AYER: Jesús se inclinó hasta el suelo para poder escribir con su dedo (Jn 8, 1-11). Su reto quedó suspendido en el aire y los acusadores empezaron a darle la espalda. Su conciencia de pecado era enorme y no solo se iban, más bien huían llevando el peso de su responsabilidad ineludible. La mujer no recibió condena alguna, más bien se llevo una preciosa misión: Vete y no peques más. Ahí Jesús continuaba escribiendo una historia que el hombre no ha dejado de opacar y oscurecer: la historia de la misericordia divina que sale al encuentro del hombre para salvarlo de su pecado, de su miseria, de muerte ignominiosa.

HOY: El clima de violencia generalizada que vivimos no es privativo de México. Las sociedades con sistemas políticos más estables o con niveles socio-culturales más elevados también lo viven, acaso en menor medida. Y la violencia no solo es la que aparece en páginas rojas o la que se viraliza morbosamente en redes sociales. Los mil rostros de la violencia nos acosan: una palabra desafiante en familia o un interminable camino burocrático que no se abrevia ni con adelantos informáticos, las escenas portátiles disfrazadas de chuscas o las que aprovechan el séptimo arte en afán de parecer cultas, son violencia. No sanará este clima con cárceles enormes ni con políticas apapachantes: ¡ésa es una violencia más sutil por mentirosa! Mira bien: aquellos conocedores de la ley mosaica manipulaban una circunstancia, más para afectar a Jesús que contra la mujer sorprendida en la falta. En el fondo eran homicidas de etiqueta fina, de marca exclusiva, con acceso al micrófono público y legal.

SIEMPRE: “La paz les dejo, mi paz les doy”, son palabras de Jesús que anticipan su resurrección. Necesitamos la paz que no consiste en silenciamiento de armas ni en quietud de panteones. Compartiendo humanidad (desdelafe.mx)De hecho, la palabra concordia podría entenderse como “unión de corazones”. Y Jesús nos da la paz uniendo su corazón divino al nuestro, muy humano. Tal como hizo con aquella mujer. Actores políticos y organismos civiles, culturales, religiosos y económicos, estamos llamados a trabajar por la paz, a no permitir espacios para una anticultura de la violencia.

P. Eduardo Lozano

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