Cielo y tierra

Cómo encontrar el lado bueno de las ‘cosas molestas’

Fue hace poco. Había llovido en la tarde y la noche estaba despejada. Estaba yo afuera, contemplando el medio círculo de la luna que parecía un seno blanquísimo, asomándose por entre los pliegues algodonosos de las nubes para amamantar la tierra con su luz. Había pocas estrellas, parecía que hubieran caído sobre las montañas, cubriéndolas de puntitos luminosos.

En eso a lo lejos apareció una estrella sobre el horizonte, y avanzó suave, silenciosa y lentamente hacia la izquierda. Así siguió hasta que de pronto dio un giro para cruzar el cielo hacia aquí, y su luz se volvió grande y brillante. Cuando se acercaba oí un sonido como el de las ballenas que grababa el científico submarino Jacques Cousteau.

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Es que lo que vi no era una estrella, era un avión, que hacía ese sonido al desacelerar, pues se dirigía al aeropuerto a aterrizar. Le titilaba en un ala una luz verde, en la panza una blanca y en la otra ala una luz roja. Creí que tenía esos 3 colores por ser avión mexicano, pero me explicó un amigo que se trata de un código internacional para diferenciar las alas y poder distinguir, cuando un avión está lejos, si va o si viene.

Cuando pasó por encima se ladeó un poco y pude ver la hilera de ventanillas iluminadas. Me pregunté quiénes irían allí. Los imaginé ya guardando lo que llevaron para entretenerse durante el vuelo, sacando sus documentos, asomándose a la ventanilla para mirar maravillados el mar de luces de nuestra gran ciudad. Pedí a Dios que llegaran con bien.

Detrás de ese avión vino otro, y otro más, y me empezó a gustar el espectáculo.

Volvió a nublarse, y entonces los aviones volaban arribita de las nubes y desde abajo los veía como cuando de chicos nos mandaban a dormir pero queríamos seguir leyendo y nos escondíamos bajo las cobijas con el libro y una linterna, pero ésta nos delataba por su circulito luminoso. Aquí también, un circulito luminoso delataba que volaba un avión justo detrás de la nubosa sábana, hasta que descendía y aparecía, y entonces con sus potentes faros alumbrando la bruma a gran distancia, parecía un cometa volando al revés, con la cauda luminosa por delante.

Contemplarlos tuvo para mí sabor a infancia, pues mi papá solía llevarnos a ver despegar y aterrizar aviones.

A estas alturas es probable que te preguntes por qué te comparto todo esto.

Es que esa noche recordé que no hacía mucho, cuando los aviones empezaron a cruzar por encima de la ciudad, me quejé con una amiga de que hacían un ruidazo a todas horas y que ya se nos había acabado el silencio y la paz.

Ella me contestó: ‘con el tiempo te acostumbrarás’. No lo creí. Quién me iba a decir que no sólo me dejó de enojar que pasaran por aquí, y que no sólo me pude acostumbrar, ¡lo he llegado a disfrutar! La otra noche incluso subí a mostrárselos por zoom a mi hermana (como comparte mis recuerdos de infancia, le encantaron), y ahora un sobrino me envió el enlace de una app que dice de dónde viene y a dónde va cada avión. ¡Cosas de la modernidad!

Y si te sigues preguntando a qué viene todo esto, cabe responderte que es porque tras esta experiencia me puse a pensar que una de las cosas que más nos roban la paz y nos quitan el tiempo es enojarnos, quejarnos, verle lo malo a todo, criticarlo todo. No ganamos nada, no agradamos a Dios ni a los demás y no nos volvemos mejores personas, al contrario.

Y ojo, no me refiero a cuando nos toca vivir algo particularmente difícil y doloroso, en cuyo caso es comprensible e inevitable sentir dolor y expresarlo. Me refiero a cuando dejamos que cosas pequeñas, cotidianas, que no tienen mayor importancia, nos molesten, amarguen, depriman o desanimen. Decía san Francisco de Sales que aparte del pecado, lo peor para el alma es perder la paz.

Dice san Pablo que Dios en todo interviene para bien (ver Rom 8, 28), así que tenemos la certeza de que, con la gracia de Dios, le podemos dar la vuelta a esas cosas chiquitas pero molestosas con las que lidiamos todo el tiempo, y descubrirles, sí, por increíble que parezca, su lado bueno.

Alejandra Sosa

Es escritora católica y creadora del sitio web Ediciones 72, colaboradora de Desde La Fe por más de 25 años.

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