Por María Teresa Zavala Bonachea
Las circunstancias en las que se vive la maternidad han cambiado mucho: ahora se presiona a las mujeres hacia una necesidad de realización intelectual o de logros laborales.
El deseo de una mayor profesionalización de la mujer nace sobre todo en la clase media con diferentes intenciones, pero todas ellas ofrecen un supuesto mayor valor en comparación con el cuidado de los hijos.
Hoy en día muchos hogares viven esta realidad. El valor de la maternidad se está supeditando al de la realización profesional; además, ambos padres tienen que trabajar para poder dar a los hijos lo mismo que ellos recibieron, lo que exige, por otro lado, una mayor participación del padre en la crianza.
Es real que las circunstancias han cambiado; lo único que no ha cambiado es que la maternidad y la paternidad son parte de nuestra identidad femenina o masculina, se realice o no físicamente. Y son un elemento y finalidad de nuestra sexualidad, así como la genitalidad y la afectividad.
No “somos” sólo lo que “hacemos”, antes que “hacer”, “somos”. Por ello, al no realizar la maternidad no dejamos de ser personas valiosas y completas, pero al aceptar la maternidad y la paternidad contribuimos a la consumación del plan de Dios.
Por eso la maternidad y la paternidad son un regalo que nos permite trascender; son una bendición del Creador que siempre resulta realizadora de amor y plenitud. y por lo tanto sería indigno rechazarla.
Con los años se ha modificado el comportamiento reproductivo, de tal suerte que la maternidad ha sido postergada: mientras que en los años 80 las mujeres tenían hijos entre los 20 y 40 años, en las décadas siguientes comenzó a disminuir el número de hijos en mujeres de entre 25 y 30 años, y para el año 2000 se registró un incremento de nacimientos en mujeres de entre 30 y 35.
En nuestras manos está redignificar la maternidad y la paternidad para volver a enamorar a nuestros hijos sobre el regalo más grande que Dios nos puede dar después de nuestra propia vida.
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