De nuestra fe en Cristo hecho pobre, y siempre cercano a los pobres y excluidos, debe brotar la preocupación por el desarrollo integral de los más abandonados de la sociedad. Foto Vatican Media.
La palabra aporofobia —del griego áporos (pobre, sin recursos) y fobia (miedo)— se refiere al rechazo, la aversión o el desprecio que se tiene hacia las personas en situación de pobreza o exclusión social, lo que va en contra de la enseñanza de la Iglesia de tener en el centro a los pobres.
El término fue acuñado por la filósofa española Adela Cortina en los años 90 para dar nombre a un fenómeno que habitualmente se camufla como “desinterés”, “indiferencia” o “miedo”, pero que en la práctica produce discriminación y violencia contra quienes no tienen recursos económicos ni poder social.
Esta acción se manifiesta en una doble actitud muy reconocible en la vida cotidiana: en primer lugar, por una tendencia a tomar partido por los mejor situados, de quienes se puede obtener algún beneficio; y en segundo lugar, por una propensión a ignorar a los más vulnerables, que no parecen poder ofrecer ventaja alguna.
“La aporofobia tiene un componente claro de discriminación y prejuicio clasista, pero a juicio de la filósofa valenciana, es algo más profundo que el clasismo, porque por un lado, el rechazo al pobre, al peor situado, es el rechazo a una persona desclasada, y por otro lado, no se trata sólo de diferencias económicas, sino de un rechazo hacia el que se encuentra en una situación general de vulnerabilidad”, explica Alex Cabo Isasi, experto en ciberodio y colaborador de United Explanations, el artículo Aporofobia: juicio y desprecio al pobre.
La aporofobia surge en contextos sociales donde el valor de las personas se mide por lo que pueden aportar (consumo, productividad, estatus) y se manifiesta en actitudes cotidianas —evitar a quienes piden ayuda, criminalizar la pobreza, negar servicios— y en políticas públicas o prácticas institucionales que excluyen o estigmatizan a los más vulnerables.
Esta actitud no siempre se expresa como odio explícito, sino que muchas veces se da a partir de una indiferencia sistemática, normas que invisibilizan a los más desfavorecidos o medidas que empujan a la marginalidad a quienes viven con grandes y graves carencias.
De acuerdo con el estudio Aporofobia. Nuevos conceptos para viejas realidades, elaborado por la Fundación Foessa, desde la perspectiva individualista esta actitud se presenta como efecto de algún tipo de fallo personal, es decir, algo que ha hecho mal la persona pobre para merecer esa situación, con lo que la pobreza pasa a ser una cuestión, no sólo de naturaleza económica o social, sino moral en tanto es resultado de una mala acción.
“Esta explicación inserta la culpa al pobre atribuyéndole la actitud de no querer salir de la pobreza. Considera que el empobrecimiento no tiene que ver con causas externas sino con factores personales lo que, en última instancia, contribuye a justificar la ausencia de responsabilidad política y social frente a ella y a reproducir la discriminación y la desigualdad social”, apunta el documento.
La enseñanza social de la Iglesia tiene una respuesta clara ante la aporofobia: la pobreza no es un problema accesorio, sino que la relación con los empobrecidos es una prueba decisiva de la autenticidad cristiana, ya que como señaló el Papa Francisco, “la pobreza no es buscada, sino creada por el egoísmo, el orgullo, la avaricia y la injusticia”.
En ese tenor, el Papa argentino señaló repetidamente que “la opción preferencial por los pobres es un criterio esencial” para seguir a Cristo, y muestra de ello es el hecho de que el Evangelio tiene a los pobres como destinatarios privilegiados, idea que plasmó de forma central en la exhortación Evangelii Gaudium (2013).
En su mensaje con motivo de la II Jornada Mundial de los Pobres, el Papa Francisco criticó y cuestionó a aquellos que han hecho parte de su vida la aporofobia, señalando que lastimosamente a menudo se escuchan “voces destempladas, con frecuencia determinadas por una fobia hacia los pobres”, a quienes consideran no sólo como personas indigentes, sino también “como gente portadora de inseguridad, de inestabilidad, de desorden para las rutinas cotidianas y, por lo tanto, merecedores de rechazo y apartamiento”.
