bueno es el Señor”.

Si Él venció la muerte puede vencer a toda enfermedad, Él es el Rey de la Historia, el médico de todas las enfermedades, el vencedor en todas las batallas, confiemos en su Sagrado Corazón.

P. Roberto Funes Díaz

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