Alberto Quiroga
Por convicción, quien se dice cristiano debería estar alejado de la soberbia, pero no siempre es así. Siendo una tentación a la que estamos expuestos todos, es frecuente llegar a creer que somos más valiosos que los demás y así caer en el pecado de humillar al prójimo, pasar por encima de su amor propio o lastimarlo en su propia vida.
De niño leí un cuento en el que un sabio fue llamado para contestarle al rey una pregunta. Ya otros habían sido decapitados por no haberlo hecho acertadamente, pero el sabio, que creía firmemente en Dios y que sabía que el rey presumía de creyente a pesar de su soberbia y crueldad, asistió a palacio para responder.
Ya en la real presencia, se le advirtió que otros habían fracasado al responder. La pregunta era simple ¿Cuánto vale el rey? Pero tanto respuesta como explicación no habían sido hasta ahora convincentes, por eso todos habían sido castigados.
El sabio pensó poco y respondió: Usted vale a lo sumo, 29 monedas de plata y el rey lo sabe bien, como creyente que es, porque si Cristo, que es nuestro Señor fue vendido por 30, el rey no puede valer más de eso.
Después de unos breves instantes, el rey estalló en llanto, al darse cuenta que su soberbia lo había llevado a convertirse en asesino, buscando que los sabios lo alabaran de forma magistral para convencerlo que él era muy valioso.
Que la soberbia no nos lleve a creer que nuestro valor está en lo material, la fama o el poder. Que la entrega de Cristo nos recuerde cual es nuestro valor.
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