“Los pobres son los primeros capacitados para reconocer la presencia de Dios y dar testimonio de su proximidad en sus vidas”, añadió Francisco, “sin embargo, para superar la opresiva condición de pobreza es necesario que ellos perciban la presencia de los hermanos y hermanas que se preocupan por ellos y que, abriendo la puerta del corazón y de la vida, los hacen sentir amigos y familiares”.
En su exhortación apostólica Dilexi te (Te he amado), y en la que el tema central es el servicio a los pobres, el Papa León XIV indica que al escuchar el grito del pobre, estamos llamados a identificarnos con el corazón de Dios, que es premuroso con las necesidades de sus hijos y especialmente de los más necesitados.
El Santo Padre asevera que la condición de los pobres representa un grito que interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, “y especialmente a la Iglesia, porque en el rostro herido de los pobres encontramos impreso el sufrimiento de los inocentes y, por tanto, el mismo sufrimiento de Cristo”.
En Dilexi te, León XIV subraya que es claro que de nuestra fe en Cristo hecho pobre, y siempre cercano a los pobres y excluidos, debe brotar la preocupación por el desarrollo integral de los más abandonados de la sociedad y reflexiona:
“Muchas veces me pregunto por qué, aun cuando las Sagradas Escrituras son tan precisas a propósito de los pobres, muchos continúan pensando que pueden excluir a los pobres de sus atenciones”.
La tradición católica ofrece múltiples caminos, desde la caridad inmediata hasta la incidencia social para apoyar a los pobres y evitar caer en la aporofobia, pues como señaló en su momento el Papa Francisco, “los seguidores de Jesús se reconocen por su cercanía a los pobres, los más pequeños, los enfermos y los presos, los excluidos y los olvidados, los que carecen de alimento y ropa”.
“Este es un criterio fundamental de la autenticidad cristiana. Algunos erróneamente piensan que este amor preferencial por los pobres es tarea de unos pocos, pero en realidad es la misión de toda la Iglesia, como afirmó san Juan Pablo II, ‘Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y el bienestar de la sociedad pobre’”, apuntó Francisco.
Por su parte, el Papa León XIV, sostiene que el cristiano no puede considerar a los pobres sólo como un problema social, ya que ellos son una “cuestión familiar”, son “de los nuestros”, por lo que nuestra relación con ellos no se puede reducir a una actividad o a una oficina de la Iglesia.
“El corazón de la Iglesia es solidario con aquellos que son pobres, excluidos y marginados, con aquellos que son considerados un ‘descarte’ de la sociedad. Los pobres están en el centro de la Iglesia, porque es desde la fe en Cristo hecho pobre, y siempre cercano a los pobres y excluidos, [que] brota la preocupación por el desarrollo integral de los más abandonados de la sociedad”, subraya en Dilexi te.
Para la tradición cristiana, la manera en que una comunidad trata a sus más frágiles, en especial a los pobres, no es una cuestión secundaria: es núcleo del Evangelio. Nombrar la aporofobia —como hizo Adela Cortina— ayuda a identificar una forma concreta de pecado social; la respuesta cristiana exige tanto compasión inmediata como compromiso por la justicia estructural.
Tanto el Papa Francisco como el Papa León XIV han reiterado su llamado a que la Iglesia sea “pobre con los pobres”, voz de quien carece de voz y motor de políticas que restituyan dignidad. Esa convocatoria exige, en la práctica, formación, presencia, acompañamiento y la valentía de transformar las estructuras que generan exclusión.
“El amor a los pobres es un elemento esencial de la historia de Dios con nosotros y, desde el corazón de la Iglesia, prorrumpe como una llamada continua en los corazones de los creyentes, tanto en las comunidades como en cada uno de los fieles”, subrayó el Papa León XIV en Dilexi te.
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