El Papa Benedicto XVI y el Cardenal Juan Sandoval. Foto: Revista Quien.
Aunque como Sumo Pontífice sólo realizó una visita a México, a la ciudad de León, Guanajuato, ¿sabías que Benedicto XVI también estuvo en Guadalajara y en la Ciudad de México?
Aún no se llamaba Benedicto XVI, ni siquiera imaginaba que algún día se convertiría en el Sumo Pontífice de la Iglesia católica.
Fue en 1996 cuando, a invitación del entonces Arzobispo de Guadalajara, el cardenal Juan Sandoval Íñiguez, el Prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, cardenal Joseph Ratzinger, estuvo en la capital de Jalisco, para participar en el II Encuentro de Presidentes de Comisiones Doctrinales de las Conferencias Episcopales de América Latina.
En entrevista con Desde la fe, el cardenal Juan Sandoval Íñiguez, actual arzobispo emérito de Guadalajara, recuerda con cariño aquella visita.
Él vino en mayo de 1996 y estuvo una semana aquí en Guadalajara, cuando aún era el cardenal Ratzinger”.
“Hubo una reunión de obispos de Latinoamérica encargados de doctrina de la fe, vinieron unos 25 o 30 obispos del continente, y él vino a presidir esa reunión”.
El Papa Benedicto XVI siempre recordó con cariño esa visita, en la que le tocó conocer algunos lugares emblemáticos del estado de Jalisco, como el Lago de Chapala, la Basílica de Zapopan y el Seminario Conciliar.
El cardenal Ratzinger y el cardenal Sandoval, en Guadalajara. Foto: Archivo El Informador.
Con motivo de aquella visita, el entonces Prefecto para la Doctrina de la Fe también estuvo en la Ciudad de México, visitó la Catedral Metropolitana, y tuvo oportunidad de celebrar la Santa Misa en la Basílica de Guadalupe.
“Me tocó ser anfitrión del cardenal Ratzinger, hospedarlo y atenderlo bien. Hicimos una muy buena amistad, nos hicimos amigos, él siempre me consideró su amigo”.
El Cardenal Sandoval no puede evitar emocionarse cuando recuerda al Papa Benedicto XVI, por quien siempre ha sentido cariño y admiración.
“Cuando resultó elegido Papa en el Cónclave, los cardenales nos formamos por orden de precedencia para prestar nuestro juramento de obediencia. Cuando me acerqué a él, le dije: ‘Santo Padre, de aquí en adelante mi obediencia sin condiciones y también mi colaboración y mi oración por usted’”.
“Recuerdo que me agarró las dos manos, emocionado, y me dijo: ‘y también la amistad, porque usted y yo somos amigos (…) y tan es así que me dejó casi cinco años más. A los 75 años me presenté mi renuncia y me retiré cuando me faltaba un mes para cumplir 80”.
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