Tanto amó Dios al mundo, que dio a Su Hijo único…” (Jn 3, 16).

Estamos comenzando el Adviento, cuatro semanas previas a Navidad, y como parte de las meditaciones propias de este tiempo, sería bueno que reflexionemos sobre el amor del Padre que nos envío a Jesús, y sobre el amor de Jesús, que aceptó venir a hacerse Hombre, para rescatarnos del pecado y de la muerte, en una palabra sobre el amor de Dios.

¿Qué podemos decir? Desde luego ya sabemos que es eterno, pues Dios mismo es eterno, pero ¿qué más podemos considerar?

Con base en lo que escribió san Paulo VI en su genial Carta Encíclica Humanae Vitae, el Papa San Juan Pablo II comparaba el amor conyugal con el amor divino , y destacaba de éste cuatro características, decía que es libre, total, fiel y fecundo.

Tomemos una por semana en este Adviento, no sólo para considerar cómo es el amor divino, sino también para motivarnos a hacer un propósito concreto con relación a nuestra manera de vivir el amor con nuestra familia, compañeros de escuela o de trabajo, amigos y vecinos. Ello nos permitirá hacer del Adviento un buen tiempo para disponer el alma a celebrar el Nacimiento del Señor.

Empecemos con la primera:

Libre

El amor de Dios es libre. ¿Qué significa eso?

El diccionario define ‘libre’ como lo ‘que no está bajo el dominio de alguien o de algo; que no tiene obstáculos, límites o restricciones; que no está obligado.’

Que Dios nos ame con un amor libre, implica que nos ama incondicionalmente, es decir sin exigirnos primero que cumplamos ciertos requisitos para amarnos. Como Él mismo lo afirma, nos ama aunque no lo merezcamos (ver Os 14, 4). Eso nos permite deducir que ya que no hay nada que podamos o debamos hacer para ganarnos el amor de Dios, tampoco hay nada que podamos hacer para perderlo. ¡Contamos siempre con Él! Saberlo es una grandísima fuente de consuelo, pero ojo, no es un permiso para pecar, al fin que Dios no nos dejará de amar. Que no podamos perder el amor de Dios, no asegura que no podamos perder nuestra salvación. Si lo rechazamos, si nos alejamos, aunque no se canse de buscarnos, nunca va a obligarnos a pasar la eternidad con Él. Es que otra característica del amor de Dios es que no se impone. Aún sabiendo que ello va a lastimarlo, nos concede la posibilidad de rechazarlo.

¿De qué otra cosa está libre el amor de Dios? Del egoísmo. A diferencia de nosotros, que fácilmente caemos en la tentación de amar por conveniencia, Dios no nos ama para ver qué nos saca, qué beneficio obtiene o qué capricho se le antoja que le cumplamos. Nos ama sin cálculos, sin esperar obtener nada a cambio.

El amor de Dios es libre porque nadie lo obliga a amarnos, nos ama por Su propia voluntad, la iniciativa es Suya, como afirma san Juan: “Dios nos amó primero” (1Jn 4, 19), como dice, coloquialmente, el Papa Francisco: Dios ‘nos primereó’.

Cabe ahora preguntarnos, ¿sabemos seguir Su ejemplo? ¿Amamos a los demás con un amor como el de Dios, libre de condiciones, imposiciones, manipulaciones, chantajes y egoísmos?

Como propósito para esta primera semana de Adviento, pidamos al Señor que nos ayude a descubrir en qué estamos fallando al amar, y que nos dé Su gracia para aprender a amar como Él, con verdadera libertad.

Alejandra Sosa

Es escritora católica y creadora del sitio web Ediciones 72, colaboradora de Desde La Fe por más de 25 años.

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Alejandra Sosa

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