Orar es llenar nuestra vida de Dios, quien da la fuerza para alcanzar cada una de nuestras metas. Foto:Especial
Finaliza un año, y muchas personas tienen ya su lista de propósitos para el que viene: ponerse en forma, realizar un viaje, comprar un auto y muchas otras cosas; sin embargo, difícilmente alguien se propone orar, cuando la oración es el impulso vital de todo plan, una fuerza que, además, abre camino a la sensatez y a la constancia.
Sobre el tema, habla para Desde la fe el padre José Fernando Casillas, Secretario Nacional del Apostolado de la Oración.
Asegura que los propósitos que se enfocan meramente en las cuestiones personales, son planes cuya emoción es totalmente pasajera; por tal razón, planear algo sin pensar en lo que Dios quiere, es poner a flote un barco sin dirección, que se pierde rápidamente en el océano de la vida. De manera que lo conducente es pedir rumbo a Dios, quien nos guía por caminos sensatos a través de la oración, la cual necesariamente se realiza sobre dos pilares: el contacto con nuestro interior, y la conexión con nuestro entorno.
Asegura que, sin la oración, el ser humano tiende a hacer planes totalmente personales, pues son prácticos y no requieren ningún examen de conciencia. “No es que éstos sean malos –aclara–; sin embargo, para hallar el camino correcto debemos comprender para qué hemos sido creados: en primer lugar, para la alabanza, entendida como el cuidado de la creación; para la reverencia, que es poner nuestra esencia al servicio del Señor, y para el discernimiento, entendido como tomar decisiones considerando en todo momento el bien del prójimo”.
Es válido ponerse en forma –dice– y procurar el bienestar personal; pero no podemos tener eso como metas absolutas, pues desatenderíamos nuestros compromisos con los otros, nuestras obras de caridad y nuestras tareas como colectividad”.
El P. Fernando señala que muchas personas encuentran complicado orar en su día a día, traer a Cristo a su corazón en una realidad tan vertiginosa. Sin embargo –explica–, sólo se necesita un poco de disposición y comenzar a rumiar un pedacito de alguna oración para poder abrirse a la gracia de Dios.
“Por ejemplo –explica–, si pensamos en esta frase: ‘Bendito el que viene en nombre del Señor’, podemos voltear y ver al de al lado, y reflexionar en el mensaje que Dios nos quiere dar: tal vez es un indigente, o una persona deprimida. Quien sea, es parte de nuestra realidad, y nos puede interpelar sobre nuestras responsabilidades en el mundo en el que vivimos. Y de oración en oración, de pronto sentiremos que nuestro corazón arde, como ocurrió a los peregrinos de Emaús”.
Hay personas que piensan que orar es una pérdida de tiempo, pues no genera ganancias cuantificables. “Sin embargo –apunta el P. Fernando–, cuando una mamá mira a su hijo dormir, o si un joven envía un mensaje a su novia, tampoco se producen ganancias medibles. Pero eso no es perder, sino ganar, pues son cosas que llenan de dicha la vida. Lo mismo sucede con la oración: orar es llenar la vida de Dios, quien da la fuerza para todo propósito”.
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